PARTE 2: La costura que nadie debía abrir

Lucía abrazó a Camila con más fuerza mientras recorría el largo pasillo de servicio.

La niña ya había dejado de llorar.

Solo jugaba distraída con un mechón del cabello de su madre.

—¿La señora ya no está enojada? —preguntó con inocencia.

Lucía tragó saliva.

—No pienses en eso, mi amor.

Al cerrar la puerta de la lavandería, apoyó la espalda contra la pared.

Respiró hondo.

Había pasado tres semanas intentando convencerse de que aquella carta no era asunto suyo.

Que debía seguir trabajando.

Callar.

Sobrevivir.

Pero cada vez que recordaba aquellas líneas, volvía a sentir el mismo nudo en el estómago.

“Siete millones.”

“Niños enfermos.”

“Facturas falsas.”

No podía olvidarlo.

Un golpe en la puerta la hizo sobresaltarse.

Era Teresa, la jefa de limpieza.

—Lucía, ¿qué haces aquí? La novia está como loca buscando el velo.

Lucía bajó la mirada.

—Ya se lo entregué.

Teresa suspiró.

—Pues date prisa. En una hora llegan los fotógrafos a la suite.

Mientras hablaban, en el piso superior…

Valeria había cerrado la puerta con llave.

Las damas de honor habían sido enviadas al pasillo.

Solo ella permanecía frente al enorme espejo.

Con manos temblorosas tomó el velo.

Lo extendió sobre la cama.

Sus dedos recorrieron desesperadamente el borde del encaje.

Buscaban una costura específica.

La misma que Lucía había vuelto a cerrar con hilo transparente.

Valeria respiró aliviada.

La costura seguía intacta.

Pero aun así no sonreía.

Tomó unas pequeñas tijeras del tocador.

Comenzó a descoser lentamente el borde interior.

Las manos le temblaban tanto que rompió dos puntadas.

Finalmente introdujo los dedos entre las capas de tul.

Su rostro perdió el color.

No había nada.

La carta había desaparecido.

Retrocedió un paso.

Volvió a revisar.

Después otra vez.

Y otra más.

Nada.

—No…

Susurró.

—No…

Registró todo el velo.

Cada pliegue.

Cada costura.

Nada.

La carta ya no estaba allí.

En ese instante llamaron a la puerta.

—Señorita Valeria.

¿Podemos entrar?

Ella escondió rápidamente las tijeras.

—¡Un momento!

Miró nuevamente el velo.

Por primera vez desde la mañana, sintió verdadero miedo.

Porque solo existían dos posibilidades.

O la carta había caído…

O alguien la había leído.


Mientras tanto, Lucía doblaba cuidadosamente unas servilletas en la cocina.

Intentaba concentrarse.

Pero una pregunta no dejaba de perseguirla.

¿Debía hablar?

¿O seguir callando?

En ese momento escuchó una voz conocida.

—¿Lucía?

Se giró.

Era Julián Salvatierra.

Vestía ya el traje del novio.

Sonreía con la tranquilidad de quien todavía cree que ese será el día más feliz de su vida.

—Mi madre dice que tú siempre salvas cualquier desastre en esta casa.

Gracias por todo.

Lucía bajó la vista.

—Solo hago mi trabajo, señor.

Julián notó que algo no estaba bien.

—¿Ocurre algo?

Ella abrió la boca.

Quiso decirlo.

Quiso sacar la carta del bolsillo oculto de su delantal.

Porque, en realidad, nunca la había vuelto a coser.

Había cosido un papel en blanco del mismo grosor.

La carta auténtica seguía con ella desde hacía tres semanas.

Sus dedos rozaron el sobre escondido.

Pero antes de que pudiera hablar, Valeria apareció al fondo del pasillo.

Su mirada se cruzó con la de Lucía.

Y entendió inmediatamente lo que había ocurrido.

La novia sonrió.

Demasiado tranquila.

Demasiado rápido.

—Cariño —dijo tomando del brazo a Julián—, el sacerdote ya llegó.

Tenemos que irnos.

Mientras se alejaban, Valeria volvió apenas la cabeza.

Miró directamente a Lucía.

Y movió los labios sin emitir sonido.

“Después hablamos.”

No era una invitación.

Era una amenaza.

Lucía sintió el peso de la carta escondida contra su pecho.

Comprendió que ya no tenía dos opciones.

Solo le quedaban dos caminos.

Callar para proteger su empleo…

O decir la verdad y cambiar para siempre el destino de aquella boda.

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