Héctor descendió un escalón del estrado.
—He dicho que está bajo mi cadena de mando.
Valdés giró por fin la cabeza.
—Negativo, mi general.
Dos palabras.
Eso fue suficiente para borrar las últimas sonrisas del auditorio.
Héctor entrecerró los ojos.
—Explíquese.
—No tengo autorización para hacerlo.
Vi cómo la humillación le subía por el cuello.
Un coronel acababa de decirle a un teniente general que no tenía permiso para conocer la respuesta.
Abrí la carpeta escarlata.
En la primera página había una orden de activación.
OPERACIÓN HALCÓN.
FASE FINAL AUTORIZADA.
Debajo aparecía una lista de códigos.
Reconocí cuatro.
El quinto hizo que levantara la mirada hacia Héctor.
Valdés lo notó.
—Lo sé —murmuró.
Cerré inmediatamente la carpeta.
—¿Desde cuándo?
—Hace cuarenta y siete minutos.
Héctor abandonó el atril.
—Se acabó esta farsa.
Bajó hacia nosotros acompañado por el comandante Lara.
—Victoria, entrégame esa documentación.
No me moví.
—No puedo hacerlo.
Su rostro se endureció.
—Eso es una orden.
—No para mí.
El silencio fue absoluto.
Héctor se detuvo a pocos pasos.
—¿Perdón?
Valdés colocó una mano sobre la carpeta.
—General, le recomiendo que no vuelva a solicitar acceso.
—Coronel, está hablando con un oficial superior.
—Sí, señor.
—Entonces obedézcame.
—No puedo.
Héctor miró alrededor.
Doscientos oficiales estaban presenciando cómo su autoridad chocaba contra una puerta que sus tres estrellas no podían abrir.
—¿Quién está al mando de esta supuesta operación?
Valdés me miró.
Yo no dije nada.
No hacía falta.
La expresión de Héctor cambió.
—No.
El comandante Lara soltó una pequeña risa nerviosa.
—Con todo respeto, esto es absurdo. Ella tramita combustible.
Lo miré.
—Entre otras cosas.
—¿Qué rango tienes realmente? —exigió Héctor.
—El rango no es la cuestión.
—¡Soy tu superior!
—En esta sala, quizá.
Aquello lo hizo callar.
Tomé la carpeta y me dirigí hacia la salida.
Valdés caminó conmigo.
Entonces Héctor gritó:
—¡Victoria!
Me detuve.
—Si cruzas esa puerta, consideraré que has abandonado tu puesto.
Giré lentamente.
—Mi puesto fue activado hace cuarenta y siete minutos.
—¿Por quién?
Antes de que pudiera responder, el teléfono seguro de Valdés vibró.
Leyó el mensaje.
Su expresión se endureció.
—Tenemos que movernos.
—¿Qué ha pasado?
Se acercó a mi oído.
—El paquete desapareció.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuándo?
—Hace doce minutos.
Miré nuevamente hacia Héctor.
El código que había visto en la carpeta ya no parecía una coincidencia.
Salimos.
En la pista esperaba un vehículo sin distintivos.
Dentro había dos analistas.
Uno me entregó una tableta.
—La extracción en Gibraltar fue comprometida.
—¿Bajas?
—Ninguna confirmada.
—¿El objetivo?
—Desaparecido.
Pasé las imágenes.
La Operación Halcón llevaba catorce meses siguiendo una red que desviaba material militar clasificado mediante contratos logísticos aparentemente legítimos.
Mi cobertura administrativa me había permitido rastrear cada autorización sin alertar a nadie.
Hasta aquella mañana.
—¿Quién conocía la fase final?
—Siete personas.
—Quiero los nombres.
El analista deslizó la pantalla.
Valdés.
Yo.
Tres oficiales del Mando Conjunto.
Un enlace de inteligencia.
Y un código interno:
V-3.
Sentí que se me tensaba la mandíbula.
—¿Identificación?
—Todavía no.
Valdés me miró.
Los dos sabíamos lo que podía significar.
Vega.
Tres estrellas.
—No saquemos conclusiones —dije.
—De acuerdo.
—Necesito pruebas.
El vehículo comenzó a moverse.
Entonces recibí una llamada.
Mi madre.
No hablaba con ella desde hacía tres semanas.
Contesté.
—Mamá.
Su respiración sonaba entrecortada.
