Gabriel regresó a casa pasada la medianoche.
Yo ya había terminado de hacer la maleta.
Se quedó inmóvil al verla junto a la puerta.
—¿Qué significa esto?
—Exactamente lo que parece.
Su expresión se endureció.
—¿Vas a destruir nuestro matrimonio por una frase durante una cena?
Lo miré.
—No.
Saqué una carpeta del cajón.
—La frase solo consiguió que dejara de justificar todo lo demás.
Dentro estaban los documentos de una empresa llamada Moore Capital.
Durante cinco años yo había llevado sus cuentas, corregido contratos y negociado silenciosamente con inversores cada vez que Gabriel cometía un error.
Nunca figuré públicamente.
Él decía que aquello era mejor para nuestro matrimonio.
—Mañana presentaré mi renuncia —dije.
Gabriel soltó una risa.
—Laura, eres mi esposa. No mi empleada.
—Ese es precisamente el problema.
Su teléfono sonó.
Amelia.
Lo miró, pero esta vez no contestó.
—¿Qué quieres demostrar?
—Nada.
Cerré la maleta.
—Quiero recuperar mi vida.
Entonces su móvil volvió a sonar.
Esta vez era su socio, Nathan Reed.
Gabriel respondió irritado.
La voz de Nathan se escuchó desde donde yo estaba.
—¿Qué demonios hiciste con Laura?
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Harrison Capital acaba de suspender la inversión.
El rostro de Gabriel cambió.
—Eso es imposible.
—Dijeron que su acuerdo dependía de Bennett Advisory.
Gabriel me miró lentamente.
Nunca le había explicado qué significaba aquel nombre.
No porque fuera un secreto.
Simplemente jamás había preguntado.
—¿Bennett Advisory eres tú?
—Era la empresa de mi padre.
—¿Era?
—Ahora es mía.
Su mandíbula quedó rígida.
Durante años Gabriel había creído que los inversores confiaban exclusivamente en él.
La realidad era menos cómoda.
Algunos habían llegado por mí.
Otros se habían quedado porque yo resolvía discretamente los problemas que él creaba.
—No puedes retirar apoyo por una discusión personal.
—No lo hice.
Le entregué otra hoja.
—Harrison suspendió la inversión porque descubrió transferencias no declaradas.
Gabriel bajó la mirada.
Había seis pagos.
Todos dirigidos a Clarke International Consulting.
El apellido de Amelia.
—Yo no autoricé esto.
Aquello me hizo detenerme.
Esperaba excusas.
No miedo auténtico.
—¿Entonces quién lo hizo?
Gabriel tomó los documentos.
—Estas firmas parecen mías, pero no lo son.
En ese instante alguien llamó a la puerta.
Era Nathan.
Entró sin esperar permiso y dejó una memoria USB sobre la mesa.
—Revisamos los accesos.
Miró a Gabriel.
—Las transferencias comenzaron hace tres años.
—Amelia estaba en Europa —dije.
Nathan negó.
—Eso creíamos.
Abrió una fotografía en su teléfono.
Amelia aparecía entrando en nuestro edificio hacía dieciocho meses.
A su lado caminaba una mujer que reconocí inmediatamente.
Mi suegra.
Gabriel perdió el color.
—Mi madre dijo que nunca había conocido a Amelia.
Nathan respiró hondo.
—Hay algo más.
Sacó un antiguo contrato matrimonial.
Mi nombre aparecía en la primera página.
Una cláusula establecía que, si yo abandonaba el matrimonio por infidelidad demostrada, determinadas participaciones de Moore Capital pasarían automáticamente a mi control.
Pero alguien había añadido una modificación posterior.
Si yo era declarada culpable de abandono injustificado, ocurría exactamente lo contrario.
Gabriel levantó la cabeza.
—Laura, yo nunca firmé esta modificación.
Observé la fecha.
Había sido registrada apenas dos semanas antes del regreso de Amelia.
Y entonces entendí que aquella cena quizá nunca había tenido como objetivo recuperar un antiguo amor.
Alguien necesitaba conseguir que yo abandonara a Gabriel primero.
