Giré el portapapeles.
—¿Este documento me hace responsable de los cincuenta mil dólares?
—Sí —respondió la enfermera—. Es la garantía financiera.
Taché mi nombre.
Luego escribí:
“Rechazo asumir responsabilidad económica por los gastos personales del señor Carter Vance.”
La enfermera abrió mucho los ojos.
—Señora, las decisiones médicas corresponden al equipo clínico. Pero sin cobertura suficiente, administración tendrá que determinar cómo proceder con los gastos.
—Entonces procedan según sus protocolos. Yo no voy a pagar.
En ese momento apareció un hombre trajeado.
—¿Elena?
Era Samuel Reed, mi abogado.
Carter y Olivia no sabían que lo había llamado desde el automóvil.
Le entregué los papeles de divorcio que Carter me había arrojado minutos antes.
—Quiero que documentes esto. Y también quiero denunciar lo ocurrido en casa.
Samuel vio mi mano lastimada y las marcas visibles en mi rostro.
Su expresión se endureció.
—¿Ellos hicieron esto?
Asentí.
Dos agentes que estaban en urgencias por el accidente se acercaron después de escuchar la conversación.
Entonces una voz ronca salió desde otra camilla.
—¡Elena!
Carter.
Estaba consciente.
Su rostro cambió cuando vio a Samuel.
—Paga la operación —exigió—. Después arreglamos lo nuestro.
Caminé hasta donde pudiera verme.
—No hay nada que arreglar.
—¡Soy tu marido!
Samuel levantó los documentos.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Carter palideció.
—¿Qué significa eso?
—Que su esposa conservará sus bienes separados y solicitará formalmente el divorcio. Además, cualquier transferencia relacionada con la vivienda será impugnada.
Olivia empezó a llorar desde la otra camilla.
—Carter, dijiste que la casa ya estaba prácticamente a tu nombre.
Lo miré.
—¿Qué acaba de decir?
Carter cerró los ojos.
Samuel reaccionó inmediatamente.
—Elena, no firmes absolutamente nada.
—No pensaba hacerlo.
Olivia parecía darse cuenta demasiado tarde de que había hablado de más.
—Yo… entendí mal.
—No —dije—. Tú sabes algo.
Samuel sacó su teléfono.
—Voy a revisar el registro de la propiedad.
Unos minutos después regresó con el rostro tenso.
—Encontré una solicitud presentada hace nueve días.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué solicitud?
—Transferencia de titularidad de tu casa.
—Yo nunca autoricé eso.
—Lo sé.
Me mostró la pantalla.
Había una firma con mi nombre.
Falsa.
Carter dejó de gritar.
Y ese silencio lo delató mejor que cualquier confesión.
Samuel siguió revisando.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—La transferencia no iba directamente a Carter.
Giró el teléfono hacia mí.
La beneficiaria era una empresa creada apenas tres meses atrás.
OV Holdings LLC.
Olivia Vance Holdings.
Miré lentamente a Olivia.
—¿Vance?
Ella comenzó a temblar.
Carter giró la cabeza hacia ella.
—Olivia, cállate.
Pero ya era tarde.
Samuel abrió otro registro.
—Esta empresa tiene dos propietarios.
El primero era Olivia.
El segundo…
Samuel levantó la mirada.
—No es Carter.
Incluso él parecía sorprendido.
—Entonces ¿quién?
Me enseñó el nombre.
Sentí que todo el ruido de urgencias desaparecía.
Conocía perfectamente a aquel hombre.
Había sido quien me convenció de casarme con Carter.
Quien había administrado durante años parte de la fortuna que heredé de mi padre.
Y quien aquella misma mañana me había llamado para asegurarme que mi matrimonio todavía podía salvarse.
Mi propio tío.
Richard Hale.
Samuel bajó la voz.
—Elena, creo que Carter no quería únicamente tu casa.
Me mostró una segunda página.
—Alguien lleva casi dos años intentando mover tus bienes a empresas vinculadas con Richard.
Miré a Carter.
Por primera vez, ya no parecía furioso.
Parecía asustado.
—Dime la verdad.
Carter tragó saliva.
—Si Richard descubre que encontraste esos documentos, la casa será el menor de tus problemas.
Y entonces comprendí que el divorcio nunca había sido el verdadero plan.