PARTE 2: LO QUE HARBOR CITY ME DEBÍA

Marcus mantuvo la copa levantada unos segundos más.

—Has cambiado —dijo.

Sonreí.

—O quizá ahora puedes verme mejor.

Su mandíbula se tensó.

Antes de que pudiera responder, varios hombres se acercaron para saludarlo. Marcus no apartaba los ojos de mí.

—Necesito hablar contigo a solas.

—No.

La respuesta salió tan tranquila que él pareció más sorprendido que si hubiera gritado.

—Claire…

—Ocho años atrás siempre tenías una razón para hacerme esperar. Hoy no tengo tiempo para escucharlas.

Me giré hacia la barra.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—Señora Claire, el señor Jiang no es el único que debería explicarle algunas cosas.

Era Daniel Wu, uno de los antiguos directores financieros de Marcus.

Lo recordaba perfectamente.

Había trabajado conmigo durante casi seis años.

—¿Qué quieres decir?

Daniel miró alrededor antes de sacar un sobre.

—Esto pertenecía a usted.

Lo abrí.

Dentro había copias de contratos, transferencias bancarias y registros de propiedades.

Mi respiración se detuvo.

Reconocí inmediatamente tres empresas.

Las había fundado yo.

Yo había creado sus primeros sistemas contables, negociado con proveedores y encontrado los inversores iniciales.

Pero en los documentos aparecía otra persona como propietaria.

Marcus.

—¿Cuándo ocurrió esto?

—Seis meses después de que usted se marchara.

Pasé las páginas rápidamente.

Había una cláusula que nunca había visto.

Según aquel contrato, determinadas participaciones empresariales debían regresar a mi nombre si yo volvía a Harbor City antes de cumplir cuarenta años.

Levanté la mirada.

—¿Marcus sabía esto?

Daniel guardó silencio.

—Daniel.

—Sí.

Sentí una calma extraña.

No era sorpresa.

Era confirmación.

Durante ocho años había pensado que Marcus había construido todo sin mí.

Ahora descubría que, incluso después de irme, había conservado algo que me pertenecía.

—¿Por qué nunca me enviaste estos documentos?

Daniel bajó la voz.

—Porque Marcus ordenó que nadie contactara con usted.

Mi mano se cerró sobre el sobre.

—¿Y por qué?

—Dijo que si algún día regresaba, quería ser él quien se lo explicara.

Solté una risa amarga.

—Siempre necesitó controlar cuándo debía conocer la verdad.

Daniel miró hacia Marcus.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—La división oeste que utilizó para justificar su matrimonio con Lily nunca estuvo en peligro.

Lo miré fijamente.

—¿Qué?

—Era solvente. Tenía activos suficientes para pagar las deudas de su familia.

Mi expresión cambió.

—Entonces…

—No necesitaba casarse con ella.

El ruido de la fiesta desapareció a mi alrededor.

Ocho años.

Había abandonado a Marcus porque creí que su matrimonio era un sacrificio inevitable para salvar a otra mujer.

Pero aquella explicación también había sido una mentira.

Miré hacia el otro lado del salón.

Marcus seguía observándome.

Como si supiera exactamente lo que acababa de descubrir.

Caminé hacia él.

—¿La división oeste estaba en quiebra?

Su rostro se endureció.

—¿Quién te dijo eso?

—Respóndeme.

—No es asunto tuyo.

—Lo fue durante ocho años.

Marcus dejó la copa sobre la mesa.

—Claire, no hagamos una escena.

—No estoy haciendo una escena.

Le mostré los documentos.

—Estoy preguntando por qué me mentiste.

Por primera vez, perdió el control de su expresión.

—Porque si te decía la verdad, habrías intentado quedarte.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Sabía que me querías. Sabía que si entendías que Lily realmente no necesitaba aquel matrimonio, te quedarías esperando.

—Entonces decidiste destruir nuestra relación para que yo pudiera marcharme.

Marcus bajó la mirada.

—Pensé que era mejor que odiaras a un hombre que no podía elegirte.

Sentí un vacío enorme.

—No.

Negué lentamente.

—Elegiste por mí.

Él no respondió.

—Eso fue lo que hiciste durante ocho años.

Di un paso atrás.

—No me protegiste, Marcus.

—Me quitaste la posibilidad de decidir mi propia vida.

Entonces Daniel apareció detrás de mí.

—Señora Claire, hay alguien esperándola afuera.

—¿Quién?

Daniel miró a Marcus.

—El abogado que preparó los documentos de transferencia.

Marcus levantó la cabeza.

—¿Qué abogado?

Daniel respondió:

—El suyo.

Sentí que Marcus comprendía finalmente lo que estaba ocurriendo.

Yo no había regresado a Harbor City para pedirle nada.

Había regresado preparada.

Salí del salón.

En la entrada había un hombre de cabello plateado sosteniendo un maletín.

—Señora Claire —dijo—. Llevo ocho años esperando este momento.

Miré el maletín.

—¿Qué contiene?

Sonrió.

—Las escrituras originales de sus tres empresas.

Hizo una pausa.

—Y una carta que Marcus escribió la noche en que usted se marchó.

Tomé la carta.

No quería abrirla.

Pero lo hice.

Solo había una frase.

“Si alguna vez regresas, todo seguirá siendo tuyo. Incluso aquello que creí que debía perder para protegerte.”

Doblé el papel.

No sentí ternura.

Solo una tristeza profunda por los ocho años que ya no podían recuperarse.

Entonces escuché pasos detrás de mí.

Marcus se había acercado.

—Claire.

Me giré.

—¿Qué?

Su mirada cayó sobre los documentos.

—No tienes que recuperar nada.

—Ya lo sé.

—Nunca quise quitarte lo que era tuyo.

Sonreí.

—Pero lo hiciste.

Me alejé.

Y mientras las puertas del salón se cerraban detrás de mí, recibí un mensaje de Daniel.

“Hay algo más que necesitas saber. Lily no fue la única persona que recibió dinero durante esos ocho años.”

Debajo había un nombre.

El mío.

Pero yo jamás había autorizado aquella cuenta.

Y alguien llevaba ocho años utilizando mi identidad para mover millones dentro de Harbor City.

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