Nathan miró hacia la habitación del fondo.
—¿Oliver está ahí?
—Lo único que pude conservar de él.
Su rostro perdió color.
Lily dejó de sonreír.
—Clara, eso es demasiado dramático. Nathan también perdió a su hijo.
La miré.
—La diferencia es que yo intenté salvarlo.
Nathan cerró los ojos.
—Basta, Lily.
Era la primera vez que lo escuchaba corregirla.
Diez años demasiado tarde.
Entré en la habitación y coloqué la urna de Oliver sobre la mesa.
Junto a ella había una pequeña caja azul.
Nathan se quedó en la puerta.
No se atrevió a entrar.
—¿Qué hay ahí? —preguntó.
—Las cosas que nunca quisiste revisar.
Abrí la caja.
Informes médicos.
Registros hospitalarios.
Declaraciones de enfermeras.
Y una copia del expediente que había solicitado después del divorcio.
Saqué una hoja.
—La noche en que supuestamente practiqué aquel procedimiento a Lily, yo estaba realizando una cirugía de emergencia.
Nathan frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tres médicos y seis enfermeras lo confirmaron.
Lily retrocedió.
—Eso no demuestra nada.
Saqué otro documento.
—También conservé los registros de ingreso.
Lo puse frente a Nathan.
—Lily nunca fue paciente de mi hospital.
Nathan empezó a leer.
Por primera vez vi algo parecido al miedo en sus ojos.
—¿Por qué nunca vi esto?
Solté una risa sin alegría.
—Porque nunca quisiste verlo.
Lily tomó su bolso.
—Esto es ridículo. Ya expliqué que desaparecí porque estaba asustada.
—¿Asustada de qué?
No respondió.
Entonces saqué el último sobre.
—Hace tres meses recibí esto.
Nathan levantó la cabeza.
—¿De quién?
—De la enfermera que trabajaba para tu familia.
Lily quedó inmóvil.
Dentro había una carta y una fotografía.
La fotografía mostraba a Lily entrando en una clínica privada dos días antes de desaparecer.
No estaba sola.
Un hombre caminaba junto a ella.
Nathan tomó la fotografía.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—Lo conozco.
Lily palideció.
—Nathan, vámonos.
Él no se movió.
—Era el abogado de mi padre.
Abrí la carta.
La enfermera afirmaba que la historia sobre mí había sido preparada antes de la desaparición de Lily.
La nota anónima no apareció por casualidad.
Alguien necesitaba un médico al que culpar.
Y yo era perfecta.
Esposa de Nathan.
Obstetra.
Con acceso al hospital.
—¿Por qué? —preguntó Nathan.
Miré a Lily.
Ella ya no parecía dulce.
Parecía atrapada.
—Pregúntale.
Nathan giró hacia ella.
—¿Por qué necesitabas destruir a Clara?
Lily apretó los labios.
Entonces sonó la campanilla de la clínica.
Un hombre anciano entró apoyándose en un bastón.
Lo reconocí inmediatamente.
Nathan también.
Era el doctor Samuel Reed, antiguo director médico del hospital.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
—Doctora Clara —dijo—, perdone que haya tardado tantos años.
Después miró a Nathan.
—Pero si la señorita Lily ha regresado, supongo que finalmente podemos terminar esto.
Lily corrió hacia la puerta.
Nathan la sujetó del brazo.
—¿Terminar qué?
El doctor Reed dejó la carpeta sobre la mesa.
—La investigación que su familia consiguió cerrar hace diez años.
Nathan se quedó blanco.
Reed abrió el expediente.
—Clara nunca realizó aquel aborto.
Hizo una pausa.
—Porque el embarazo que provocó todo este escándalo nunca perteneció a Lily.
Miré al médico.
—Entonces ¿a quién?
Reed sacó una vieja ficha clínica.

—A una mujer que utilizó la identidad de Lily Shaw.
Nathan leyó el nombre verdadero.
Y cuando levantó la vista, ya no estaba mirando a Lily.
Estaba mirando la fotografía de su propio padre.