—Victoria, ¿estás con Héctor?
—No.
—Gracias a Dios.
Me incorporé.
—¿Qué ocurre?
—Ha venido Bruno.
Mi hermanastro.
—¿A casa?
—Está buscando algo.
—¿Qué?
Escuché un golpe al otro lado.
Después la voz de Bruno, lejana.
—¿Con quién hablas?
Mi madre susurró:
—No confíes en Héctor.
La llamada se cortó.
—Da la vuelta —ordené.
Valdés negó.
—Tenemos una operación activa.
—Mi madre está en peligro.
—Mandaré seguridad.
—Hazlo.
No iba a comprometer la misión.
Pero tampoco iba a ignorar aquella llamada.
Veinte minutos después recibimos confirmación.
Mi madre estaba a salvo.
Bruno había desaparecido.
Pero había dejado algo.
Una memoria cifrada.
La llevaron directamente al centro de operaciones.
Tardamos cuarenta minutos en abrirla.
Cuando apareció el primer archivo, Valdés dejó de respirar por un instante.
Eran transferencias.
Contratos de transporte.
Órdenes firmadas.
Algunas llevaban el nombre de Héctor Vega.
—Esto podría acabar con él —murmuró uno de los analistas.
Negué.
—Todavía no.
Había aprendido hacía mucho tiempo que una firma podía copiarse.
Necesitábamos saber quién había creado los documentos.
Abrimos el siguiente directorio.
FOTOGRAFÍAS.
Bruno aparecía reuniéndose con intermediarios que llevábamos meses investigando.
Después encontramos una grabación.
La fecha era de cuatro noches antes.
El Casino Militar.
La misma recepción donde Héctor me había ordenado servir whisky.
Pulsé reproducir.
La imagen provenía de una cámara escondida.
Héctor entró en una habitación privada.
Bruno estaba esperándolo.
—La fase final empieza el viernes —dijo Bruno.
Mi padrastro cerró la puerta.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Victoria estará en el auditorio.
Sentí que se me helaba la sangre.
Héctor permaneció en silencio.
Bruno continuó:
—Si ella sale de la sala con Valdés, significa que Halcón está activo.
Valdés me miró.
La humillación pública.
El discurso.
Mi posición exacta en la última fila.
Todo había servido para mantenerme visible.
Para confirmar cuándo vendrían a buscarme.
Pero entonces Héctor respondió algo que ninguno esperábamos.
—No vuelvas a utilizar a mi hija para esto.
Bruno rio.
—¿Tu hija?
Héctor lo agarró por el uniforme.
—No sabes quién es Victoria.
—Sé exactamente quién es.
Bruno se liberó.
Después dejó una fotografía sobre la mesa.
La imagen mostraba a mi madre treinta y dos años atrás.
Estaba embarazada.
Junto a ella había un hombre con uniforme de operaciones especiales.
No era Héctor.
Valdés amplió la fotografía.
El rostro del hombre hizo que se quedara completamente inmóvil.
—Victoria…
—¿Quién es?
No respondió.
—Santiago.
Finalmente me miró.
Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo en sus ojos.
—Ese hombre fue el primer comandante de la unidad que ahora diriges.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Cómo se llamaba?
Valdés cerró los ojos.
—Gabriel Serrano.
Conocía ese nombre.
Todo operador de nuestra división lo conocía.
Serrano había muerto treinta y un años atrás durante la operación que provocó la creación oficial de nuestra unidad clandestina.
Pero había algo peor.
Abrí el último archivo de la memoria.
Era una orden de misión emitida aquella misma mañana.
OBJETIVO PRIORITARIO: VICTORIA VEGA.
AUTORIZACIÓN DE CAPTURA: V-3.
Debajo aparecía la identidad completa del responsable.
No era Héctor.
V-3 significaba Vega Tres.
Bruno Vega.
Y en la última línea había una anotación:
“En caso de resistencia, contactar con Gabriel Serrano.”
Me quedé mirando el nombre.
—Serrano murió hace treinta y un años.
Valdés palideció.
Entonces el teléfono seguro empezó a sonar.
Número clasificado.
Contesté.
Nadie habló durante tres segundos.
Después una voz masculina dijo:
—Victoria, no permitas que Héctor te cuente quién era tu padre.
Se me heló la sangre.
—¿Quién habla?
El hombre soltó una respiración lenta.
—Tu padre.
