PARTE 2: LA ESCRITURA QUE NUNCA LEYÓ

Apagué la ubicación del teléfono.

Después bloqueé el automóvil desde la aplicación.

No iba a salir todavía.

Primero necesitaba que dejaran de creer que seguían controlando la situación.

Rodrigo me siguió hasta el recibidor.

—¿De verdad vas a hacer este teatro?

No respondí.

Abrí la pañalera y comprobé que las escrituras seguían dentro, junto con las actas de nacimiento y el convenio matrimonial.

Doña Teresa apareció detrás de él.

—Déjala. Va a regresar cuando se le acabe el coraje.

Daniela permanecía unos pasos más atrás, abrazando a su hijo y evitando mirarme.


Me incliné sobre Lucía.

Dormía profundamente.

Apenas tenía doce días de nacida.

No iba a pasar una sola noche más en una casa donde su habitación podía ser ocupada sin que nadie considerara importante preguntarle a su madre.

Le acomodé la cobija.

Respiré hondo.

Y levanté la vista.

—Rodrigo.

Él cruzó los brazos.

—¿Qué?

—¿Alguna vez leíste las escrituras de esta casa?

Sonrió con suficiencia.

—Claro.

—¿Completas?

Su sonrisa vaciló apenas un instante.

—¿A qué viene esa pregunta?

Saqué la carpeta de la pañalera.

La coloqué sobre la consola de la entrada.

—Porque acabas de decir que esta casa también es tuya.

Él dio un paso hacia adelante.

—Lo es.

Abrí lentamente la primera hoja.

Señalé el encabezado.

—Léelo.

Rodrigo tomó el documento.

Sus ojos recorrieron las primeras líneas.

Después pasó la página.

Frunció el ceño.

Volvió a leer.

Doña Teresa comenzó a impacientarse.

—¿Qué tanto ves?

Él no respondió.

Seguía leyendo.

Hasta que levantó lentamente la cabeza.

—Esto…

Me miró confundido.

—Aquí solo aparece tu nombre.

Asentí.

—Correcto.

Silencio.

Doña Teresa soltó una risa nerviosa.

—Eso no significa nada. Se casaron.

La miré con calma.

—La compré dos años antes de conocer a su hijo.

Su expresión cambió.

—Además…

Saqué otra hoja.

—Está protegida mediante capitulaciones matrimoniales.

Rodrigo me arrebató el convenio.

Lo abrió apresuradamente.

Cuanto más avanzaba, más desaparecía el color de su rostro.

—No…

Susurró.

—Esto no puede…

Le señalé una cláusula.

—Léela en voz alta.

No lo hizo.

Pero sabía exactamente cuál era.

La vivienda ubicada en San Ángel constituye un bien privativo de la señora Mariana Ortega y queda excluida de cualquier sociedad conyugal o reclamación patrimonial.

El silencio llenó toda la casa.


Doña Teresa dio un paso al frente.

—Aunque la casa sea tuya, Rodrigo vive aquí.

—Vivía.

Respondí sin elevar la voz.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Qué quieres decir?

Saqué el teléfono.

Marqué un número.

—Buenas tardes.

Esperé unos segundos.

—Licenciado Ferrer, soy Mariana Ortega.

Necesito iniciar de inmediato el procedimiento para recuperar la posesión exclusiva de mi inmueble.

Rodrigo dio un paso hacia mí.

—¡Mariana!

Levanté una mano para detenerlo.

—También necesito asesoría para documentar la ocupación no autorizada de la habitación de mi hija recién nacida.

El abogado respondió algo al otro lado.

—Sí.

La cámara del monitor infantil grabó todo.

Guardé silencio unos segundos más.

—Perfecto. En una hora nos vemos.

Colgué.


Rodrigo respiraba con dificultad.

—Podemos hablar.

Negué lentamente.

—Eso intenté hacer durante meses.

—Fue un error.

Miré hacia el cuarto de Lucía.

La puerta seguía abierta.

Dentro todavía estaban las maletas de Daniela.

El nombre incompleto de mi hija seguía colgando de la pared.

Solo quedaban las letras “Lu”.

Sentí un dolor profundo.

Pero ya no era suficiente para hacerme dudar.

Volví a mirar a Rodrigo.

—El error no fue meter a otra mujer en la habitación de mi hija.

Él bajó la vista.

—Fue convencerte de que yo no tenía otro lugar a dónde ir.

Tomé la pañalera.

Acomodé a Lucía en su portabebé.

Y, justo antes de abrir la puerta principal, sonó una notificación en mi teléfono.

Era el sistema de almacenamiento del monitor infantil.

“Respaldo en la nube completado correctamente. 47 nuevos videos guardados.”

Miré la pantalla unos segundos.

Después levanté la vista hacia Rodrigo.

Porque, por la cantidad de archivos que acababan de sincronizarse, comprendí que la cámara no solo había grabado lo ocurrido ese día.

Llevaba semanas registrando cosas que yo todavía no había visto.

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