PARTE 2: LA AMENAZA TENÍA PRECIO

Laura guardó el teléfono y miró directamente a Kyle.

—Repítelo.

Él apretó la mandíbula.

—No tengo nada que repetir.

—Qué pena —respondió ella—. Porque ya está grabado.

Nora se puso de pie de golpe.

—Laura, no exageres. Kyle estaba enfadado.

Mi madre soltó una risa fría.

—¿Enfadado? Ese hombre acaba de amenazar a mi hijo delante de toda la familia.

Yo seguía mirando a Kyle.

—Todavía no has explicado qué quisiste decir con “dejarme sin descendencia”.

Por primera vez, su arrogancia vaciló.

—Era una forma de hablar.

Laura negó lentamente.

—No. Fue demasiado específica.

Entonces Noah tiró suavemente de mi abrigo.

—Papá, ¿qué significa descendencia?

Me agaché.

—Nada que debas escuchar, campeón.

Le entregué a mi madre su dibujo y le pedí a una prima que lo llevara a otra habitación.

Cuando el niño desapareció, mi expresión cambió.

—Ahora sí. Habla.

Kyle se secó una mancha de salsa del rostro.

—Si quieres saberlo, pregúntale a tu hermana.

Todos miraron a Nora.

Ella palideció.

—¿Qué?

Kyle sonrió.

—Vamos. Diles por qué necesitamos setecientos mil.

—Cállate.

—¿Ahora quieres que me calle?

Nora empezó a temblar.

Me acerqué.

—Nora.

Ella no levantó la vista.

—¿Qué está pasando?

Finalmente comenzó a llorar.

—Kyle debe dinero.

La habitación quedó en silencio.

—¿Cuánto?

—Casi cinco millones.

Mi madre casi perdió el equilibrio.

—¿Cinco millones de yuanes?

Nora asintió.

Kyle explotó.

—¡Fue una inversión!

—Fue juego y especulación —soltó Nora—. Perdió dinero apostando en plataformas privadas y después pidió préstamos.

Kyle la agarró del brazo.

Yo llegué antes de que pudiera apretar más.

Le aparté la mano.

—No vuelvas a tocarla.

—Ella es mi esposa.

—Y sigue siendo mi hermana.

Kyle me miró con odio.

—Entonces paga.

Ahora lo entendía.

Ochenta mil ya no bastaban porque Kyle no quería vivir bien.

Necesitaba tapar un agujero.

—¿Setecientos mil al mes para pagar tus deudas?

—Solo hasta que me recupere.

Solté una risa.

—No recibirás ni un yuan.

Nora levantó la cabeza de golpe.

—Hermano…

La miré.

—Tú tampoco.

Aquello la golpeó más que una bofetada.

—¿Qué?

—Se acabaron los ochenta mil mensuales.

Mi madre cerró los ojos.

Sabía que aquella decisión me dolía.

Pero era necesaria.

—El apartamento seguirá siendo tuyo mientras mi sobrino viva allí. La matrícula del niño la pagaré directamente al colegio.

Hice una pausa.

—Pero no volveré a financiar a Kyle.

Él golpeó la mesa.

—Te arrepentirás.

Laura levantó el teléfono.

—Otra amenaza.

Kyle se calló.

Yo iba a responder cuando mi esposa recibió una notificación.

Leyó la pantalla.

Y su rostro cambió.

—Ethan.

—¿Qué pasa?

Me mostró el teléfono.

Era una alerta de seguridad enviada desde nuestra casa.

Una cámara exterior había detectado movimiento.

Abrí la grabación.

Un hombre con gorra estaba junto a nuestro automóvil.

Se agachó cerca de una rueda.

Después caminó hacia la puerta.

Miró directamente a la cámara.

No reconocí su rostro.

Kyle sí.

Lo supe porque dejó de respirar.

—¿Quién es? —pregunté.

—Nadie.

Nora lo miró aterrada.

—Kyle…

—¡Cállate!

Laura amplió la imagen.

El hombre sacó el teléfono y mostró algo a la cámara.

Una fotografía.

Era Noah.

Mi hijo.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

Entonces apareció un mensaje en mi teléfono desde un número desconocido:

“Cinco millones antes de mañana o empezamos por el niño.”

Toda la habitación quedó helada.

Miré a Kyle.

—¿A quién le debes dinero?

Él bajó la cabeza.

Ya no parecía arrogante.

Parecía aterrorizado.

—No son personas normales.

—Eso ya lo veo.

Llamé inmediatamente a seguridad y después a la policía.

Kyle intentó detenerme.

—¡No! Si involucras a la policía será peor.

Lo agarré por el cuello del traje y lo acerqué.

—Amenazaron a mi hijo.

Mi voz salió baja.

—Desde este momento, tú ya no decides nada.

Dos horas después, los investigadores revisaban nuestros teléfonos, las cámaras y las cuentas de Kyle.

Entonces apareció algo que cambió completamente la historia.

Laura dejó una carpeta frente a mí.

—Los cinco millones no son la deuda real.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces?

—Kyle recibió más de ocho millones durante los últimos tres años.

—¿De quién?

Laura giró la hoja.

Había docenas de transferencias.

Todas procedían de una empresa llamada Golden Crest Holdings.

Nora se quedó inmóvil.

—Yo conozco ese nombre.

La miré.

—¿De dónde?

Sus labios empezaron a temblar.

—Kyle me pidió firmar unos documentos hace dos años. Dijo que eran para inversiones familiares.

Laura revisó las copias.

Su expresión se endureció.

—Nora, esto no son inversiones.

—¿Qué son?

Mi esposa levantó la mirada.

—Son transferencias de participación.

Sentí un escalofrío.

—¿Participación en qué?

Laura dejó el último documento frente a mí.

En la parte superior aparecía el nombre de mi empresa.

Shen Industrial Group.

Y debajo, una firma.

La de Nora.

Mi hermana había firmado documentos que intentaban transferir indirectamente parte de mis acciones a una empresa desconocida.

Pero lo peor estaba al final.

Golden Crest Holdings tenía un beneficiario oculto.

Laura acababa de conseguir el nombre.

Lo leyó en voz alta.

Mi madre dejó caer la copa.

Nora comenzó a llorar.

Yo me quedé completamente inmóvil.

Porque el beneficiario no era Kyle.

Era alguien de nuestra propia familia.

Mi tío mayor.

El mismo hombre que llevaba toda la noche sentado a la mesa, elogiando cuánto dinero ganaba yo.

Giré lentamente hacia su asiento.

Estaba vacío.

Había desaparecido.

Y entonces entendí la amenaza de Kyle.

Nunca había sido solo por dinero.

Alguien llevaba años intentando apoderarse de mi empresa.

Y mi hermana había sido la puerta de entrada.

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