Me obligué a regresar a la suite sin hacer ruido.
Cada paso parecía más difícil que el anterior.
Las pastillas.
La sopa.
No era mareo.
Me estaban drogando.
Cerré la puerta del baño y abrí el grifo de la ducha para cubrir cualquier sonido.
Después saqué mi teléfono.
Tenía que elegir cuidadosamente a quién llamar.
Lucas conocía a mis amigas.
Conocía a mis abogados.
Conocía incluso al jefe de seguridad de mi padre.
Pero había una persona cuya existencia jamás le había mencionado.
Mi tía Evelyn.
Hermana mayor de mi padre.
Y antigua fiscal federal.
Marqué su número.
Respondió inmediatamente.
—¿Claire?
—Tía, no hagas preguntas. Graba esta llamada.
Su tono cambió.
—Habla.
Le conté todo.
Lucas.
Las drogas.
El plan para arrojarme al océano.
Los trescientos millones.
Y la amenaza contra mis padres.
Evelyn permaneció en silencio durante varios segundos.
—¿Dónde estás exactamente?
Le envié la posición del yate.
—Escúchame con atención —dijo—. No comas ni bebas absolutamente nada más. No enfrentes a nadie. Y, sobre todo, actúa como si no supieras nada.
—Quieren hacerlo esta noche.
—Entonces esta noche tendrán que creer que su plan está funcionando.
Antes de colgar añadió:
—Y Claire, ese poder que mencionaron… ¿recuerdas haberlo firmado?
Pensé en las semanas anteriores a la boda.
Lucas había colocado decenas de documentos frente a mí.
Seguros.
Autorizaciones.
Papeles relacionados con el fideicomiso.
—Puede que sí.
—Entonces necesito hablar con tu padre inmediatamente.
Colgué.
Veinte minutos después, Lucas entró.
Traía una taza.
—Cariño, estás fatal.
Sonreí débilmente.
—Creo que necesito dormir.
—Precisamente.
Me entregó la bebida.
—Tómate esto.
La acerqué a mis labios.
Esperé a que mirara hacia otro lado.
Después la derramé discretamente sobre una toalla.
A las once y media fingía estar casi inconsciente.
Lucas me ayudó a caminar.
—Un poco de aire fresco te sentará bien.
Sentí náuseas al escuchar exactamente las palabras que había anunciado horas antes.
En la cubierta de popa esperaba Gertrude.
Roderick estaba cerca de la puerta.
Ninguno fingía ya demasiado.
Lucas me llevó hasta la barandilla.
El océano estaba negro.
La tormenta había comenzado.
—Lo siento —susurró.
Lo miré.
—¿Por qué?
Su expresión cambió.
Durante un segundo pensé que sentía culpa.
Entonces respondió:
—Porque habría sido mucho más sencillo si nunca hubieras despertado.
Sus manos se colocaron sobre mis hombros.
Gertrude susurró:
—Hazlo.
Lucas empujó.
Pero yo estaba preparada.
Me agarré a la barandilla y grité.
De repente, todas las luces exteriores del yate se encendieron.
Lucas se quedó inmóvil.
Una voz salió de los altavoces.
—Señor Lucas Mercer, aléjese de su esposa.
Roderick palideció.
—¿Qué demonios…?
Tres miembros de la tripulación aparecieron desde ambos lados de la cubierta.
Detrás de ellos venía el capitán.
Lucas me miró.
—¿Qué has hecho?
—Una llamada.
El capitán levantó su teléfono.
—Todo ha quedado registrado.
Lucas retrocedió.
—Este barco pertenece a mi esposa.
—No —respondí—. Pertenece a mi padre.
A lo lejos aparecieron luces sobre el agua.
Gertrude comenzó a llorar.
—Lucas, dijiste que la tripulación estaría dentro.
—¡Deberían estarlo!
—Lo estaban —dije—. Hasta que recibieron instrucciones diferentes.
Minutos después, las autoridades marítimas interceptaron el yate.
Pero aquello no era todavía lo que más aterrorizaba a Lucas.
Cuando estuvimos seguros, Evelyn volvió a llamarme.
—Tus padres están protegidos.
Cerré los ojos.
Por primera vez pude respirar.
—¿Y el poder?
Hubo una pausa.
—Es falso.
Miré a Lucas.
—¿Falso?
—Tu firma fue copiada.
—Entonces no pueden tocar el fideicomiso.
—Hay algo más.
Su tono me inquietó.
—Tu padre revisó las cuentas después de mi llamada.
—¿Qué encontró?
—Alguien lleva dieciocho meses retirando dinero de sociedades vinculadas a tu herencia.
Sentí frío.
—¿Cuánto?
—Cuarenta y siete millones de dólares.
Miré directamente a Lucas.
Él dejó de forcejear con uno de los agentes.
Había escuchado.
—¿A sus cuentas suizas?
—No.
Eso me sorprendió.
—¿Entonces dónde?
—Las transferencias terminaron en un fideicomiso privado creado hace veintiséis años.
—¿A nombre de quién?
Evelyn tardó demasiado en responder.
—De tu madre.
Me quedé inmóvil.
—Eso no tiene sentido.
Mi madre jamás habría ayudado a Lucas.
—Lo sé —dijo Evelyn—. Por eso revisamos los documentos originales.
Roderick comenzó a gritar desde el otro lado de la cubierta.
—¡No sabéis con quién estáis jugando!
Lucas se volvió hacia él.
—¡Cállate!
Aquella reacción me llamó la atención.
—Tía, ¿qué hay en esos documentos?
—Una cláusula que tu padre nunca te enseñó.
—¿Qué cláusula?
—Si tú mueres antes de cumplir treinta y cinco años, Lucas no hereda los trescientos millones.
Miré lentamente a mi marido.
Entonces todo dejó de tener sentido.
—Pero él cree que sí.
—Eso parece.
—¿Quién los recibe?
Evelyn respiró profundamente.
—El beneficiario alternativo.
—¿Quién?
Antes de que respondiera, Roderick soltó una carcajada desde el suelo.
—Díselo.
Lucas perdió completamente el control.
—¡Papá, cállate!
Roderick lo ignoró.
—Dile por qué necesitábamos que desapareciera antes de su cumpleaños.
Me acerqué.
—¿Qué ocurre cuando cumpla treinta y cinco?
Roderick sonrió.
—Pregúntale a tu padre quién puso realmente esos trescientos millones en el fideicomiso.
Mi teléfono vibró.
Había llegado un documento de Evelyn.
Abrí la primera página.
Mi nombre aparecía como beneficiaria principal.
Debajo figuraba el beneficiario alternativo.
GERTRUDE MERCER.
Mi suegra.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Cómo puede estar Gertrude en un fideicomiso creado años antes de que yo conociera a Lucas?
Evelyn respondió con una frase que hizo desaparecer la sonrisa del rostro de mi suegra.
—Porque, Claire, tu matrimonio con Lucas nunca fue el principio de este plan.
Hizo una pausa.
—Empezó el día que naciste.
