PARTE 2: LA DUEÑA DE TODO

Emiliano llegó cuarenta minutos después.

Entró furioso.

—¡Natalia! ¿Qué demonios hiciste?

Su mirada encontró primero los restos de la botella.

Después a su madre, sentada junto a dos maletas que el personal había bajado de su habitación.

Finalmente vio al notario.

Se detuvo.

—¿Qué significa esto?

Graciela corrió hacia él.

—¡Esta loca dice que la casa es suya!

Emiliano me miró.

Esperaba miedo.

Encontró una carpeta.

—No solamente la casa.

Abrí el segundo documento.

—También el local donde funciona tu empresa.

Su rostro cambió.

—¿Qué?

Durante cinco años, Emiliano había presumido que había levantado su negocio desde cero.

La verdad era diferente.

Cuando su empresa estaba a punto de quebrar, una sociedad de inversión había comprado sus deudas y financiado su expansión.

Él nunca preguntó quién estaba detrás.

Le bastó saber que el dinero llegaba.

Empujé hacia él los documentos.

—La sociedad es mía.

Emiliano leyó dos páginas.

Después levantó la cabeza.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte.

Graciela dejó de llorar.

—Eso es imposible.

La miré.

—Mi padre no es pobre.

—¡Vive en un rancho!

—Porque quiere.

Don Efraín había vendido años atrás una empresa agrícola y conservado varias propiedades. Después de enviudar, regresó al pueblo donde había nacido.

Nunca necesitó demostrarle nada a nadie.

Yo tampoco.

Hasta ese día.

Emiliano apretó los documentos.

—Entonces todo este tiempo me mentiste.

Solté una pequeña risa.

—¿Eso es lo que te preocupa?

Señalé el patio.

—Tu madre humilló durante tres años a mi padre delante de ti.

—Me llamó arrimada.

—Me acusó de casarme contigo por dinero.

—Y tú nunca la detuviste.

Emiliano bajó la voz.

—Es mi madre.

—Exactamente.

—Y yo era tu esposa.

Aquello lo dejó callado.

El notario colocó otro sobre sobre la mesa.

—Señor, también debe entregar las llaves del inmueble.

Emiliano se volvió hacia mí.

—Natalia, podemos arreglar esto.

—No.

—Estás enfadada por un pollo.

Lo miré durante varios segundos.

—No estoy terminando mi matrimonio por un pollo.

Tomé mi bolso.

—Lo termino porque necesitaste ver una escritura para empezar a respetarme.

Su rostro perdió el color.

Entonces sonó mi teléfono.

Era mi padre.

Contesté.

—¿Sí, papá?

—¿Te llegó la comida, hija?

Miré por la ventana.

Bruno seguía junto a los restos de aquel regalo preparado de madrugada.

Tragué saliva.

—Sí.

—¿Te gustó?

Graciela bajó los ojos.

Emiliano tampoco pudo mirarme.

—Muchísimo, papá.

Don Efraín rio.

—Entonces la próxima semana te preparo otro.

Cerré los ojos.

—No hace falta esperar hasta la próxima semana.

Tomé las llaves del automóvil.

—Voy para allá.

Colgué.

Emiliano se interpuso frente a la puerta.

—Natalia, espera.

—¿Qué quieres?

Su voz perdió toda arrogancia.

—Otra oportunidad.

Negué.

—Tuviste tres años.

Lo rodeé.

Entonces Graciela gritó:

—¡Emiliano, no dejes que se vaya! ¡Haz algo!

Él no se movió.

Porque finalmente había entendido algo.

Yo no estaba abandonando su casa.

Él estaba parado dentro de la mía.

Antes de salir, dejé un último sobre sobre la mesa.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—El divorcio.

Pero Emiliano todavía no conocía la peor parte.

A la mañana siguiente, cuando llegó a su empresa, encontró las puertas cerradas.

En recepción lo esperaba el director financiero con una auditoría.

Y sobre su escritorio había una fotografía de la botella destruida.

El laboratorio había confirmado algo extraordinario:

El supuesto tequila de dos millones de pesos costaba menos de mil.

Emiliano nunca había pagado dos millones por aquella botella.

Pero alguien había retirado exactamente esa cantidad de las cuentas de su empresa el mismo día que supuestamente la compró.

Y la firma que autorizaba la transferencia…

era de Graciela.

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