No eran “manos sensibles”.
Había marcas antiguas y recientes en sus palmas, señales de que algo serio había ocurrido repetidamente.
Solté su muñeca de inmediato.
—Nate… ¿quién te hizo esto?
Su rostro perdió todo color.
Se puso los guantes con tanta rapidez que casi dejó caer uno.
—Nadie.
—No voy a enfadarme contigo.
—Me caí.
—En ambas manos.
Silencio.
Entonces hizo algo que me rompió el corazón.
Miró hacia la puerta.
No para escapar.
Para comprobar si alguien podía escucharlo.
—Tío Ethan —susurró—, si te cuento, papá vendrá a buscarme.
Lila apareció detrás de mí.
Al ver la expresión de Nate, no hizo preguntas.
Simplemente dijo:
—No tienes que volver con nadie ahora mismo.
Nate comenzó a temblar.
—Karen decía que tenía que aprender.
—¿Aprender qué? —pregunté.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—A obedecer.
No necesité más detalles.
Lo llevamos a recibir atención médica y expliqué únicamente lo que habíamos observado.
También mostré las notas que llevaba desde su llegada.
Las vendas escondidas.
Los guantes.
Las horas extrañas en el baño.
La forma en que reaccionaba ante ruidos repentinos.
Esa tarde, una trabajadora especializada habló con Nate sin nosotros en la habitación.
Cuando salió, su expresión era grave.
—Por ahora no debe regresar a aquella casa.
Sentí que finalmente podía respirar.
Pero Nate todavía parecía aterrorizado.
—Mi mochila —dijo.
—Está aquí.
—No. La otra.
Lo miré.
—¿Qué otra mochila?
—La que escondí antes de venir.
Aquella noche me llevó hasta un pequeño cobertizo abandonado cerca de la antigua parada de autobús.
Detrás de unas tablas encontramos una mochila escolar azul.
Dentro había ropa, una fotografía de mi hermana y un teléfono viejo.
—Mamá me enseñó que debía guardar pruebas —murmuró.
Encendí el teléfono.
Había fotografías.
Mensajes.
Grabaciones de voz.
Pero una carpeta llamó inmediatamente mi atención.
Se llamaba:
“POR SI ME MANDAN CON EL TÍO ETHAN”.
Sentí un escalofrío.
—Nate, ¿cuándo creaste esto?
—Hace ocho meses.
Lo miré sorprendido.
Yo apenas había recibido la llamada para acogerlo dos semanas antes.
—¿Cómo sabías que vendrías conmigo?
Nate negó lentamente.
—No lo sabía.
Abrió un archivo de audio.
La voz de Karen llenó el cobertizo.
No escuchamos mucho antes de que Nate detuviera la grabación.
—Hay más —dijo.
Entonces abrió una fotografía.
Mostraba unos documentos sobre la mesa de su padre.
En la parte superior aparecía mi nombre completo.
Debajo, una solicitud relacionada con la custodia de Nate.
Pero estaba fechada nueve meses antes.
—Tu padre estaba preparando enviarte conmigo desde entonces.
Nate tragó saliva.
—Eso no es lo peor.
Amplió la esquina inferior del documento.
Había una anotación escrita a mano:

“Ethan firmará cuando descubra las manos.”
Me quedé inmóvil.
Nate levantó los ojos hacia mí.
—Tío… ellos querían que tú las vieras.