Aquella noche apenas dormí.
Theodore descansaba en la pequeña cuna junto a mi cama.
Yo permanecía sentada frente al ordenador portátil, leyendo una y otra vez la información sobre aquel medicamento.
No era un tratamiento para pacientes en coma.
Era un potente relajante neuromuscular.
Mal administrado podía impedir que una persona moviera un solo músculo mientras seguía completamente consciente.
Sentí un escalofrío.
Volví a mirar la cámara del pasillo.
Christopher aún no había regresado.
Esperé hasta las dos de la madrugada.
Entonces entré nuevamente en la habitación de Raymond.
Cerré la puerta con cuidado.
Él abrió los ojos casi de inmediato.
Estaba esperándome.
Me acerqué a su oído.
—Encontré información sobre la medicación.
Parpadeó una vez.
Sí.
—¿El doctor Wallace sabe exactamente lo que está haciendo?
Otro parpadeo.
—¿Lo hace por orden de Christopher?
Raymond tardó unos segundos.
Después volvió a parpadear.
Sí.
Sentí un nudo en el estómago.
No era un accidente.
No era un error médico.
Era algo mucho peor.
Respiré hondo.
—Necesito saber por qué.
Raymond hizo un enorme esfuerzo.
Sus labios apenas lograron moverse.
—Caja…
Fruncí el ceño.
—¿Qué caja?
—Es… cri… torio…
No consiguió decir más.
En ese momento escuché pasos en el pasillo.
Raymond giró inmediatamente la mirada hacia la puerta.
Alguien venía.
Volví a acomodar la manta como si solo estuviera revisando sus constantes.
Christopher entró acompañado del doctor Wallace.
—¿Todo tranquilo? —preguntó.
Asentí.
—Sí, señor.
Wallace comprobó el monitor.
Ni siquiera saludó a Raymond.
Sacó otra vez la misma caja blanca sin etiquetas.
Preparó una nueva inyección.
Mientras lo hacía, vi algo que no había notado el día anterior.
El frasco llevaba una pequeña marca azul hecha con rotulador.
La memoricé.
Cuando terminó, volvió a guardar todo en el maletín.
No dejó ningún registro junto al resto de los medicamentos.
Christopher sonrió satisfecho.
—Cada día está más débil.
Wallace respondió con absoluta frialdad.
—No resistirá mucho más.
Los dos salieron de la habitación.
Esperé varios minutos antes de volver junto a Raymond.
Su respiración ya era mucho más lenta.
Apreté suavemente su mano.
—Resiste.
No voy a dejar que vuelvan a hacerte esto.
A la mañana siguiente aproveché que Christopher había salido para asistir a una reunión.
El despacho de Raymond permanecía cerrado desde hacía semanas.
Pero la llave seguía en el mismo cajón donde él me había pedido buscar documentos meses atrás.
Entré.
Todo estaba cubierto por una fina capa de polvo.
Fotografías.
Libros.
Reconocimientos empresariales.
Y un enorme escritorio de nogal.
Recordé la única palabra que Raymond había conseguido pronunciar.
Caja.
Abrí todos los cajones.
Nada.
Revisé las estanterías.
Nada.
Estaba a punto de rendirme cuando Theodore dejó caer su juguete al suelo.
Al recogerlo vi una pequeña cerradura escondida bajo el escritorio.
Introduje la llave que aún llevaba en la mano.
Se escuchó un clic.
Un compartimento secreto se abrió lentamente.
Dentro había una caja metálica negra.
La abrí.
No encontré dinero.
Ni joyas.
Solo documentos.
Muchísimos documentos.
Contratos.
Estados financieros.
Y una memoria USB.
Encima de todo había un sobre.
Llevaba mi nombre.
NORA.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Abrí la carta.
La primera línea hizo que dejara de respirar.
“Si estás leyendo esto, significa que Christopher ha comenzado antes de lo que imaginaba.”
Continué leyendo.
“Confío en muy pocas personas. Tú eres una de ellas. Porque durante tres años cuidaste de mí cuando no obtenías ningún beneficio a cambio.”
Las manos empezaron a temblarme.
Entonces llegué al último párrafo.
“La verdadera heredera de todo lo que construí no aparece en ninguno de mis testamentos públicos. Su identidad está dentro de la memoria USB.”
Fruncí el ceño.
No entendía nada.
¿Quién podía ser esa heredera?
En ese instante escuché la voz de Christopher detrás de mí.
—Interesante…
La sangre se me heló.
Me giré lentamente.
Él estaba apoyado en el marco de la puerta.
Sonriendo.
Y no venía solo.
Dos hombres de seguridad bloqueaban la única salida del despacho.

Christopher miró la carta que aún sostenía entre mis manos.
Luego levantó tranquilamente una pistola con silenciador.
—Ahora ya sabes demasiado.