El silencio dentro de la pastelería duró apenas un segundo.
Después, todo estalló.
—¡Apartaos! —gritó el hermano de la joven mientras empujaba a Julián contra una mesa.
El dueño abrió por completo la puerta del almacén. Un olor a humedad, azúcar rancia y tela encerrada salió de aquella habitación sin ventanas.
Isabel avanzó temblando.
—¿Quién está ahí?
La luz del teléfono iluminaba débilmente el suelo. Junto a una estantería había una mujer sentada, con las muñecas atadas por una cinta gruesa y el rostro casi oculto tras el cabello.
El hombre corpulento cayó de rodillas.
—¿Clara?
La joven levantó la cabeza.
Tenía los labios secos y una marca oscura en la mejilla, pero seguía consciente.
—Héctor… —susurró.
Su hermano corrió hacia ella y comenzó a deshacer los nudos con manos desesperadas.
Isabel se quedó inmóvil.
La mujer de la fotografía existía.
No era una admiradora.
No era una desconocida obsesionada.
Era la segunda esposa de Julián.
—Llamad a la policía —ordenó el dueño de la pastelería.
Julián retrocedió hacia la salida.
—¡Esto es una trampa! ¡Ella entró sola! ¡Yo no he hecho nada!
Isabel se giró lentamente.
—¿Entró sola y después se ató las manos?
—No sabes de lo que es capaz —respondió él—. Lleva meses intentando destruirme.
Clara soltó una risa débil.
—¿Destruirte?
Héctor la ayudó a ponerse en pie.
—No hables. Ya viene una ambulancia.
Pero Clara negó.
—Tengo que decirlo ahora. Antes de que vuelva a mentir.
Julián miró hacia la puerta.
Varias personas habían formado una barrera frente a ella.
Ya no tenía por dónde escapar.
Isabel tomó el teléfono que estaba grabando.
La pantalla mostraba casi dos horas de vídeo.
—¿Por qué lo dejaste encendido? —preguntó.
Clara respiró con dificultad.
—Porque sabía que él volvería.
Julián palideció.
—No escuches a esa loca.
Isabel pulsó la reproducción.
La grabación comenzó con una imagen temblorosa del almacén. Se escuchaba la voz de Clara, llorando, y después la de Julián.
—Mañana todos creerán que huiste —decía él—. Tu hermano ya está acostumbrado a que desaparezcas sin avisar.
—Héctor nunca creerá eso.
—No importa lo que crea. Importa lo que pueda demostrar.
Isabel sintió que el estómago se le revolvía.
En el vídeo, Julián dejó una maleta junto a la puerta.
—Dentro está tu ropa. La encontrarán en la estación y pensarán que te marchaste.
—¿Por qué haces esto?
—Porque cometiste el error de pedirme el divorcio.
Clara comenzó a llorar.
—Solo quería recuperar el dinero de mi familia.
—Ese dinero ya no es tuyo.
La grabación se llenó de interferencias.
Después, la voz de Julián volvió a escucharse.
—Esta noche resolveré el problema de Isabel. Cuando ella también desaparezca, nadie podrá reclamarme nada.
Varias personas de la pastelería dejaron escapar gritos de horror.
Isabel detuvo el vídeo.
No podía seguir escuchando.
—¿Qué dinero? —preguntó, mirando a Clara.
La joven se apoyó en su hermano.
—Hace un año heredé una casa, dos locales y una cuenta de inversión de mi padre. Julián se casó conmigo usando otro nombre.
—Eso no es cierto —dijo él rápidamente.
Clara señaló la maleta.
—Dentro están los documentos.
Héctor la abrió.
Había fotografías, contratos, recibos bancarios y una copia de un certificado matrimonial.
El nombre del esposo no era Julián Moreno.
Era Adrián Valdés.
Pero la fotografía era la misma.
El dueño de la pastelería tomó el documento.
—Entonces este hombre tiene una identidad falsa.
—Más de una —respondió Clara.
Isabel sintió un escalofrío.
—¿Más de una?
Clara miró a Julián.
—Cuando descubrí que estaba casado contigo, comencé a investigarlo. Encontré otros registros civiles.
Héctor sacó una carpeta de la maleta.
Dentro había cuatro fotografías de boda.
En todas aparecía Julián.
En cada una usaba un nombre diferente.
Y en ninguna estaba con Isabel.
—No… —murmuró ella.
Clara señaló la última imagen.
—Esa mujer se llamaba Verónica Salas. Desapareció hace tres años.
Una de las clientas se cubrió la boca.
—Recuerdo ese caso. Salió en las noticias.
Julián dejó de fingir indignación.
Su rostro se endureció.
—No tenéis idea de lo que estáis diciendo.
Clara continuó.
—Verónica también heredó dinero poco antes de conocerlo.
Isabel abrió la carpeta.
Había recortes de periódicos, transferencias bancarias y copias de denuncias archivadas.
