Rafael permaneció inmóvil frente al mostrador.
—¿Puedo verla?
La enfermera negó con la cabeza.
—Está descansando.
—¿Puedo esperar?
—Puede.
Se sentó en una de las sillas del pasillo.
Por primera vez en quince días, no tenía una reunión a la que escapar.
No tenía planos que revisar.
No tenía ninguna excusa.
Solo tenía mi último mensaje en la pantalla.
Me duele mucho el abdomen.
Creo que voy al hospital.
Visto.
Sin respuesta.
Dos horas después, la enfermera salió con una carpeta.
—Hay algo que debe saber.
Rafael se puso de pie.
—¿Está bien?
—Físicamente se está recuperando.
Hizo una pausa.
—Pero su esposa dejó instrucciones muy claras.
—¿Qué instrucciones?
La enfermera le entregó un sobre.
—Lo dejó con el hospital antes de entrar al quirófano.
Rafael lo abrió con manos temblorosas.
Dentro había una copia de mi testamento actualizado.
También había una carta.
“Rafael:
Si estás leyendo esto, significa que finalmente viniste.
No sé si llegaste porque me extrañabas o porque alguien tuvo que decirte que podía morir.
Ya no importa.
Durante años pensé que nuestro mayor problema era no poder tener hijos.
Me equivoqué.
Nuestro verdadero problema fue que, poco a poco, dejaste de querer compartir conmigo la vida que todavía teníamos.
No te culpo por estar cansado.
No te culpo por sentir tristeza.
Pero no aceptaré que me hagas sentir culpable por seguir viva.”
Rafael tuvo que sentarse.
La carta continuaba.
“Durante mucho tiempo esperé que volvieras a ser el hombre que me buscaba después de una discusión.
El hombre que decía que no quería dormir enfadado conmigo.
Pero ese hombre desapareció mucho antes de que yo entrara al quirófano.”
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Entonces llegó a la última página.
“Si sobrevivo, me iré.
No porque quiera castigarte.
Porque necesito aprender quién soy cuando nadie me está esperando en casa.”
Rafael cerró los ojos.
En ese instante apareció Lucía al final del pasillo.
—Rafael.
Él levantó la mirada.
—¿Qué haces aquí?
Lucía se acercó lentamente.
—Me enteré de lo de Elena.
Rafael no respondió.
Ella miró la carta que tenía entre las manos.
—¿Quieres que te acompañe?
Rafael negó.
—No.
Fue la primera vez que rechazó su compañía.
—Necesito estar solo.
Lucía permaneció inmóvil.
—Rafael…
—Vete.
Ella retrocedió.
Rafael volvió a mirar hacia la puerta de mi habitación.
Pero todavía no sabía que yo había despertado.
Y que había escuchado toda la conversación.
Cuando abrió la puerta, me encontró despierta, mirándolo desde la cama.
No dije nada.
Él tampoco.
Después de unos segundos, se acercó.
—Elena…
Levanté una mano.
—No.
Su rostro se quebró.
—Solo quiero pedirte perdón.
—Puedes hacerlo.
—¿Qué?
—Pero no para que vuelva contigo.
Rafael se quedó sin palabras.
Miré por la ventana.
Por primera vez en años, no sentí miedo al futuro.
Porque había perdido la posibilidad de ser madre de la manera que había imaginado.
Pero no había perdido mi vida.
Y mientras Rafael lloraba en silencio junto a la puerta, comprendí que aquella operación no había destruido mi futuro.
Había terminado con una versión de mí que llevaba demasiado tiempo esperando que alguien volviera a elegirla.