Arthur amplió la primera transferencia.
$4.800.
Luego otra.
$7.250.
Después $3.900.
Todas salían de una cuenta conjunta y terminaban en una empresa que no reconocía.
—¿Qué es Northstar Consulting? —pregunté.
Arthur negó lentamente con la cabeza.
—No existe como consultora operativa. Es una sociedad pantalla.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Y quién la controla?
Arthur abrió otro documento.
El nombre apareció en pantalla.
Gregory Whitmore.
Me quedé mirando.
—¿Mi marido?
—Legalmente, sí. Pero hay algo peor.
Arthur deslizó el cursor hasta otra columna.
—El dinero no terminaba ahí.
Aparecían pagos mensuales a una cuenta personal.
El titular era Chloe.
Durante cuatro años.
—Entonces el zafiro no fue una excepción —murmuré.
—No. Los 6.500 dólares fueron solamente una de las últimas transferencias.
Arthur abrió otra carpeta.
Dentro había facturas de hoteles, restaurantes, joyerías y pagos de tarjetas.
—Su marido ha estado financiando los gastos de su hermana durante años.
—¿Por qué?
Arthur me miró fijamente.
—Porque Chloe no es simplemente su hermana.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Antes de responder, colocó una copia de un contrato sobre la mesa.
—Northstar compró una participación en una propiedad hace tres años.
Reconocí la dirección.
Era mi casa.
Me quedé completamente inmóvil.
—Eso es imposible. Yo compré esta casa antes de casarme.
—Lo sé.
Arthur señaló una firma.
—Pero alguien presentó una escritura modificada en el registro.
La firma que aparecía debajo de mi nombre parecía auténtica.
Pero no era mía.
—La falsificaron.
Arthur asintió.
—Y utilizaron esa escritura para garantizar un préstamo de sesenta mil dólares.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Cuándo?
—Hace ocho meses.
—¿Y por qué nadie me avisó?
—Porque la dirección de notificación fue cambiada.
Arthur giró el monitor.
La nueva dirección era la casa de Chloe.
Me quedé en silencio.
Todo empezaba a encajar.
El dinero del fondo universitario.
Las transferencias.
El zafiro.
La escritura.
Y aquella cena.
No querían simplemente humillarme.
Querían hacerme creer que yo no tenía derecho sobre mi propia casa.
Arthur cerró la carpeta.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—El préstamo está a nombre de Northstar, pero el garante personal es Greg.
—Entonces él responde por los sesenta mil.
—Sí.
—¿Y Chloe?
Arthur levantó una ceja.
—Ella aparece como beneficiaria indirecta.
Me recosté en la silla.
Durante once años había pensado que mi cuñada solo era una mujer cruel.
Ahora comprendía que había sido parte de algo mucho más organizado.
—¿Qué podemos hacer?
Arthur respondió sin dudar.
—Presentar las pruebas al tribunal, impugnar la escritura y denunciar la falsificación.
Miré la carpeta.
—Hazlo.
—Eso puede desencadenar una investigación penal.
Lo miré directamente.
—Ellos intentaron quitarme mi casa.
Hice una pausa.
—Y utilizaron el dinero de nuestros hijos para hacerlo.
Arthur asintió.
—Entonces no habrá negociación.
Esa misma tarde, presentamos la documentación.
Dos días después, Greg apareció frente a mi edificio.
No llevaba traje.
No llevaba su reloj caro.
Parecía diez años mayor.
—Necesito hablar contigo.
—Habla.
—Chloe cometió errores.
Solté una risa seca.
—¿Errores?
—Ella estaba desesperada.
—¿Y tú?
Bajó la cabeza.
—Yo quería ayudarla.
—Usando el dinero de nuestros hijos.
No respondió.
—Y falsificando mi firma.
Greg levantó la mirada.
—Yo no falsifiqué nada.
Saqué una copia de la escritura.
—Entonces tendrás que explicárselo al investigador.
Su rostro cambió.
—¿Ya hablaste con la policía?
—Todavía no.
Respiró aliviado.
—Pero mi abogado sí.
La tranquilidad desapareció de su rostro.
—¿Qué significa eso?
—Que mañana presentaré toda la evidencia.
Greg dio un paso hacia mí.
—Por favor, no hagas esto.
Lo miré.
—Hace dos semanas me dijiste que olvidara mi lugar en tu familia.
Hice una pausa.
—Ahora vas a descubrir cuál es mi lugar en mi propia vida.
Me di la vuelta.
Pero antes de entrar, mi teléfono vibró.
Era Arthur.
Había encontrado otra transferencia.
Solo que esta vez no era de Greg.
Era de Chloe.
El destinatario era una cuenta vinculada a un funcionario del registro inmobiliario.
El concepto decía:
“Por la modificación definitiva.”
Sentí que se me helaba la sangre.
No habían actuado solos.
Arthur escribió otro mensaje:
“Hay al menos una tercera persona implicada. Y acaba de desaparecer.”
Miré la pantalla.
Entonces llegó una segunda notificación.
Una copia de seguridad había recuperado un archivo eliminado del ordenador de Greg.
El nombre del archivo era:

PLAN CASA — FASE FINAL.
Y debajo había una fecha.
La fecha en la que pensaban dejarme sin casa para siempre.