La puerta de los Ashby se abrió antes de que pudiera tocar por segunda vez.
Conrad apareció con una copa en la mano y una sonrisa preparada. La sonrisa desapareció al ver a los cuatro niños detrás de mí.
Oliver sujetaba mi mano. Nora llevaba una bolsa con galletas que habíamos horneado aquella mañana. Miles y June se escondieron un poco detrás de mi abrigo.
—Cecily —dijo Conrad—. ¿Quiénes son?
—Mis hijos.
Su prometida se acercó desde el comedor. Miró a los niños, luego a Conrad. No dijo nada.
Yo había hablado con ellos antes del viaje. Sabían que iban a conocer a la familia de su padre y que podían decidir cuánto tiempo querían quedarse. Ninguno le debía un abrazo a un desconocido.
—Tienen ocho años —dijo Conrad.
Asentí.
Su copa descendió lentamente.
Desde el fondo de la casa, su madre apareció apoyándose en el marco de una puerta. Margaret Ashby observó los cuatro rostros y se llevó una mano al pecho.
—Son ellos —susurró.
Conrad se volvió hacia ella.
—¿Tú lo sabías?
Margaret no respondió. Cruzó el salón hasta un escritorio antiguo, sacó una llave del bolsillo y abrió el cajón inferior. Dentro había un sobre gastado, con mi letra en el frente.
Lo reconocí al instante.
—Te lo envié cuando nacieron —dije.
Había incluido cuatro fotografías y mi dirección. Después de cómo Conrad había recibido la noticia del embarazo, no sabía si querría conocerlos. Pero quería que tuviera la oportunidad de decidirlo.
Margaret le entregó el sobre. Conrad leyó su nombre y levantó la vista.
—Nunca lo recibí.
—Lo sé —dijo ella.
El silencio que siguió fue tan absoluto que oí a Nora arrugar la bolsa de galletas entre las manos.
Margaret se sentó.
—Cuando llegó, tú acababas de decirme que Cecily había inventado el embarazo para retenerte. Abrí la carta. Vi las fotografías. Me dije que hablaría contigo cuando dejaras de estar tan enfadado.
—¿Y cuándo fue eso? —preguntó Conrad.
Su madre miró a los niños.
—Esperé demasiado. Después, cada año que pasaba hacía más difícil confesar lo que había hecho.
Sentí subir una rabia antigua, pesada. Durante meses había esperado una respuesta. Cuando no llegó, decidí que aquella era la respuesta de Conrad. Crié a mis hijos sin volver a escribirle.
Él abrió el sobre. Sacó las fotografías de cuatro recién nacidos diminutos y leyó mi carta hasta el final.
—Pensé que habías elegido no conocerlos —le dije.
Conrad alzó la mirada.
—Y yo pensé… —Se detuvo. Miró a su madre y volvió a mirar a los niños—. No sabía que habían nacido.
—Sí sabías que estaba embarazada. Fuiste tú quien decidió no creerme.
No intentó discutirlo. Fue lo primero que hizo aquella noche que me sorprendió.
Su prometida se acercó a él con cuidado.
—Voy a darles espacio —dijo, y se retiró al comedor.
June tiró de mi manga.
—Mamá, ¿podemos irnos si queremos?
—En cualquier momento.
Conrad oyó la pregunta. Se agachó para quedar a la altura de los niños, pero mantuvo la distancia.
—Me llamo Conrad —dijo—. Siento que esta noche sea tan extraña.
Oliver lo estudió con la seriedad que ponía al examinar cualquier cosa nueva.
—¿Te gustan las galletas de canela?
Conrad miró la bolsa que Nora sostenía contra el pecho.
—Sí.
—Las hicimos nosotros —dijo ella. Luego añadió—: Puedes probar una.
No era perdón. Era una galleta. Conrad pareció entender la diferencia.
Nos quedamos menos de una hora. Antes de salir, él me pidió si podía llamar después de Navidad.
—Puedes llamar —respondí—. Hablar con ellos dependerá de lo que quieran ellos.
En el coche, los cuatro comenzaron a contar qué les había parecido la casa, el árbol y el perro que había dormido junto a la chimenea. Yo escuché sus voces mientras encendía el motor.
Ocho años atrás, una puerta se había cerrado detrás de Conrad.
Aquella Navidad abrí otra, pero esta vez mis hijos y yo decidiríamos a quién dejar entrar.