PARTE 2: LA BROMA QUE LES COSTÓ TODO

Llamé al profesor Ramírez con las manos todavía temblando.

Contestó inmediatamente.

—Isabel, primero quiero que entiendas algo. La entrevista no terminó porque tú fallaras.

Cerré los ojos.

—Profesor, mi computadora se dañó. Perdí la conexión y…

—Lo vi.

Guardé silencio.

—Y también lo escuché —continuó—. La sesión quedó registrada hasta que se perdió la conexión. Vi cómo pediste que se detuvieran. Vi que intentaste continuar.

Sentí que las lágrimas regresaban.

—¿Entonces todavía tengo oportunidad?

Ramírez hizo una pausa.

—Harvard no evalúa candidatos por la crueldad de las personas que los rodean. Ya expliqué lo sucedido al comité. Te ofrecerán otra entrevista.

Me tapé la boca.

Aquella noche lloré otra vez.

Pero esta vez fue de alivio.


Gabriel seguía convencido de que terminaríamos reconciliándonos.

Dos días después apareció con flores.

—Ya se te pasó, ¿verdad?

No lo dejé entrar.

—No.

Su sonrisa desapareció.

—Isabel, fue un pastel.

—No terminé contigo por un pastel.

Lo miré fijamente.

—Terminé contigo porque viste el sueño más importante de mi vida y decidiste que podía convertirse en entretenimiento para Camila.

Gabriel bajó las flores.

—Estás destruyendo años de relación por una tontería.

—No. Estoy evitando destruir más años.

Cerré la puerta.

Por primera vez, él se quedó afuera.


Mi segunda entrevista fue una semana después.

La hice desde el despacho del profesor Ramírez.

Sin Gabriel.

Sin Camila.

Sin nadie interrumpiendo.

Cuando terminó, Ramírez sonrió.

—Ahora sí.

—¿Ahora sí qué?

—Ahora sí conocieron a Isabel.

Tres semanas después llegó el correo.

Me quedé mirando la pantalla durante casi un minuto antes de atreverme a abrirlo.

Había sido admitida.

No grité.

No salté.

Simplemente saqué del cajón una fotografía de mi madre.

La abracé contra el pecho.

—Lo conseguimos, mamá.

Entonces lloré.


Gabriel se enteró por Camila.

Esa misma noche apareció frente a mi apartamento.

—¿Te aceptaron?

—Sí.

Por primera vez pareció orgulloso.

—Sabía que lo lograrías.

Casi me reí.

—No. Tú dijiste que Harvard “tampoco era para tanto”.

Su expresión se endureció.

—Estaba enojado.

—No estabas enojado cuando me tiraste el pastel. Estabas riéndote.

Gabriel intentó acercarse.

Retrocedí.

—No me toques.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

Camila apareció detrás de él.

—¿En serio vas a marcharte creyéndote mejor que nosotros?

La miré.

—No necesito ser mejor que ustedes.

Tomé mi maleta.

—Solo necesito dejar de permitirles tratarme peor.

Camila soltó una carcajada.

—¿Y quién va a soportarte en Harvard? Siempre has sido aburrida.

Gabriel se volvió hacia ella.

—Cállate, Camila.

Ella quedó paralizada.

—¿Qué?

—Dije que te calles.

Por primera vez, el hombre que durante años la había elegido por encima de mí estaba enfrentándola.

Pero ya era demasiado tarde.

Camila lo entendió también.

—¿Ahora vas a culparme? —preguntó—. ¡Tú fuiste quien agarró el pastel!

Gabriel palideció.

—Tú dijiste que sería divertido.

—¡Y tú lo hiciste!

Se miraron.

Entonces comprendí algo casi cómico.

Mientras estuvieron unidos contra mí, parecían inseparables.

En cuanto dejé de aceptar el papel de víctima, comenzaron a culparse entre ellos.

No necesitaba vengarme.

Solo necesitaba apartarme.


Meses después, llegué a Cambridge.

La primera mañana caminé por el campus con el corazón golpeándome el pecho.

Llevaba conmigo la fotografía de mamá.

Me senté sola unos minutos y la observé.

Había imaginado aquel momento cientos de veces.

Pero faltaba algo.

No sentía la satisfacción de demostrarle nada a Gabriel.

Ni a Camila.

Sentía paz.

Mi teléfono vibró.

Era un número desconocido.

“Isabel, soy Gabriel. Camila y yo ya no hablamos. He pensado mucho. Sé que cometí un error. ¿Podemos empezar de nuevo?”

Lo leí dos veces.

Después lo eliminé.

No respondí.

Porque Gabriel seguía sin entenderlo.

No había perdido mi amor cuando me estampó aquel pastel.

Lo perdió cuando me vio en el suelo, cubierta de crema, llorando frente a tres años de trabajo destruido…

y decidió que su diversión importaba más que mi dolor.

Guardé el teléfono.

Luego entré al edificio.

Mi primera clase comenzaba en diez minutos.

Y mientras atravesaba aquella puerta, finalmente entendí algo:

La promesa que había hecho a mi madre nunca consistió únicamente en llegar a Harvard.

Consistía en convertirme en una mujer capaz de no abandonar su futuro por personas que disfrutaban destruyéndolo.

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