PARTE 2: LA EMPRESA QUE NUNCA FUE SUYA

Dejé sonar el teléfono hasta que dejó de vibrar.

Después escuché el mensaje de voz una sola vez.

—Olivia, ¿qué hiciste con nuestro dinero?

Ni una palabra sobre el aeropuerto.

Ni una disculpa.

Ni un “¿estás bien?”.

Solo el dinero.

Apagué la pantalla.

Mi hermano, Daniel, seguía sentado frente a mí revisando documentos.

Era abogado especializado en derecho mercantil y llevaba quince años viendo matrimonios romperse por mucho menos.

—¿Quieres que prepare también la demanda por ocultación de bienes? —preguntó.

Deslicé otra carpeta hacia él.

—Primero mira esto.

Dentro había un contrato firmado cuatro años atrás.

Daniel apenas leyó el encabezado y levantó la vista.

—¿Él sabe esto?

Negué con la cabeza.

—Nunca le interesó leer los documentos.

Pasó varias páginas.

Su expresión se volvió cada vez más seria.

—Entonces… la empresa de consultoría no pertenece al matrimonio.

—No.

—Te pertenece únicamente a ti.

Asentí.

Aquella empresa, creada con el dinero que heredé de mi abuela, llevaba años prestando servicios tecnológicos a la compañía donde Ethan trabajaba.

Él siempre creyó que era un pequeño negocio.

Nunca preguntó cuánto facturaba.

Nunca quiso saberlo.

Mientras su salario aumentaba lentamente, aquella empresa había crecido hasta convertirse en uno de los principales proveedores externos de su grupo.

Y todos los contratos estaban firmados únicamente conmigo.


Dos días después recibí una llamada inesperada.

No era Ethan.

Era el director financiero de su empresa.

—Señora Walker…

—Olivia.

—Disculpe… Olivia. Necesitamos hablar urgentemente.

—¿Sobre qué?

Hubo una breve pausa.

—Hemos recibido una notificación indicando que su empresa suspenderá todos los servicios a partir del próximo lunes.

Miré tranquilamente por la ventana.

—Es correcto.

Al otro lado hubo silencio.

—Eso paralizaría tres proyectos internacionales.

—Lo sé.

—¿Podemos negociar?

Respiré despacio.

—Lleven esa conversación con el responsable del problema.


Tres horas más tarde Ethan volvió a llamar.

Esta vez contesté.

—Olivia…

Su voz ya no sonaba enfadada.

Sonaba preocupada.

—¿Por qué cancelaste los contratos?

—Porque ya no quiero hacer negocios con una empresa donde mi esposo lleva de vacaciones a su amante usando un viaje corporativo.

Respiró con fuerza.

—No es mi amante.

Miré la fotografía publicada desde Bangkok.

Vanessa apoyaba la cabeza sobre su hombro.

—Entonces explícale al consejo por qué eliminaron mi boleto y colocaron a Vanessa en mi asiento.

No respondió.

—Fue un malentendido…

—¿También fue un malentendido el regalo que lleva colgado del hombro?

Otro silencio.

—¿Qué regalo?

—El bolso que me dijiste que era para un cliente.

Escuché cómo dejaba de respirar durante un instante.

Ya sabía que había perdido esa mentira.


—Olivia…

Su voz cambió.

—Cuando vuelva hablaremos.

—No.

—Por favor.

—Cuando vuelvas, encontrarás la casa vacía.

Escuché cómo una puerta se cerraba al otro lado.

Probablemente acababa de apartarse de Vanessa para hablar conmigo.

Llegaba demasiado tarde.

—¿De verdad vas a destruir nuestro matrimonio por un viaje?

Sonreí con tristeza.

—No.

Hice una pausa.

—Nuestro matrimonio terminó en el momento en que decidiste que una semana con ella era más importante que un solo día conmigo.


A la mañana siguiente sonó el timbre.

Era un mensajero.

Traía un sobre enviado desde Tailandia.

Dentro había una tarjeta escrita a mano.

“Perdóname. Compremos otro viaje cuando vuelva.”

También había una pulsera de oro.

La misma marca que yo llevaba meses queriendo comprar.

La observé unos segundos.

Luego llamé al mensajero antes de que se marchara.

—¿Sí, señora?

Le devolví la caja.

—Rechazada.

Él asintió y volvió al ascensor.

Mientras las puertas se cerraban, mi teléfono vibró con una notificación.

Era un correo del departamento jurídico de la empresa de Ethan.

Asunto: Solicitud urgente de reunión sobre contratos estratégicos.

Debajo aparecía una nota añadida por el director general.

“Hemos descubierto que la empresa de la señora Olivia Walker suministra el 68% de la infraestructura digital del grupo. Sin su autorización, la renovación de los contratos queda suspendida.”

Cinco minutos después llegó otro mensaje.

Esta vez de un número desconocido.

*”Soy Vanessa Reed. Necesitamos hablar. Ethan nunca te contó por qué insistió tanto en que no viajaras con nosotros… y la verdad es mucho peor de lo que imaginas.”

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