Cuando desperté, estaba en cuidados intensivos.
Nathan permanecía junto a la ventana.
Al verme abrir los ojos, se acercó inmediatamente.
—Sofía.
Intenté hablar.
—Adrian…
—Sigue en la mansión.
Fruncí el ceño.
Nathan entendió.
—No vine a matarlo. Vine a asegurarme de que responda por lo que hizo.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—Y descubrimos que golpearte no fue su único error.
Marcus había entregado las grabaciones de seguridad.
Tres horas completas.
También declaró quién dio la orden de encerrarme y negar asistencia médica.
Pero había algo más.
—Adrian llamó esta mañana —dijo Nathan—. Cincuenta y ocho veces.
—¿Por qué?
Mi hermano soltó una risa sin humor.
—Porque Grant Corporation acaba de perder acceso a casi todas sus líneas de financiación.
Lo miré sorprendida.
Nathan abrió la carpeta.
Seis años atrás, cuando Adrian intentaba salvar la empresa de su padre, yo había convencido a Sullivan Group para garantizar varios acuerdos.
Nunca aparecí públicamente.
Adrian creyó que aquellos contratos habían llegado por su talento.
—Nuestros avales terminan hoy —explicó Nathan—. Y los bancos están revisando su exposición.
Cerré los ojos.
Adrian había construido su trono sobre una mujer a la que terminó encerrando en un sótano.
—¿Valeria?
Nathan guardó silencio.
Aquello me hizo abrir los ojos nuevamente.
—¿Qué ocurre?
Sacó una fotografía.
—Marcus revisó las cámaras de la escalera.
En la imagen aparecía Valeria segundos antes de su supuesta caída.
Su mano estaba sujetando mi muñeca.
—La grabación demuestra que mentía.
Eso no me sorprendió.
Lo siguiente sí.
—También investigamos el accidente en el que supuestamente salvó la vida de Adrian.
Nathan colocó otro expediente frente a mí.
—Valeria nunca estuvo registrada entre las personas que auxiliaron en aquel accidente.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—Entonces ¿quién lo salvó?
—Eso estamos averiguando.
La puerta se abrió.
Marcus entró.
Tenía el rostro tenso.
—Señora Sullivan, encontramos algo entre las pertenencias de Valeria.
Dejó sobre la mesa una pequeña caja.
Dentro había fotografías antiguas, recortes y una pulsera hospitalaria.
Nathan tomó esta última.
Su expresión cambió.
—Sofía…
La pulsera llevaba una fecha.
La misma noche del accidente de Adrian.
Y un nombre.
El mío.
Los recuerdos llegaron fragmentados.
Una carretera mojada.
Un automóvil destrozado.
Mis manos cubiertas de suciedad.
Un hombre inconsciente al que ayudé antes de que llegaran los servicios de emergencia.
Yo nunca había visto claramente su rostro.
Después descubrí que era Adrian.
Pero jamás se lo conté.
Porque cuando nos conocimos meses después, quise creer que se había enamorado de mí sin deberme nada.
—Valeria sabía —susurré.
Marcus asintió.
—Parece que encontró los registros años después.
Nathan apretó la mandíbula.
Entonces mi teléfono comenzó a sonar.
ADRIAN GRANT.
Nathan quiso rechazar la llamada.
—No.
La acepté.
Durante varios segundos solo escuché su respiración.
—Sofía.
Su voz estaba rota.
—Acabo de ver la grabación del accidente.
No respondí.
—Fuiste tú.
Silencio.
—Tú me salvaste aquella noche.
Miré la pulsera entre los dedos de Nathan.
—Sí.
Adrian empezó a decir mi nombre otra vez.
Colgué.
Pero Marcus no se movió.
—Hay otra cosa.
Sacó un sobre encontrado dentro de la caja de Valeria.
—Esto estaba dirigido al señor Grant.
Nathan lo abrió.
Dentro había un informe de investigación fechado cuatro años atrás.
Adrian ya había solicitado comprobar quién lo había salvado.

Y al final del documento aparecía claramente mi nombre.
Levanté lentamente la mirada.
Si aquel informe era auténtico, Adrian no acababa de descubrir la verdad.
La conocía desde hacía cuatro años.