Las sirenas comenzaron a escucharse cada vez más cerca.
Santiago seguía presionando con fuerza una toalla contra la herida de Dafne.
—Resiste, por favor… ya vienen.
Ella apenas podía mantener el ojo derecho abierto.
Pero seguía mirando hacia la ventana.
El anciano continuaba allí.
No golpeaba el vidrio.
No gritaba.
Solo negaba lentamente con la cabeza, como si llevara años esperando ese instante.
Entonces levantó una hoja doblada.
La sostuvo contra el cristal.
Y señaló a Dafne.
Ella no alcanzó a leer el contenido.
La ambulancia llegó segundos después.
Los paramédicos descendieron corriendo.
Uno de ellos apartó con firmeza a Ricardo.
—¡Aléjese de la paciente!
—Fue un accidente —respondió él inmediatamente—. Tropezó con unos materiales de construcción.
Santiago se volvió hacia el paramédico.
—¡Está mintiendo! ¡Le lanzó un ladrillo a la cabeza!
Lorena intervino enseguida.
—Mi hija siempre ha sido muy torpe.
Karla asintió.
—Todos vimos cómo se cayó.
El paramédico no respondió.
Solo observó el ladrillo partido, todavía manchado de sangre.
Después miró la lesión.
Y finalmente preguntó:
—¿Quién movió ese ladrillo después del impacto?
Nadie contestó.
Mientras inmovilizaban a Dafne en la camilla, ella hizo un esfuerzo enorme por levantar la mano.
Señaló la ventana.
—Él…
Su voz apenas era un hilo.
—¿Quién?
Preguntó Santiago.
—El señor…
La cortina se movió.
Pero cuando todos voltearon, la ventana ya estaba vacía.
El anciano había desaparecido.
Dos horas más tarde.
Hospital General de Querétaro.
El médico salió del quirófano todavía con la mascarilla alrededor del cuello.
—La fractura fue grave.
Pero logramos controlar la hemorragia.
Santiago dejó escapar el aire que llevaba horas conteniendo.
—¿Va a estar bien?
—Necesitará recuperación.
Y debemos vigilar su visión.
Todavía es pronto para saber si habrá secuelas permanentes.
Ricardo permanecía sentado al fondo de la sala.
Con los brazos cruzados.
Como si estuviera esperando terminar un trámite cualquiera.
Un agente de policía se acercó.
—Necesitamos tomar declaraciones.
Antes de que Santiago pudiera hablar, apareció un hombre muy mayor apoyado en un bastón.
Era el mismo anciano de la ventana.
Vestía ropa sencilla.
Llevaba un sobre amarillo bajo el brazo.
—Busco a Dafne Mendoza.
Todos lo miraron.
Ricardo se puso de pie de golpe.
Por primera vez desde el ataque, perdió el color.
—¿Qué hace usted aquí?
El anciano lo observó con una mezcla de tristeza y firmeza.
—Llegué veintiséis años tarde.
Pero todavía estoy a tiempo.
Lorena dio un paso adelante.
—Lárguese.
El hombre ignoró la orden.
Se dirigió directamente al policía.
—Mi nombre es Ernesto Salazar.
Necesito entregar unos documentos relacionados con la identidad de esa joven.
El oficial frunció el ceño.
—¿Qué clase de documentos?
El anciano levantó lentamente el sobre.
—Una carta.
Un acta.
Y una declaración jurada firmada hace veintiséis años.
Ricardo dio un paso brusco.
—¡No abra ese sobre!
Los dos policías reaccionaron de inmediato.
Uno de ellos se colocó delante del anciano.
El otro detuvo a Ricardo.
Ernesto respiró profundamente.
—Durante más de dos décadas guardé silencio porque me hicieron creer que era lo correcto.
Miró hacia la puerta del quirófano.
—Pero después de ver cómo intentaban matar a esa muchacha…
Ya no pienso seguir callando.
El silencio cayó sobre toda la sala de espera.
El anciano pasó lentamente un dedo sobre el borde del sobre amarillento.
—Porque la verdad es muy sencilla.

Levantó la vista hacia los presentes.
—Ricardo y Lorena nunca tuvieron miedo de perder el dinero de Dafne.
Lo que realmente temían…
Era que ella descubriera quién era en realidad.
Y aquella carta, escondida durante veintiséis años, estaba a punto de demostrar que toda la familia Mendoza había construido su vida sobre una mentira que ya no podía seguir enterrada.