Volví a leer el recorte tres veces.
No podía apartar los ojos de una frase.
“El accidente ocurrió durante la inspección de una estructura residencial.”
Debajo aparecía el nombre de la empresa para la que Ethan trabajaba ocho años atrás.
Y luego otro nombre.
Emma Carter.
La mujer de la fotografía.
Mi mano empezó a temblar.
No era una amante.
Era alguien que había muerto mientras Ethan estaba allí.
Pero entonces apareció algo todavía más extraño.
En la parte inferior del informe había una anotación manuscrita:
“Responsabilidad técnica pendiente de determinar.”
Guardé el recorte.
También fotografié la imagen y cerré la caja exactamente como la había encontrado.
Cuando Ethan volvió aquella noche, actué como si nada hubiera ocurrido.
Durante la cena habló del tráfico.
Después preguntó:
—¿Cómo fue tu día?
—Normal.
Me observó unos segundos.
—Estás rara.
Sonreí.
—Estoy cansada.
Él asintió.
Esa noche volvió a esperar.
Apagué la luz y cerré los ojos.
A las 12:47 salió de la cama.
Pero esta vez no fue al baño.
Se dirigió al escritorio.
Escuché cómo abría un cajón.
Luego su voz.
—Emma… todavía no puedo decirle la verdad.
Mi corazón se aceleró.
—¿A quién? —pregunté desde la oscuridad.
Ethan se quedó completamente inmóvil.
Encendí la lámpara.
Su rostro había perdido todo el color.
—¿Quién es Emma?
No respondió.
—Encontré la fotografía.
Se sentó lentamente.
—Laura…
—Ocho años.
Mi voz salió mucho más firme de lo que esperaba.
—Llevas ocho años entrando a esa ducha para llorar por una mujer que murió mientras tú estabas allí. Quiero saber qué ocurrió.
Ethan cerró los ojos.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después murmuró:
—Emma era mi hermana.
Me quedé paralizada.
—¿Tu hermana?
Asintió.
—Era ingeniera. Trabajaba conmigo durante aquel proyecto.
Miró sus manos.
—El día del accidente, yo aprobé una modificación en los planos.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Y esa modificación causó el accidente?
—Eso creí durante ocho años.
Lo miré.
—¿Qué significa eso?
Ethan respiró profundamente.
—La noche del accidente desapareció una página del expediente técnico.
Se levantó y abrió el armario.
Sacó una carpeta vieja.
—La policía concluyó que había sido un error mío.
—¿Y tú lo aceptaste?
—Porque alguien me dijo que si hablaba, otra persona moriría.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Ethan me miró.
—El mismo hombre que manipuló el informe.
Sacó una copia.
Había una firma al final.
Reconocí el apellido.
Era el padre de mi jefe.
—¿Cómo llegó esto a tu caja?
Ethan negó con la cabeza.
—No llegó a mi caja.
Se acercó.
—Yo lo escondí porque sabía que algún día tendría que demostrar que no fui responsable.
Entonces comprendí las duchas.
No eran secretos de una amante.
Eran ocho años de culpa.
Pero todavía faltaba una pieza.
—¿Por qué nunca me contaste nada?
Ethan bajó la mirada.
—Porque tu padre trabajaba para la misma compañía.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Qué?
—Y cuando intenté investigar por mi cuenta, descubrí que tu familia había recibido dinero después del accidente.
Me quedé inmóvil.
—Estás diciendo que mi familia estaba involucrada.
—No lo sé.
Su voz se quebró.
—Por eso nunca quise acusar a nadie sin pruebas.
De pronto, mi teléfono vibró.
Un número desconocido.
Había llegado un mensaje.
“Si Ethan te contó lo de Emma, ya es demasiado tarde.”
Debajo había una fotografía.
Era una imagen tomada ocho años atrás.
Emma estaba frente al edificio el día del accidente.
Pero no estaba sola.
A su lado aparecía un hombre que conocía perfectamente.
Mi padre.
Y detrás de ellos había alguien más.
Alguien que Ethan y yo nunca habíamos mencionado.
Mi madre.
Levanté lentamente la mirada hacia Ethan.
—Tenemos que hablar con mis padres.
Él palideció.
—No.
—¿Por qué?

Señaló la fotografía.
—Porque si ellos aparecen en esa imagen, significa que probablemente saben quién provocó realmente la muerte de Emma.
Y justo entonces llegó otro mensaje.
“No vayan a casa de tus padres. Ya saben que encontraste la fotografía.”