El notario contestó después del tercer tono.
—¿Señora Ortega?
—Necesito confirmar algo antes de la firma.
—Claro. ¿Qué ocurre?
Miré nuevamente el borrador abierto en mi teléfono.
—¿Quiénes aparecen como propietarios en la escritura definitiva?
Hubo un breve silencio.
—Los mismos que aparecen en el proyecto que le enviamos: el señor Ernesto Ortega, la señora Patricia Salgado de Ortega y la señorita Daniela Ortega Salgado.
Cerré los ojos.
No había sido una confusión.
Era exactamente lo que había escuchado.
—¿Y quién aparece como comprador?
—Usted, señora Ortega.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque de pronto todo resultaba demasiado absurdo.
—Entonces yo pago nueve millones ochocientos mil pesos y ellos reciben la propiedad.
—Así está redactado actualmente.
—¿Puedo cancelar la operación?
—Mientras no se haya firmado ni protocolizado, sí. Pero necesitamos recibir su instrucción formal cuanto antes.
Miré hacia la casa.
A través de las ventanas podía distinguir las siluetas de mis padres y Daniela moviéndose de un lado a otro.
Estaban celebrando.
Sin mí.
—Envíeme inmediatamente el procedimiento para cancelar.
—Lo haré.
Colgué.
Cinco minutos después recibí una llamada de Daniela.
Esta vez contesté.
—¿Dónde estás?
Su voz sonaba demasiado tranquila.
—En el trabajo.
—Mariana, hoy es la firma.
—Lo sé.
—Mamá está nerviosa. Papá también. ¿Puedes venir ya?
Miré el ramo de alcatraces sobre el asiento.
—No.
Silencio.
—¿Qué significa “no”?
—Que no voy a ir.
Su respiración cambió.
—¿Pasó algo?
—Sí.
—¿Qué?
—Leí la escritura.
Otra pausa.
Esta vez mucho más larga.
—No entiendo.
—Claro que entiendes.
Daniela dejó de fingir.
—Mariana…
—Escuché todo.
No respondió.
—Escuché a mamá decir que era una lástima que yo nunca descubriera que había pagado una casa que no me pertenecía.
Su respiración se volvió irregular.
—No era así.
—Entonces explícame cómo era.
—Solo queríamos asegurarnos de que la casa quedara protegida.
—¿De quién?
—De ti.
Solté una risa amarga.
—¿De mí?
—Tú trabajas demasiado. No sabes lo que puede pasar. Algún día podrías casarte, divorciarte o tener problemas económicos.
—¿Y por eso decidieron regalarle mi dinero a tu nombre?
—No es regalar.
—Entonces dime qué es.
Daniela no contestó.
—Exactamente.
Colgué.
No quería escuchar otra mentira.
Media hora después, mis padres aparecieron frente a mi departamento.
No sabía cómo habían conseguido la dirección.
Papá llamó desde abajo.
—Mariana, abre.
No respondí.
—Hija, necesitamos hablar.
Miré por la ventana.
Papá estaba junto a mamá.
Daniela permanecía detrás.
Por primera vez en mi vida, no sentí la necesidad de bajar.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de mamá.
“Perdónanos.”
Después otro.
“Solo queríamos que la casa estuviera a nombre de Daniela también porque ella ha hecho mucho por nosotros.”
Leí la frase varias veces.
Siete años.
Siete años trabajando para comprarles seguridad.
Y todavía necesitaban justificar por qué ella debía recibir una parte.
Respondí una sola vez.
“Entonces que Daniela la compre.”
No recibí respuesta.
Al día siguiente, el notario confirmó la cancelación de la operación.
Los nueve millones ochocientos mil pesos permanecieron en mi cuenta.
Pero la historia no terminó allí.
Dos semanas después, recibí una notificación del banco.
Alguien había intentado retirar una cantidad considerable de dinero de una cuenta vinculada al financiamiento de la casa.
La solicitud había sido realizada usando documentos que yo había entregado únicamente para la operación inmobiliaria.
Llamé al notario.
—¿Quién tiene copias de mis documentos?
Me respondió con una lista.
La inmobiliaria.
El banco.
La gestoría.
Y alguien más.
—¿Quién?
Revisó el expediente.
Su voz cambió.
—Su hermana.
Me quedé completamente quieta.
Entonces entendí que la casa nunca había sido el verdadero problema.
Daniela no solo había planeado quedarse con una propiedad que yo pagaría.
Había intentado utilizar mis documentos para conseguir acceso a mi dinero.
Y esta vez, no iba a llorar.
Iba a dejar que los documentos hablaran por mí.