El notario respondió casi de inmediato.
—Licenciado Álvarez, buenos días.
Respiré hondo antes de hablar.
—Soy Mariana Ortega. Quiero suspender la firma de compraventa programada para hoy.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Ocurrió algún problema?
Miré por el parabrisas la casa que había soñado regalarles durante siete años.
—Sí. Uno muy grande.
—Entonces no se realizará ninguna transferencia sin su autorización presencial.
Colgué sintiendo que, por primera vez en toda la mañana, volvía a respirar.
Cinco minutos después, mi teléfono comenzó a sonar sin descanso.
Mamá.
Papá.
Daniela.
No contesté a ninguno.
Solo respondí un mensaje.
“Llegaré directamente a la notaría.”
Veinte minutos después entré al edificio.
Mis padres y Daniela ya estaban allí.
Los tres sonrieron al verme.
Mi madre fue la primera en acercarse.
—¡Hija! Pensamos que te había pasado algo.
La observé en silencio.
Era la misma mujer que había llorado al entrar en aquella casa.
Ahora comprendía que quizá aquellas lágrimas nunca habían sido por gratitud.
Sino por alivio.
El notario salió de su despacho.
—Señorita Mariana, todos la estábamos esperando para iniciar la firma.
Levanté el borrador de la escritura.
—Antes necesito una explicación.
Lo coloqué sobre la mesa.
—¿Por qué aparece Daniela como propietaria?
El ambiente cambió de inmediato.
Papá carraspeó.
—Eso tiene una explicación.
—La estoy esperando.
Daniela dio un paso adelante.
—No queríamos preocuparte antes de tiempo.
—¿Preocuparme?
Mi voz seguía sorprendentemente tranquila.
—Voy a pagar nueve millones ochocientos mil pesos y descubro que mi hermana será dueña de la casa. Claro que estoy preocupada.
Mi madre intentó tomar mi mano.
La retiré.
—Escúchame primero.
—Los escuché esta mañana desde la ventana de la cocina.
Los tres quedaron inmóviles.
Nadie preguntó qué había oído.
Porque todos lo sabían.
Papá bajó lentamente la cabeza.
—No queríamos lastimarte.
—Entonces ¿por qué hacerlo a escondidas?
Daniela rompió el silencio.
—Porque tú siempre has tenido éxito.
La miré sin comprender.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Tú tienes dinero, carrera y una vida resuelta. Yo no.
Sentí una mezcla de tristeza e incredulidad.
—¿Por eso decidieron regalarte una casa comprada con mi dinero?
Mi madre comenzó a llorar.
—Es que tú no la necesitas.
Aquellas palabras dolieron más que cualquier otra cosa.
—¿No la necesito?
—Siempre podrás comprar otra.
Papá asintió lentamente.
—Pensamos que era lo justo.
No pude evitar reír.
Una risa vacía.
—Lo justo habría sido preguntarme.
El notario intervino con evidente incomodidad.
—Si existe desacuerdo entre las partes, lo correcto es suspender el acto jurídico.
Saqué mi teléfono.
Abrí la aplicación del banco.
Frente a todos cancelé la autorización de transferencia.
Daniela palideció.
—¡No puedes hacer eso!
Levanté la vista.
—Claro que puedo.
El dinero sigue siendo mío.
Mi madre rompió a llorar con más fuerza.
—Nos dejarás sin casa.
Negué despacio.
—No.
Ustedes eligieron quedarse sin ella cuando decidieron engañarme.
Tomé mi bolso.
Pensaba marcharme.
Entonces el notario habló otra vez.
—Hay algo que considero importante que la señorita Mariana conozca.
Todos volvimos a mirarlo.
Abrió otra carpeta distinta.
—Hace cuatro días recibimos instrucciones para preparar una escritura alternativa.
Fruncí el ceño.
—¿Alternativa?
—Sí.
Sacó varias hojas.
Las deslizó hacia mí.
Las leí lentamente.
Mi respiración se detuvo.
En esa versión ya no aparecían mis padres.
Solo un nombre figuraba como propietaria.
Daniela Ortega Salgado.
Levanté la vista.
Ella estaba completamente blanca.
—Yo… yo no sabía…
El notario la interrumpió.
—La solicitud fue enviada desde el correo electrónico personal de la señora Patricia Ortega.
Mi madre dejó caer el bolso al suelo.
—No… eso no era para entregarse todavía.
Miré a mi madre.
—¿Todavía?
Ella comprendió demasiado tarde lo que había dicho.
Papá dio un paso atrás.
—Patricia… ¿qué significa eso?
Mi madre comenzó a temblar.
—Solo quería asegurarme de que la casa quedara protegida.
—¿Protegida de quién? —pregunté.
No respondió.
Fue Daniela quien habló, con lágrimas en los ojos.
—Mamá me dijo que, cuando ustedes murieran, tú venderías la casa y me dejarías en la calle.
Sentí que el mundo se detenía.
Jamás había dicho algo parecido.
Jamás lo habría pensado.
Miré a mi madre.
Toda mi vida había creído que Daniela era la favorita.
Pero aquello iba mucho más allá del favoritismo.
Era un plan preparado desde hacía meses.
Cuando me disponía a salir, el teléfono del notario sonó.
Escuchó unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
Colgó lentamente.
—Señorita Mariana…
—¿Qué ocurre?
Me miró fijamente antes de responder.
—El banco acaba de informar que alguien intentó adelantar la transferencia de los nueve millones ochocientos mil pesos… utilizando un poder firmado electrónicamente con su nombre.
Yo nunca había firmado ningún poder.
