PARTE 2 — LA CICATRIZ QUE NADIE PUDO BORRAR

Ernesto entró en la cocina con una sonrisa que no tenía nada de amable.

Llevaba una chamarra de mezclilla, las llaves del coche girando entre los dedos y esa seguridad de quien cree que nadie se atreverá a enfrentarlo.

Los empleados dejaron de moverse.

La señora Graciela bajó la mirada.

Marina sintió que el estómago se le encogía.

—¿Qué haces aquí? —preguntó en voz baja.

Ernesto ni siquiera respondió.

Sus ojos fueron directamente hacia Santiago.

—Buenos días, ingeniero. Vine por mi mujer.

Marina dio un paso atrás.

—No soy tu mujer.

Él soltó una risa.

—Todavía no.

Santiago permanecía inmóvil.

Había aprendido hacía muchos años que el silencio obligaba a los demás a mostrar quiénes eran realmente.

—¿La conoces? —preguntó Ernesto con falsa cordialidad.

—Desde hace mucho tiempo —respondió Santiago.

Ernesto arqueó una ceja.

—Qué pequeño es el mundo.

Se acercó hasta Marina y, sin pedir permiso, le sujetó el brazo.

Ella hizo un gesto de dolor.

Santiago lo vio.

También vio cómo los dedos de Ernesto coincidían exactamente con los hematomas que había observado la noche anterior.

Su voz salió tranquila.

Demasiado tranquila.

—Suéltala.

Ernesto sonrió sin obedecer.

—Es un asunto personal.

—Ya no.

Aquella única respuesta bastó para que el ambiente cambiara por completo.

Ernesto miró alrededor.

—Con todo respeto, señor Aranda, esto no tiene nada que ver con usted.

Santiago dio un paso al frente.

—Todo lo que ocurre dentro de mi casa tiene que ver conmigo.

Los empleados contenían la respiración.

Nadie recordaba haber visto al dueño intervenir en problemas personales del servicio.

Marina intentó retirar el brazo.

—Déjalo, Santiago…

Él volvió la cabeza hacia ella.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre en diecisiete años.

—¿Te sigue haciendo daño?

Marina guardó silencio.

Ernesto respondió por ella.

—Las parejas discuten.

Santiago sostuvo su mirada.

—Eso no fue lo que pregunté.

El silencio se hizo pesado.

Finalmente Marina habló.

—No quiero problemas.

—¿Porque te da miedo?

Ella bajó los ojos.

No respondió.

Y esa ausencia de respuesta dijo mucho más que cualquier explicación.

Santiago respiró profundamente.

Recordó la lavandería de la colonia Doctores.

Los dos compartiendo un bolillo después de la escuela.

Las tardes en las que Marina defendía a otros niños aunque terminara golpeada.

Y la promesa absurda que hizo siendo apenas un adolescente.

“Cuando sea grande, nadie te va a volver a lastimar.”

Había tardado diecisiete años en encontrarla.

Y la encontraba así.

Con miedo.

Con moretones.

Y esperando un hijo.

Santiago volvió a mirar a Ernesto.

—Desde este momento tienes prohibida la entrada a esta propiedad.

Ernesto soltó una carcajada.

—¿Y quién va a impedírmelo?

Antes de que terminara la frase, dos elementos de seguridad aparecieron en la puerta.

No habían entrado por casualidad.

Llevaban varios minutos esperando la orden.

Santiago habló sin elevar la voz.

—Acompañen al señor hasta la salida.

—¿Me estás corriendo?

—No.

La mirada de Santiago permaneció inmutable.

—Estoy evitando que vuelvas a acercarte a una de mis empleadas mientras aclaramos varias cosas.

Ernesto intentó acercarse otra vez a Marina.

Los guardias lo detuvieron antes.

Mientras era conducido hacia la salida, se giró para gritar:

—¡Marina! ¡Ese niño es mío! ¡No te atrevas a ponerlo en mi contra!

Las puertas se cerraron.

El silencio regresó.

Marina seguía temblando.

Santiago tomó una silla y la acercó lentamente.

—Siéntate.

Ella obedeció sin fuerzas.

La señora Graciela les sirvió un vaso de agua antes de retirarse discretamente con el resto del personal.

Por primera vez quedaron solos.

Santiago habló despacio.

—¿Por qué nunca me buscaste?

Marina sonrió con tristeza.

—Porque pensé que tú tampoco me habías buscado.

Él frunció el ceño.

—Te busqué durante años.

Ella levantó la vista.

—¿Qué?

—Cuando demolieron la lavandería, pregunté por ti.

Nadie sabía adónde se habían mudado.

Pensé que te habías ido de la ciudad.

Marina sintió un nudo en la garganta.

—Mi mamá nos cambió de colonia esa misma semana.

Hubo un largo silencio.

Dos vidas que habían crecido creyendo que el otro simplemente había desaparecido.

Entonces Santiago observó de nuevo la cicatriz sobre la ceja de Marina.

Había reconocido aquella marca.

Pero ahora acababa de notar otro detalle.

Un pequeño dije plateado colgaba de su cuello.

Era una llave diminuta.

Exactamente igual a la que llevaba él escondida bajo la camisa desde que tenía diez años.

La mitad de un antiguo colgante que ambos habían partido en dos antes de prometer que nunca dejarían de ser familia.

Y Santiago comprendió que la mayor pérdida de su vida no había sido el tiempo.

Había sido todo lo que alguien hizo para que jamás volvieran a encontrarse.

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