Daisy seguía abrazada a mí cuando la jueza Barrett pidió que nadie la presionara.
—Cariño, ¿qué quería tu papá que borraras?
Daisy miró a Gabriel.
Él se puso de pie de golpe.
—Esto es absurdo.
—Siéntese, señor Albright —ordenó la jueza.
Gabriel volvió a sentarse.
Bianca ya no parecía divertida.
Tenía los labios apretados y las manos temblorosas.
Daisy bajó la voz.
—Papá dijo que no podía contarle a mamá.
—¿Qué viste?
La niña apretó al señor Buttons contra su pecho.
—Una película.
—¿De qué?
—De la noche que vino la señora Bianca.
Sentí que el corazón se me detenía.
Gabriel palideció.
—Daisy no sabe lo que está diciendo.
La jueza levantó una mano.
—Déjela terminar.
Daisy continuó.
—Mamá estaba en el hospital con el bebé.
—Papá y la señora mala estaban en la casa.
Bianca cerró los ojos.
—Después papá dijo que yo tenía que borrar la película.
Mi abogada se inclinó hacia mí.
—¿Qué película?
—La cámara de tu habitación —susurró Daisy.
Miré a Gabriel.
De repente entendí por qué había insistido durante meses en que quitáramos las cámaras interiores.
Por qué decía que nuestra hija era demasiado pequeña para entenderlas.
Y por qué había entrado en su habitación aquella noche.
La jueza pidió al alguacil que acompañara a Daisy fuera de la sala.
Cuando la puerta se cerró, Margaret Ellis sacó su teléfono.
—Señoría, hay algo más.
Gabriel la miró con furia.
—¿Qué está haciendo?
Mi abogada colocó una memoria USB sobre la mesa.
—Hace dos semanas, mi clienta me entregó una copia de seguridad de las cámaras domésticas.
Gabriel se quedó completamente inmóvil.
—Eso no existe.
—Existía —respondió Margaret— hasta que alguien intentó eliminar los archivos.
La jueza ordenó reproducir la grabación.
La pantalla mostró el pasillo de nuestra casa.
Era la noche en que yo estaba en el hospital.
Gabriel entró con Bianca.
Ella llevaba exactamente el mismo brazalete que había aparecido en aquel misterioso cargo de 3.800 dólares.
Después apareció Daisy.
La niña estaba en pijama.
Gabriel se agachó frente a ella.
No se escuchaba todo con claridad, pero una frase sí quedó perfectamente registrada:
—Si mamá pregunta, tú no viste nada.
Bianca miró hacia la cámara.
—Tenemos que borrar esto.
Gabriel respondió:
—Yo me encargo.
La grabación terminó.
Nadie habló.
Entonces la jueza Barrett cerró lentamente el expediente de divorcio.
—Señora Albright, no voy a aprobar este acuerdo hoy.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Por qué?
La jueza lo miró fijamente.
—Porque ahora existen cuestiones relacionadas con bienes, custodia y posibles ocultamientos que este tribunal debe investigar.
Bianca comenzó a llorar.
Gabriel permaneció inmóvil.
Yo miré mi vientre y luego a Daisy, que esperaba afuera con su conejo entre los brazos.
Durante meses había creído que renunciar a todo era la única manera de proteger a mis hijos.
Ahora entendía que había estado a punto de entregarles mucho más que una casa.
Y cuando el abogado de Gabriel recibió una llamada y salió apresuradamente de la sala, supe que todavía faltaba descubrir quién había grabado una segunda copia de aquella noche.
Porque alguien más había estado observando.
Y esa persona estaba a punto de entrar en el tribunal.