PARTE 2: El vuelo sin regreso

El monitor cardíaco no dejaba de emitir pitidos.

—¿Qué dijiste? —preguntó Ethan con la voz ronca.

Su mejor amigo, Daniel, creyó que no lo había oído.

—Clara tomó un vuelo a París hace unas horas.

Ethan intentó incorporarse.

Un dolor agudo atravesó el costado donde aún llevaba el vendaje reciente.

—Eso… eso no tiene sentido.

La enfermera se acercó de inmediato.

—Señor Walker, no puede moverse.

Él ignoró la advertencia.

—¿Dónde está mi teléfono?

Daniel dudó unos segundos antes de entregárselo.

Ethan marcó el número de Clara.

Una vez.

Dos.

Tres.

La llamada fue directamente al buzón de voz.

Respiró con dificultad.

Volvió a llamar.

El mismo resultado.

Por primera vez desde que lo conocían, el brillante cirujano parecía completamente perdido.

—Debe estar en el avión…

Se repetía esa idea como si fuera suficiente para tranquilizarse.

—Cuando aterrice me devolverá la llamada.

Daniel no respondió.

Conocía demasiado bien a Clara.

Sabía que ella nunca hacía algo impulsivo.

Si había comprado un billete de ida, era porque llevaba mucho tiempo preparando esa decisión.

Mientras tanto, a más de diez mil metros de altura, Clara observaba las nubes por la ventanilla.

La azafata le ofreció café.

Ella aceptó con una sonrisa amable.

Era la primera sonrisa sincera que sentía en mucho tiempo.

No porque estuviera feliz.

Sino porque, por primera vez en años, nadie esperaba que resolviera los problemas de otra persona.

Apagó el modo avión durante la escala.

Las notificaciones comenzaron a entrar una tras otra.

Veintisiete llamadas perdidas.

Doce mensajes de Ethan.

Cinco de su suegra.

Tres de Mia.

No abrió ninguno.

Solo llamó a su abogado.

—¿Todo bien?

—Sí.

Ya estoy fuera del país.

—Perfecto.

Mientras estabas volando encontramos algo importante.

Clara se acomodó en el asiento.

—Te escucho.

—Durante los últimos tres años Ethan realizó transferencias periódicas a una empresa registrada a nombre de un tercero.

—¿Cuánto dinero?

—Más de cuatrocientos mil dólares.

Clara cerró lentamente los ojos.

No sintió rabia.

Solo una extraña confirmación.

Aquellas interminables guardias.

Las supuestas conferencias médicas.

Los viajes de investigación.

Todo empezaba a encajar.

—¿La beneficiaria real?

Hubo unos segundos de silencio.

—Mia Carter.

Clara dejó escapar una respiración lenta.

Ni siquiera le sorprendía ya.

—Sigue investigando.

—También encontramos otra cosa.

—¿Qué?

—El apartamento donde vive Mia.

No está alquilado.

Fue comprado hace dos años.

Clara permaneció en silencio.

—¿A nombre de quién?

—De una sociedad administrada por Ethan.

Miró nuevamente por la ventanilla.

París aparecía ya bajo las nubes.

Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

Mientras tanto, en el hospital, Ethan seguía llamando.

Sin respuesta.

Finalmente escribió un mensaje.

“Clara, hablemos. Por favor.”

No recibió contestación.

Dos habitaciones más allá, Mia discutía con la administración.

—¿Cómo que debo cubrir el resto del depósito?

La encargada revisó la pantalla.

—La señora Bennett firmó la autorización médica.

No asumió el compromiso de pago.

La diferencia corresponde al paciente.

—Pero él tiene seguro.

—El seguro cubre una parte.

No el total.

Mia apretó el bolso de diseñador contra el pecho.

—No puedo pagar esa cantidad.

La administradora levantó la vista.

—Entonces tendrá que hablar con el señor Walker cuando sea dado de alta.

Mia salió de la oficina con el rostro completamente pálido.

Hasta ese momento había creído que Clara seguiría haciendo lo de siempre.

Resolver.

Pagar.

Cuidar.

Perdonar.

Nadie imaginó que aquella mujer que durante seis años sostuvo el matrimonio en silencio sería también la primera en soltarlo.

Esa misma noche, el avión aterrizó en París.

Clara salió del aeropuerto con una sola maleta.

Respiró el aire frío de diciembre.

Su teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje de Ethan.

“No puedo hacerlo sin ti.”

Lo leyó una sola vez.

Después bloqueó el número.

Guardó el móvil en el bolsillo.

Levantó la vista hacia la ciudad iluminada.

Y dio el primer paso hacia una vida donde, por primera vez, ya no tendría que cuidar a un hombre que nunca había sabido cuidar de ella.

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