Todas las mujeres compartían el mismo patrón.
Herencias recientes.
Matrimonios rápidos.
Cuentas vaciadas.
Desapariciones.
—¿Y yo? —preguntó Isabel con un hilo de voz—. Yo no tengo una gran herencia.
Julián la miró.
Por primera vez desde que todo había comenzado, sonrió.
—Todavía no.
Isabel sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué significa eso?
Clara señaló el bolso de Isabel.
—Revisa tu correo.
Con manos temblorosas, Isabel sacó su teléfono.
Había un mensaje sin abrir de la notaría de su madre.
Confirmación de transferencia patrimonial.
Su madre le había cedido aquella misma semana la propiedad de la casa familiar, un terreno y dos apartamentos.
Julián lo sabía.
Isabel lo había mencionado durante la cena, sin imaginar que acababa de firmar su sentencia.
—Por eso esta noche —comprendió.
Clara asintió.
—Él planeaba llevarte a una casa en las afueras.
Isabel recordó la invitación de su esposo.
Una cena sorpresa.
Un lugar tranquilo.
Sin teléfonos.
—Dijiste que querías arreglar nuestro matrimonio —susurró.
—Y quería hacerlo —respondió Julián—. Pero siempre has sido demasiado desconfiada.
Héctor se abalanzó sobre él.
Dos hombres tuvieron que sujetarlo.
—¡Mataste a esas mujeres!
—No podéis demostrarlo.
Entonces Clara sonrió débilmente.
—Sí podemos.
Todos la miraron.
La joven señaló el pastel del aniversario.
—No vine a pedir ese pastel.
El dueño frunció el ceño.
—Pero recibí la orden con tu nombre.
—La encargué yo —dijo una voz desde la entrada.
Una mujer mayor acababa de entrar acompañada por dos agentes de policía.
Isabel la reconoció inmediatamente.
Era Mercedes, la madre de Julián.
Él se quedó completamente blanco.
—Mamá…
Mercedes avanzó hasta el centro de la pastelería.
—Durante años protegí a mi hijo porque creí que solo era un mentiroso y un estafador. Pero hace una semana encontré algo en el sótano de mi casa.
Le entregó a uno de los agentes una pequeña caja metálica.
Dentro había documentos de identidad, alianzas y varios teléfonos móviles.
Cada objeto llevaba el nombre de una mujer distinta.
Héctor apretó los puños.
—¿También estaba el teléfono de Verónica?
Mercedes asintió.
—Y el de otras dos mujeres.
Julián comenzó a caminar hacia atrás.
—Estás enferma. Siempre me has odiado.
—Te di todas las oportunidades para entregarte —respondió su madre—. Pero ayer escuché cómo planeabas hacer desaparecer a Isabel.
El agente abrió la caja.
En el fondo había una memoria de almacenamiento.
—¿Qué contiene?
Mercedes miró a su hijo.
—Las grabaciones de las cámaras de mi sótano.
Julián perdió el control.
Empujó una mesa y corrió hacia la cocina.
Los agentes fueron detrás de él.
Se escuchó el estruendo de bandejas cayendo, un cristal rompiéndose y después una orden seca.
—¡Al suelo!
Segundos más tarde, Julián fue arrastrado de vuelta con las manos esposadas.
Al pasar junto a Isabel, inclinó la cabeza hacia ella.
—Crees que todo ha terminado.
Isabel sostuvo su mirada.
—Para ti, sí.
Julián soltó una carcajada.
—Clara no te ha contado por qué eligió precisamente esta pastelería.
Isabel miró a la joven.
Clara bajó los ojos.
—¿Qué quiere decir?
El dueño del local palideció.
Lentamente, retiró el pastel del mostrador y abrió una trampilla oculta bajo la base.

Dentro había otro teléfono.
La pantalla se encendió sola.
Apareció un vídeo fechado tres años atrás.
Una mujer lloraba frente a la cámara.
Era Verónica Salas, la primera esposa desaparecida.
—Mi nombre es Verónica —decía—. Si alguien encuentra esta grabación, debe saber que Julián no trabaja solo.
La imagen tembló.
Detrás de ella apareció una silueta femenina.
Verónica miró hacia esa persona y susurró:
—La mujer que organiza las bodas, falsifica los documentos y elige a las víctimas es…
El vídeo se detuvo.
La batería había muerto.
Todos miraron a Mercedes.
Pero la madre de Julián no parecía sorprendida.
Parecía aterrorizada.
—No soy yo —dijo rápidamente.
Desde el exterior llegó el sonido de un automóvil arrancando.
Clara corrió hacia la ventana.
Un coche oscuro se alejaba a toda velocidad.
En el asiento del conductor iba una mujer con uniforme de notaría.
La misma mujer que había enviado a Isabel el mensaje sobre su nueva herencia.
Isabel comprendió entonces que Julián no la había conocido por casualidad.
Alguien la había seleccionado mucho antes de que él apareciera en su vida.