PARTE 2: LA DEUDA QUE NO ERA DINERO

Elena lo miró fijamente.

—No soy una forma de pago.

La sonrisa de Adrian desapareció.

—Tienes razón.

Retrocedió de inmediato.

Aquella reacción la desconcertó más que cualquier provocación.

Adrian dejó los billetes sobre una mesa.

—Entonces considéralo una mala broma.

—Una bastante mala.

—No suelo recibir propinas después de una cita.

Elena sintió que quería desaparecer.

—Creí que trabajabas allí.

—¿Por qué?

—Estabas solo. Demasiado bien vestido. Demasiado seguro de ti mismo.

Adrian levantó una ceja.

—Una descripción devastadora.

Ella tomó sus gafas.

—Olvidemos aquella noche.

—Llevo dos semanas intentando encontrarte.

Elena se detuvo.

—¿Para qué?

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.

Christopher entró.

Su exnovio.

Y detrás venía Sophia, la antigua mejor amiga de Elena.

El estómago se le cerró.

Su padre apareció inmediatamente.

—Elena, excelente. Christopher viene representando al Grupo Sterling. Quizá podamos solucionar también vuestro pequeño malentendido.

¿Pequeño malentendido?

Christopher había estado engañándola.

Y ahora sus padres pretendían fingir que aquello era un problema menor porque necesitaban desesperadamente inversores.

Christopher sonrió.

—Elena estaba alterada. Ya se le pasará.

Sophia permaneció detrás de él, evitando mirarla.

Entonces Christopher vio a Adrian.

Su arrogancia desapareció.

—Señor Blackwood.

Adrian no respondió al saludo.

Miró a Elena.

—¿Este es el hombre?

Ella comprendió inmediatamente.

—Sí.

Christopher frunció el ceño.

—¿Qué hombre?

Adrian tomó los billetes de la mesa.

—El responsable de que me confundieran con un acompañante.

El padre de Elena tosió.

Su madre abrió mucho los ojos.

Christopher tardó unos segundos en entender.

Después miró a Elena.

—¿Qué hiciste?

Elena sintió regresar aquella antigua vergüenza.

Pero esta vez duró poco.

—Lo que hice después de descubrir tu traición ya no te corresponde.

Christopher dio un paso hacia ella.

—¿Te fuiste con él?

Adrian se interpuso tranquilamente.

—Te recomiendo recordar dónde estás.

Christopher se detuvo.

Nadie desafiaba a Adrian Blackwood dentro de su propia casa.

El abuelo Blackwood regresó entonces con los documentos.

—Tenemos un problema —anunció.

El padre de Elena palideció.

—¿Con la inversión?

—Con sus cuentas.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

La empresa Ward no estaba simplemente atravesando dificultades.

Alguien llevaba meses desviando contratos hacia una compañía relacionada con el Grupo Sterling.

Christopher perdió el color.

Elena tomó los documentos.

Su antigua inseguridad desapareció.

Había estudiado finanzas antes de incorporarse al negocio familiar.

Revisó tres páginas.

Después encontró el patrón.

—Papá, estas autorizaciones tienen tu firma.

—Yo no aprobé esto.

Elena levantó la vista.

—Entonces alguien la falsificó.

Christopher intervino rápidamente.

—Esto no demuestra nada.

Error.

Adrian giró hacia él.

—Yo no dije que demostrara algo.

Christopher comprendió demasiado tarde que acababa de defenderse de una acusación que nadie le había hecho directamente.

Sophia empezó a llorar.

—Christopher, dijiste que solamente querías presionar a los Ward para que vendieran.

El silencio fue inmediato.

Christopher se volvió.

—Cállate.

Pero ya era tarde.

La traición sentimental había sido solo una parte.

Christopher había utilizado información obtenida durante su relación con Elena para conocer contratos, deudas y debilidades de la empresa de su familia.

Adrian llamó a su equipo jurídico.

La reunión terminó convertida en una revisión financiera de emergencia.

Horas después, Christopher salió de la mansión sin la sonrisa con la que había entrado.

Sophia se marchó detrás.

El acuerdo con Sterling quedó suspendido.

Y Blackwood aceptó estudiar una inversión de rescate, pero bajo nuevas condiciones y después de una auditoría independiente.

Cuando todos se fueron, Elena encontró a Adrian en la biblioteca.

Puso los billetes delante de él.

—Toma.

Adrian negó con la cabeza.

—Son tuyos.

—No pienso llevármelos.

—Entonces dónalos.

Elena lo observó.

—¿De verdad me buscaste durante dos semanas?

—Sí.

—¿Por qué?

Adrian tardó unos segundos.

—Porque desapareciste sin decirme tu apellido y dejaste dinero como si yo fuera alguien a quien podías borrar de tu vida pagando la cuenta.

Elena bajó la mirada.

—Lo siento.

—Acepto las disculpas.

Ella respiró aliviada.

Adrian añadió:

—Pero quiero aclarar algo.

—¿Qué?

—Tu familia no recibirá inversión por ser tu familia.

—Bien.

—Y tú no me debes absolutamente nada por aquella noche.

Elena levantó los ojos.

Por primera vez desde que lo reconoció, Adrian parecía completamente serio.

—Si volvemos a vernos —continuó—, será porque ambos queremos.

Elena sonrió ligeramente.

—Eso suena bastante mejor que “paga la diferencia”.

Adrian cerró los ojos un instante.

—Voy a arrepentirme de esa frase durante años, ¿verdad?

—Probablemente.

Elena recogió sus gafas.

Antes de salir, se volvió.

—Por cierto, señor Blackwood.

—¿Sí?

—La próxima vez que una mujer te deje dinero sobre la mesa, quizá deberías preguntarte qué impresión estás dando.

Adrian soltó una breve carcajada.

Fue la primera vez que Elena lo escuchó reír de verdad.

Y mientras abandonaba la mansión comprendió que aquella noche de lluvia no había sido el comienzo de una deuda.

Había sido el final de una relación que la estaba destruyendo.

Lo que ocurriera después con Adrian no tendría precio, contrato ni obligación.

Y precisamente por eso, por primera vez, valía la pena descubrirlo.

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