La pequeña mano de Lily apenas pesaba dentro de la mía.
Pero sentí que llevaba sobre ella todo el miedo que una niña de cinco años jamás debería conocer.
La sujeté con cuidado.
—Ya no están solos.
No sabía si me habían creído.
Probablemente no.
Los niños abandonados dejan de confiar mucho antes de aprender a leer.
Marco regresó apenas un minuto después.
Su expresión era tan seria como pocas veces le había visto.
—Seguridad del aeropuerto ya fue avisada.
Asentí.
—¿Y la puerta 17?
—El embarque todavía no termina. El avión sigue conectado al puente.
Miré a los gemelos.
Owen seguía abrazando el oso de peluche como si fuera lo único que le pertenecía en el mundo.
—¿Tienen hambre?
Los dos dudaron.
Después Owen respondió muy bajito.
—¿Nos podemos quedar aquí?
Aquella pregunta me golpeó con fuerza.
No preguntó por comida.
No preguntó por juguetes.
Solo quería saber si alguien volvería a moverlos de un lugar a otro.
—Sí.
Sonreí por primera vez.
—Nadie los va a obligar a irse.
Dos agentes de la Policía del aeropuerto llegaron pocos minutos después.
Una oficial se agachó frente a los niños.
—Hola, soy la oficial Karen.
Miró a Lily con dulzura.
—¿Puedes contarme qué pasó?
La niña bajó la vista.
—Nos dijo que esperáramos.
—¿Quién?
—La esposa de papá.
La oficial tomó algunas notas.
—¿Y qué más les dijo?
Owen respondió esta vez.
—Que si nos portábamos bien… alguien nos encontraría.
El silencio que siguió fue devastador.
Incluso uno de los agentes apartó la mirada.
Marco volvió con una tableta en la mano.
—Ryker.
Me mostró la pantalla.
Las cámaras de seguridad ya estaban reproduciendo la escena desde distintos ángulos.
Se veía claramente a la mujer dejando a los niños.
Mirando a ambos durante apenas dos segundos.
Y alejándose sin volver la cabeza.
No había confusión.
No había accidente.
No parecía buscar a nadie.
Simplemente…
Se marchaba.
—Guarda esa grabación.
Marco asintió.
—Ya está asegurada.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era el jefe de seguridad del aeropuerto.
—Señor Steel.
—¿La encontraron?
—Sí.
Respiré hondo.
—¿Dónde está?
—La señora ya se encuentra dentro del avión.
Miré nuevamente a Owen y Lily.
Seguían sentados exactamente igual.
Esperando.
Como si todavía existiera la posibilidad de que alguien regresara por ellos.
—¿El avión sigue en tierra?
—Sí.
—Entonces nadie despega hasta que la policía hable con ella.
—Entendido.
Colgué.
Mientras tanto, en la aeronave…
La mujer del abrigo beige acomodaba tranquilamente su bolso en el compartimento superior.
Sacó unos audífonos.
Cerró los ojos.
Creía que todo había terminado.
Hasta que la puerta del avión volvió a abrirse.
Dos oficiales subieron acompañados por un supervisor de la aerolínea.
—¿Señora Amanda Collins?
Ella abrió los ojos con fastidio.
—¿Sí?
—Necesitamos que nos acompañe unos momentos.
Frunció el ceño.
—Mi vuelo está por salir.
—Será necesario que descienda.
—¿Por qué?
El oficial respondió con serenidad.
—Tenemos algunas preguntas relacionadas con dos menores que quedaron en la terminal.
Por un instante, el color desapareció del rostro de Amanda.
Pero apenas duró un segundo.
Después volvió a sonreír.
—No sé de qué hablan.
Los pasajeros comenzaron a observar la escena.
—Esos niños no son responsabilidad mía.
El supervisor intercambió una mirada con los agentes.
Ninguno respondió.
Solo le indicaron nuevamente la salida.
En la terminal, Lily levantó lentamente la cabeza.
—¿Va a volver?
Miré a la pequeña.
Podía haberle dado una respuesta fácil.
Pero no quería mentirle.
—No lo sé.
Ella asintió en silencio.
Como si ya conociera esa respuesta.
Entonces Owen hizo una pregunta que me dejó sin palabras.
—Si nadie nos quiere…
Apretó con fuerza su oso de peluche.
—¿Nos van a separar?
Sentí un nudo en la garganta.
Me puse de rodillas para quedar a su altura.
—Escúchenme muy bien los dos.
Esperé hasta que ambos me miraran.

—Mientras yo pueda evitarlo…
Hice una pausa.
—Nadie volverá a separarlos jamás.
Por primera vez desde que los encontré, Lily dejó de mirar la puerta de embarque.
Y comenzó a mirarme a mí.