PARTE 2: La firma que nunca entendieron

Natalia no durmió.

El sobre permaneció sobre la mesa toda la noche, junto a una taza de café que terminó completamente fría.

A las ocho de la mañana llegó al despacho del licenciado Salomón Ibarra.

Era un edificio antiguo del centro de Guadalajara, discreto, lejos de los hospitales privados donde Mauricio pasaba la mayor parte de su tiempo.

La secretaria la recibió como si la hubiera estado esperando desde hacía años.

—La doctora… perdón, la señora Natalia Valdés.

El abogado salió personalmente a recibirla.

Tenía más de setenta años, el cabello completamente blanco y una carpeta gruesa bajo el brazo.

—Gracias por venir.

Entraron al despacho.

Salomón cerró la puerta con llave.

Luego colocó la carpeta sobre el escritorio.

—Antes de explicarle nada, necesito hacerle una pregunta.

Natalia asintió.

—¿Su esposo le pidió recientemente que firmara algún documento?

Ella recordó algo de inmediato.

Tres semanas antes, Mauricio había llegado a casa con varios contratos.

—Dijo que eran actualizaciones administrativas del hospital.

—¿Los firmó?

—No.

Estaba cansada y le dije que los leería después.

Él se molestó y nunca volvió a mencionarlos.

El abogado soltó lentamente el aire.

—Eso le salvó mucho más que un empleo.

Abrió la carpeta.

Sacó una escritura.

Después un contrato mercantil.

Y finalmente una hoja firmada por su padre.

—Hace doce años, cuando el Hospital San Gabriel estaba al borde de la quiebra, nadie quiso invertir.

Ni los bancos.

Ni los socios.

Ni la familia Alcántara.

Natalia frunció el ceño.

—Mauricio siempre dijo que su madre hipotecó todo para salvar el hospital.

Salomón negó despacio.

—Eso fue lo que él contó.

No lo que ocurrió.

Le entregó una copia certificada.

—El dinero salió de una empresa propiedad de su padre.

Don Ernesto aceptó financiar el rescate del hospital con una sola condición.

Natalia comenzó a leer.

Cada línea aumentaba su desconcierto.

—No entiendo…

El abogado señaló un párrafo específico.

—Léalo en voz alta.

Ella respiró hondo.

—”Toda venta, cesión, fusión o incorporación de nuevos inversionistas requerirá la autorización escrita del representante designado por el inversionista principal…”

Guardó silencio.

—¿Quién era ese representante?

Salomón sonrió con tristeza.

—Usted.

Natalia levantó la vista de golpe.

—¿Yo?

—Su padre nunca confió plenamente en Mauricio.

Por eso no puso la facultad de autorización a su nombre.

La dejó a nombre de su única hija.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Pero yo jamás firmé nada.

—Exactamente.

Y ese es el problema de Mauricio.

El abogado abrió otra carpeta.

Esta vez aparecieron varios documentos recientes.

—Hace cuatro meses, el consejo inició negociaciones para vender el hospital a un grupo internacional de salud.

Natalia sintió un escalofrío.

—¿Venderlo?

—Por una cifra cercana a los mil millones de pesos.

El contrato estaba prácticamente listo.

Solo faltaba un requisito.

Colocó un documento frente a ella.

Había un espacio vacío.

Debajo podía leerse claramente:

Firma del representante autorizado.

El espacio estaba en blanco.

—Porque legalmente —dijo Salomón— nadie puede cerrar esa operación sin su firma.

Natalia permaneció inmóvil.

Recordó entonces los papeles que Mauricio había intentado hacerle firmar sin leer.

No eran simples documentos administrativos.

Intentaba obtener su autorización sin explicarle qué estaba entregando.

El abogado volvió a hablar.

—Ayer la despidió.

Hoy probablemente intentará convencerla de firmar un acuerdo de divorcio y renuncia general.

No firme absolutamente nada.

En ese instante sonó el teléfono de Salomón.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió.

Colgó lentamente.

—Llegamos justo a tiempo.

Natalia sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué ocurrió?

El abogado la miró fijamente.

—Hace diez minutos, el consejo extraordinario del Hospital San Gabriel convocó una reunión de emergencia.

Quieren anunciar oficialmente la venta esta misma tarde.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Y Mauricio todavía cree que la única mujer capaz de detener una operación millonaria… sigue siendo solo la enfermera a la que humilló delante de toda la unidad de cuidados intensivos.

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