Daniel dejó caer la escritura sobre la mesa.
—Esto no puede ser —dijo—. Clara es mi esposa. Todo lo suyo también es mío.
El hombre del traje oscuro cerró la carpeta.
—El apartamento está inscrito únicamente a nombre de Clara Mendoza. Su padre lo puso a su nombre antes del matrimonio y estableció una condición expresa: ninguna venta, hipoteca ni modificación registral puede hacerse sin su firma presencial.
Miré a Daniel. Todavía tenía el sobre marrón en la mano.
—¿Por eso querías que lo hipotecáramos? —pregunté—. ¿Para tapar el agujero de tu empresa?
—No sabes de qué estás hablando.
Mi padre se acercó a la mesa y dejó otra carpeta junto a la escritura.
—Entonces explícanos esto.
El abogado sacó una copia de la solicitud de hipoteca. Debajo figuraba mi nombre, escrito con una firma que se parecía a la mía.
Pero yo nunca había firmado ese documento.
—Es una falsificación —dije.
Daniel se puso pálido.
—Me diste permiso hace años. No recuerdas todas las cosas que firmaste.
—Nunca te di permiso para hipotecar mi casa.
Mercedes intervino, con la voz repentinamente dulce:
—No hagamos una escena delante de los invitados. Seguro que esto se puede arreglar en familia.
Mi padre la miró sin apartarse.
—La solicitud incluye una declaración jurada que afirma que Clara compareció ante notario. Ese día estaba en otro país.
El silencio cayó sobre el salón.
El abogado puso sobre la mesa una copia de mi pasaporte y el registro de entrada al país. Daniel miró a su madre. Ella no le devolvió la mirada.
Entonces entendí que aquello no era un intento desesperado de último minuto. Llevaban tiempo preparando el engaño.
—¿Quién presentó la solicitud? —pregunté.
—La empresa de Daniel —respondió el abogado—. Pero el dinero que recibió no aparece en sus cuentas comerciales.
Mi padre abrió una hoja con varias transferencias marcadas en rojo.
El nombre de la destinataria se repetía una y otra vez: Mercedes Ortega.
Mi suegra se levantó tan deprisa que su silla golpeó la pared.
—¡Eso no demuestra nada!
Daniel se volvió hacia ella.
—Mamá, dijiste que ese dinero estaba en la cuenta de la empresa.
Por primera vez, Mercedes no encontró una respuesta.
El teléfono del abogado vibró. Leyó el mensaje y su expresión cambió.
—La policía ya está aquí —dijo—. Y no vienen solo por la solicitud hipotecaria.
A través de la ventana vi dos agentes salir del ascensor.
Uno llevaba una orden en la mano.
El otro señaló directamente a Daniel.
—Señor Ortega, necesitamos que nos acompañe. Su socio acaba de entregar una grabación. Dice que usted planeaba culpar a Clara de todo.