`Parte 2: La fecha que lo condenó

La carpeta gris se abrió lentamente.

El sonido del papel pareció resonar en toda la capilla.

Nadie hablaba.

Nadie se movía.

Solo se escuchaba la lluvia golpeando los vitrales y el zumbido lejano de los aires acondicionados.

Mariana levantó la primera hoja.

Y pronunció una fecha.

—17 de marzo.

Rodrigo cerró los ojos apenas un segundo.

Pero fue suficiente.

Ella lo vio.

Y también lo vio el abogado.


—Ese día —continuó Mariana—, Valeria ingresó a urgencias por primera vez durante el embarazo.

La madre de Valeria se llevó una mano a la boca.

Recordaba perfectamente aquella noche.

Su hija había llamado llorando.

Diciendo que no podía respirar.

Diciendo que algo no estaba bien.


—Los médicos recomendaron reposo absoluto.

Mariana sostuvo otro documento.

—Y también recomendaron evitar situaciones de estrés severo.


Rodrigo tragó saliva.


—¿Y saben qué ocurrió cuarenta y ocho horas después?

preguntó Mariana.


Nadie respondió.


Ella levantó una fotografía.


—Rodrigo estaba en un hotel de Querétaro con Renata.


Un murmullo recorrió la capilla.

Renata palideció.


—Eso no prueba nada.

La voz de su abogado sonó rápida.

Defensiva.


Mariana asintió.

—Tiene razón.

Por sí solo no prueba nada.


Sacó otra hoja.


—Por eso seguí investigando.


Rodrigo comenzó a sudar.


Porque conocía esa mirada.

La misma mirada que Valeria describía cuando hablaba de su hermana.

La mirada que aparecía cuando Mariana ya sabía la respuesta.

Y solo estaba esperando el momento adecuado para mostrarla.


—28 de marzo.

Nueva fecha.

Nuevo documento.


—Valeria presentó un cuadro de hipertensión severa.


La madre de Rodrigo bajó lentamente a su asiento.


—El médico dejó una nota específica.

“Niveles elevados asociados a estrés emocional constante.”


Mariana dejó el documento sobre el ataúd.

Con cuidado.

Con respeto.


—Mi hermana guardaba todo.

Mensajes.

Correos.

Audios.

Capturas.

Todo.


Rodrigo sintió un escalofrío.


Porque conocía una parte de esos mensajes.

Y sabía exactamente lo que contenían.


—Durante meses la convenciste de que estaba exagerando.

De que estaba loca.

De que imaginaba cosas.


Renata intentó intervenir.

—Eso es absurdo.


Mariana giró hacia ella.

Y sonrió.

Una sonrisa fría.


—¿Quieres escuchar los audios?


El silencio cayó nuevamente.


Porque Renata no respondió.


Y no respondió porque sabía que existían.


Mariana colocó un pequeño reproductor sobre la mesa de flores.

Presionó un botón.


La voz de Valeria llenó la capilla.

Temblorosa.

Cansada.


“Rodrigo, por favor, necesito que vuelvas a casa.”


Después otra voz.

La de Rodrigo.


“Estoy trabajando. Deja de hacer drama.”


Otro audio.


“Me siento mal.”


“Entonces llama a tu madre.”


La madre de Valeria comenzó a llorar.


Y aquello apenas era el principio.


Porque Mariana todavía no había llegado a la parte más importante.


Sacó una carpeta más pequeña.

Negra.

Mucho más gruesa.


El abogado se puso rígido.


—No hagas esto aquí.


Mariana lo miró.


—¿Aquí?

¿Frente a las personas que la amaban?

¿Frente a su hija?

¿Frente a las personas que merecen saber por qué murieron?


El hombre guardó silencio.


Porque aquella pregunta no tenía respuesta.


Entonces Mariana levantó una transferencia bancaria.


—Dos millones trescientos mil pesos.

Realizada cuarenta y ocho horas antes de la muerte de Valeria.


Rodrigo dejó de respirar.


—¿Reconoces esta cuenta?


No respondió.


—Claro que la reconoces.

Porque pertenece a Renata.


La amante sintió que las piernas le fallaban.


Y cuando Mariana levantó el siguiente documento, el abogado cerró los ojos.

Como alguien que ya conocía el desastre que estaba a punto de ocurrir.


—Lo curioso es que ese dinero salió de una póliza de seguro.


La capilla quedó inmóvil.


—Una póliza contratada seis meses antes.


Mariana miró el ataúd blanco.

Luego el pequeño féretro junto a él.

Y finalmente volvió a mirar a Rodrigo.


—¿Quieres que les explique cuándo aumentaste la cobertura por muerte?


La sonrisa desapareció completamente del rostro de Rodrigo.


Porque por primera vez desde que había entrado a la capilla…

Parecía exactamente lo que era.

No un viudo.

No una víctima.

Sino un hombre aterrado de que todos descubrieran la verdad.

Continuará…

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