PARTE 2: La carta que nunca debió abrirse

Mariana esperó a que el jardín quedara en silencio.

Escuchó cómo los últimos invitados se despedían entre risas, cómo Ricardo seguía bebiendo con Fernanda y cómo su suegra repetía que todo había sido culpa de ella.

No salió del baño.

Lavó cuidadosamente el vestido de Sofía, peinó a la niña hasta que volvió a dormirse y la acostó abrazando el oso de peluche que le habían regalado en el jardín de niños.

Solo entonces abrió el viejo baúl de madera que llevaba años sin tocar.

Dentro había fotografías, cartas y un sobre amarillento con una nota escrita por su madre antes de morir.

“Ábrelo únicamente cuando descubras que ya no puedes salvar tu matrimonio.”

Durante doce años Mariana creyó que jamás llegaría ese momento.

Aquella noche comprendió que había llegado demasiado tarde.

Abrió el sobre.

La carta ocupaba apenas dos páginas.

Su madre comenzaba con una frase que le hizo temblar las manos.

“Si estás leyendo esto, significa que elegiste soportar más de lo que yo hubiera querido.”

Mariana siguió leyendo entre lágrimas silenciosas.

Su madre explicaba que, antes de fallecer, había confiado a un viejo amigo de la familia todos los documentos relacionados con la empresa donde había trabajado durante treinta años.

También le dejaba un nombre.

Santiago Del Valle.

Mariana dejó de respirar.

Era el mismo hombre que había observado toda la escena del pastel sin intervenir.

La carta continuaba.

“Si algún día alguien intenta destruirte, busca a Santiago. Él conoce la verdad sobre tu padre y sobre aquello que nos obligó a desaparecer hace tantos años.”

Dentro del sobre había además una llave pequeña y una tarjeta con una dirección en Santa Fe.

Mariana guardó todo en su bolso.

No tomó ropa.

No preparó maletas.

Solo acostó a Sofía en el asiento trasero del automóvil y, antes del amanecer, condujo hacia aquella dirección.

A las ocho de la mañana llegó a un edificio de cristal de treinta pisos.

La recepcionista levantó la vista.

—¿Tiene cita?

Mariana colocó la vieja llave sobre el mostrador.

—Solo necesito ver al señor Santiago Del Valle.

La mujer observó la llave durante dos segundos.

Su expresión cambió por completo.

—Espere un momento, por favor.

Menos de un minuto después, cuatro ejecutivos salieron del elevador privado.

El último era Santiago.

Al verla, inclinó ligeramente la cabeza.

—Sabía que vendría.

Mariana frunció el ceño.

—¿Me estaba esperando?

Él sostuvo la pequeña llave entre los dedos.

—Hace dieciséis años le prometí a su madre que, si algún día usted llegaba con esto, cumpliría la última voluntad de su familia.

Mientras tanto, Ricardo despertaba con resaca.

Su teléfono no dejaba de sonar.

Pensó que eran felicitaciones por la fiesta.

Pero al contestar, escuchó la voz alterada de su director de recursos humanos.

—Ricardo… tenemos un problema muy serio.

—¿Qué pasó?

—El video de anoche se hizo viral.

—¿Y?

—Nuestro principal inversionista acaba de cancelar la reunión de esta mañana.

Ricardo soltó una carcajada.

—¿Solo por eso?

Hubo un largo silencio.

Entonces el director respondió con una frase que le heló la sangre.

—No fue solo la reunión.

Hace veinte minutos… Grupo Del Valle canceló todos los contratos con nosotros.

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