A las siete cincuenta y cinco de la mañana, entré en la sala de evaluación con tres horas de sueño, dos cafés en el cuerpo y una cantidad peligrosa de orgullo herido.
Mi equipo estaba detrás de mí.
Todos parecían fantasmas.
Mateo Garza entró exactamente a las ocho.
Ni un minuto antes.
Ni un minuto después.
Por supuesto.
Miró la pantalla.
Luego el informe.
Después a mí.
—¿Lo tienen?
Levanté la barbilla.
—Compruébelo usted mismo.
Mateo conectó el sistema.
Durante los siguientes veinte minutos no habló.
Eso era peor.
Un militar silencioso siempre era más aterrador que uno gritando.
Mis manos estaban cruzadas bajo la mesa, pero mis dedos no dejaban de moverse.
Finalmente apareció la última prueba.
El retraso había desaparecido.
El sistema respondía dentro del margen exigido.
Uno de los técnicos sonrió.
—Funcionó.
Mateo no respondió.
Siguió revisando.
Otra prueba.
Luego otra.
Hasta que cerró el expediente.
—Aceptable.
Parpadeé.
¿Aceptable?
Después de pasar toda la noche trabajando, ¿eso era todo?
—Capitán Garza, ¿esa es su forma de decir que salvamos el contrato?
Me miró.
Por un segundo pensé que iba a responder con otra crítica.
Pero algo cambió en sus ojos.
—Es mi forma de decir que me equivoqué.
La sala quedó en silencio.
Mi equipo casi dejó de respirar.
Mateo nunca parecía alguien que admitiera errores.
—El diseño inicial tenía problemas —continuó—. Pero la solución que implementaron fue inteligente.
Señaló la pantalla.
—No arreglaron el síntoma. Cambiaron la estructura.
Me crucé de brazos.
—¿Eso fue un cumplido?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
La primera que veía.
—No se acostumbre.
—Qué alivio. Pensé que había perdido su personalidad de piedra.
Algunos miembros del equipo rieron.
Mateo me miró.
Y por primera vez no parecía verme como una ingeniera más.
Me veía como una persona.
Después de la reunión, cuando todos salieron, él se quedó atrás.
—Ingeniera Vega.
—Capitán Garza.
Silencio.
Los dos sabíamos exactamente qué estaba pasando.
Finalmente dijo:
—Sobre anoche.
—¿La cita?
Asintió.
—Sabía quién era usted.
—Lo sé.
—Mi madre me pidió que no dijera nada.
Levanté una ceja.
—¿Su madre sabía que yo iba a terminar trabajando para usted?
—Mi madre sabe demasiadas cosas.
Eso me hizo reír.
Mateo bajó la mirada un instante.
—Pero no quería que aceptara la cita solo por compromiso.
—Entonces decidió evaluar mi personalidad antes de decirme que era el hombre que podía destruir mi proyecto.
—No destruí su proyecto.
—Casi.
—Casi.
Por primera vez lo vi contener una sonrisa.
—Admito que fue una mala primera impresión.
—¿Mala?
Lo miré.
—Capitán, ayer pensé que iba a casarme con usted. Hoy pensé en lanzarle mi laptop a la cabeza.
Mateo soltó una risa baja.
Una risa real.
Y fue tan inesperada que me quedé mirándolo.
Porque aquel hombre que parecía hecho de acero también sabía reír.
—Entonces estamos progresando.
—¿Progresando?
—Ayer quería casarse conmigo.
Pausa.
—Hoy solo quiere golpearme.
Me llevé una mano al rostro.
—No puedo creer que recuerde eso.
—Mi memoria funciona bastante bien.
—Qué conveniente.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
Luego Mateo dijo:
—Jimena.
Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.
No por mi apellido.
No por mi cargo.
Por mi nombre.
—¿Sí?
—La próxima vez que salgamos…
Me sorprendí.
—¿Habrá próxima vez?
—Depende.
—¿De qué?
—De si sigue pensando que soy un monstruo después de tomar un café conmigo sin una evaluación militar de por medio.
Intenté no sonreír.
Fallé.
—Capitán Garza.
—¿Sí?
—Su primer café tendrá una condición.
—Dígame.
—No puede criticar mi algoritmo.
Mateo inclinó la cabeza.
—No prometo nada.
—Entonces olvídelo.
—Pero puedo prometer otra cosa.
—¿Qué?
Me miró directamente.
—Esta vez no voy a dejar que se entere por casualidad de quién soy.
Aquella frase me sorprendió más de lo esperado.
Porque detrás del uniforme, las órdenes y la disciplina…
había un hombre que entendía lo que era confiar.
Tres meses después, el proyecto Halcón ganó el contrato definitivo.
Mi equipo recibió reconocimientos.
Yo recibí un ascenso.
Y mi madre no dejó de presumir que su cita a ciegas había sido el mejor movimiento estratégico de su vida.
—Te dije que era perfecto para ti —decía.
Yo la miraba.
—Mamá, intentó destruir mi carrera.
—Pero luego la salvó.
—Después de criticarla durante horas.
—Eso se llama pasión.
Negaba con la cabeza.
Pero sonreía.
Porque tenía razón en algo.
Mateo Garza no llegó a mi vida como un príncipe.
Llegó como un desafío.
Como alguien que me obligó a demostrar quién era cuando nadie intentaba facilitarme las cosas.
Y quizá por eso funcionó.
Porque nunca me enamoré del hombre guapo de la cafetería.
Me enamoré del hombre que, después de verme luchar toda una noche contra un problema imposible, dejó de verme como una simple ingeniera…
y empezó a verme como su igual.