Rodrigo regresó a la casa cuando ya había anochecido.
La cinta de aseguramiento seguía colocada en la entrada.
Un perito terminaba de retirar el último equipo fotográfico.
—Señor Salgado, la inspección inicial ya concluyó. Si necesita ingresar para recoger objetos personales, hágalo con cuidado. Si encuentra algo que considere relevante, por favor no lo manipule y avísenos.
Rodrigo asintió.
No discutió.
Entró lentamente.
El olor a cloro seguía siendo intenso.
Demasiado intenso.
La limpieza había eliminado muchas huellas visibles, pero no podía borrar el hecho de que alguien había intentado alterar el lugar.
Recorrió la sala sin tocar nada.
La mesa del comedor permanecía puesta para dos personas.
Había una taza de café casi llena.
La otra estaba vacía.
Camila nunca dejaba una mesa preparada durante horas.
Algo había interrumpido aquella reunión.
En la cocina encontró el teléfono de su esposa.
La pantalla estaba rota.
No intentó desbloquearlo.
Lo dejó exactamente donde estaba y notificó al agente ministerial que aún permanecía afuera.
Minutos después, el dispositivo fue incorporado al inventario de indicios para su análisis.
Rodrigo siguió caminando.
En el dormitorio encontró el armario abierto.
La mayoría de las prendas seguían en su lugar.
No parecía faltar nada evidente.
Aquello reforzaba una idea.
Si realmente hubiera existido un robo, era extraño que objetos de valor permanecieran intactos.
Pero sabía que esa conclusión debía ser evaluada junto con el resto de la evidencia, no de manera aislada.
Al entrar al estudio, algo llamó su atención.
Sobre el escritorio había un portarretratos caído.
No estaba roto.
Solo girado hacia abajo.
Lo levantó con cuidado.
Era una fotografía tomada seis meses atrás.
Él y Camila sonreían frente a una laguna durante unas vacaciones.
Detrás de la fotografía sobresalía un pequeño sobre doblado.
Rodrigo no lo abrió.
Llamó nuevamente al personal investigador.
—Encontré un documento oculto detrás de un marco.
Prefiero que lo registren antes de revisarlo.
El perito fotografió la posición exacta del objeto.
Después abrió cuidadosamente el sobre utilizando guantes.
Dentro había una memoria USB.
Sin ninguna etiqueta.
Fue embalada de inmediato para su análisis conforme al procedimiento.
Mientras tanto, Rodrigo pidió hablar nuevamente con el médico responsable.
Había una pregunta que no dejaba de darle vueltas.
—Doctor…
¿Mi esposa recuperó el conocimiento en algún momento?
El médico negó con la cabeza.
—Hasta ahora no.
Pero hubo un detalle que consideramos importante.
Le entregó una hoja con las anotaciones de ingreso.
—Los paramédicos registraron que la puerta principal estaba abierta cuando llegaron y que quien llamó a emergencias no permaneció en el lugar.
Rodrigo leyó aquella línea varias veces.
Alguien había pedido ayuda.
Y luego desapareció antes de que llegara la ambulancia.
Esa misma madrugada recibió una llamada del agente ministerial.
—Señor Salgado, necesitamos informarle algo.
La memoria USB ya fue enviada al laboratorio para su extracción segura.
Sin embargo, durante el inventario encontramos otro elemento.
—¿Cuál?
—Una libreta pequeña dentro del cajón del escritorio.
Parece contener anotaciones hechas por su esposa durante los últimos meses.
Todavía no podemos interpretar su contenido completo, pero hay varias fechas, nombres y reuniones registradas.
Rodrigo permaneció en silencio.
—¿Hay algún nombre que se repita?
El agente dudó unos segundos.
—Sí.
Hay uno que aparece con mucha frecuencia.
No era el de Don Octavio.
Tampoco el de Bruno.
Era el de Mateo.

Rodrigo recordó inmediatamente el vaso de café temblando en el hospital.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, tuvo la impresión de que el miedo que había visto en el menor de los Lobo no era necesariamente el miedo de un culpable.
También podía ser el miedo de alguien que sabía mucho más de lo que se había atrevido a contar.