El teléfono de Elena comenzó a sonar antes de que Nathan bajara del escenario.
Primero llamó un miembro de la junta. Después, el director financiero. Al tercer intento, Elena contestó y activó el altavoz.
—Valerie —dijo una voz temblorosa—, necesitamos que restablezcas el acceso.
—Los servicios de los clientes seguirán funcionando —respondí—. La revocación afecta a las cuentas corporativas que Nathan intentó transferir esta mañana.
Elena me miró con una leve sonrisa. Nathan había anunciado que controlaba toda la empresa sin comprobar siquiera qué podía mover.
—La adquisición está suspendida —dijo el director financiero.
—Lo sé.
—Nathan asegura que fue un fallo técnico.
—Entonces pídele que lo arregle.
Hubo un silencio largo. En la televisión, lo vi desaparecer detrás del escenario mientras los asistentes seguían mirando la pantalla negra.
Una hora después, Nathan apareció en la puerta de mi habitación.
Ya no llevaba la chaqueta. Tenía el cabello revuelto y el teléfono apretado en la mano. Chloe lo seguía a unos pasos, aferrada a su bolso.
—Activa el sistema —ordenó.
Elena se levantó de la silla.
—Las visitas han terminado.
Nathan la ignoró.
—Vas a destruir lo que construimos.
—Lo que construí —dije.
Su mandíbula se tensó.
—La junta me nombró director ejecutivo.
—La junta podía darte un cargo. No podía cederte una licencia que no pertenece a la empresa.
Chloe abrió la boca, pero la cerró cuando Elena sacó una copia del acuerdo original. Mi patente estaba registrada con mi apellido de soltera. Cross Technologies había recibido una licencia para utilizarla; nadie le había otorgado el derecho de transferirla a otra compañía.
Nathan bajó la vista hasta su firma al pie del documento.
—Firmaste esto conmigo —le recordé—. Hace seis años.
Por un instante pareció más confundido que furioso. Recordé aquella tarde: le había explicado cada página mientras él respondía mensajes debajo de la mesa.
—Podemos llegar a un acuerdo —dijo al fin.
—Ya había uno.
Elena llamó a una enfermera cuando Nathan dio otro paso hacia la cama. Él se detuvo. Chloe fue la primera en salir, sin esperarlo.
Durante los días siguientes, mi recuperación avanzó más despacio de lo que yo quería. No podía dirigir reuniones desde la UCI ni deshacer en una mañana veinte días de decisiones ajenas. Elena reunió los documentos de la junta, impugnó las transferencias que requerían mi consentimiento y organizó una reunión para cuando los médicos me permitieran participar.
También llevó los papeles del divorcio.
Los firmé sentada junto a la ventana, con una manta sobre las rodillas.
Nathan intentó llamarme muchas veces. No contesté ninguna. Quien necesitaba hablar conmigo sobre la empresa podía hacerlo a través de Elena. Lo demás ya no requería una conversación.
Tres semanas después entré en la sala de juntas apoyada en un bastón. Los directivos se pusieron de pie, pero les pedí que se sentaran. No había ido a recibir disculpas.
Presenté una propuesta para restablecer la licencia, proteger los contratos de los clientes y revisar cada decisión tomada durante mi ausencia. La junta la aprobó. Nathan había renunciado esa misma mañana; la adquisición nunca llegó a firmarse.
Al salir, Elena me alcanzó en el pasillo.
—¿Cómo te sientes?
Me detuve un momento. Seguía cansada. Seguía dolida. Había perdido veinte días y una vida que creía conocer.
—Como si acabara de despertar —respondí.
Esta vez, sabía exactamente quién tenía las llaves.