PARTE 2: La casa que Mauricio jamás había pagado

A las diez y cuarto, Mauricio llamó.

No contesté.

Volvió a llamar.

Luego otra vez.

Al sexto intento dejó un mensaje.

—Teresa, ¿qué hiciste con la calefacción?

Sonreí ligeramente.

Yo no había cortado ningún servicio.

Simplemente había retirado mi autorización para que él administrara contratos vinculados a mi propiedad.

Después llamé al notario.

—Señora Teresa, ya confirmé todo —dijo—. La escritura está perfectamente vigente. Usted continúa siendo la única propietaria.

—Entonces prepare lo que hablamos.

—¿Está segura?

Miré mis manos.

Durante cinco años había permitido que mi hija y Mauricio confundieran mi paciencia con dependencia.

—Completamente.

Al mediodía, Valeria apareció en el hotel.

—¡Mamá!

Entró furiosa.

—Mauricio dice que estás intentando echarnos.

—No estoy intentando nada.

Le mostré una copia de la escritura.

—Esta casa es mía.

Valeria quedó inmóvil.

—Pero Mauricio paga todo.

—Mauricio paga algunos gastos desde hace cinco años.

Deslicé el documento hacia ella.

—Rafael y yo pagamos esa casa durante veinticinco.

Su rostro cambió.

—Somos familia.

—Anoche también éramos familia.

No pudo responder.

—Tienes treinta días para encontrar otro lugar.

Valeria comenzó a llorar.

—¿Por un calefactor?

Negué lentamente.

—No me voy por un calefactor. Me voy porque mi propio yerno decidió que una mujer de setenta y dos años debía pasar frío dentro de su propia casa y mi hija creyó que unos calcetines solucionarían el problema.

Esa tarde llegó Mauricio.

Ya no parecía arrogante.

—Podemos arreglarlo.

—Claro.

Sus hombros se relajaron.

—Entonces vuelves.

—No.

Le entregué la notificación preparada por el notario.

Mauricio leyó la primera página.

Su rostro se puso rojo.

—¡He pagado miles en esta casa!

—Y viviste aquí cinco años sin pagarme renta.

—¡Hice mejoras!

—Sin mi autorización.

Golpeó el documento contra la mesa.

—No puedes simplemente quitarnos nuestra casa.

—Nunca fue vuestra.

Aquello lo silenció.

Pero entonces dijo algo extraño.

—Valeria me aseguró que la casa terminaría siendo suya.

Miré a mi hija.

Ella bajó la cabeza.

—¿Qué le dijiste?

—Mamá…

—¿Qué le dijiste?

Valeria empezó a llorar.

—Que algún día la heredaría.

Mauricio soltó una risa nerviosa.

—No solo eso.

Sacó su teléfono.

—Me enseñó documentos.

Mi estómago se tensó.

—¿Qué documentos?

Abrió una fotografía.

Era una supuesta escritura.

Mi casa aparecía transferida a Valeria.

Y debajo figuraba mi firma.

Solo había un problema.

Yo jamás había firmado aquello.

—¿De dónde salió esto?

Valeria palideció.

Mauricio la miró.

—Dijiste que tu madre había firmado hace tres años.

El silencio se volvió insoportable.

Llamé inmediatamente al notario.

Le envié la fotografía.

Cinco minutos después devolvió la llamada.

—Teresa, no salga del hotel.

—¿Qué encontró?

—Ese documento intentó registrarse hace tres años, pero fue rechazado por una irregularidad.

Miré a Valeria.

—¿Qué irregularidad?

El notario hizo una pausa.

—La firma parecía auténtica, pero faltaba su comparecencia personal.

Sentí frío, aunque aquella habitación estaba perfectamente calefaccionada.

—Entonces alguien falsificó mi firma.

—Eso parece.

Mauricio retrocedió lentamente de Valeria.

Pero el notario todavía no había terminado.

—Hay algo más, Teresa.

—¿Qué?

—Hace nueve días presentaron nuevamente una solicitud relacionada con su propiedad.

Apreté el teléfono.

—¿Para qué?

—Para utilizar la casa como garantía de un préstamo.

Miré a mi hija.

Valeria dejó de llorar.

Y por primera vez comprendí que quizá Mauricio no era la única persona que había estado esperando que yo desapareciera de aquella casa.

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