La sonrisa de Adrian desapareció.
—¿Qué acaba de decir?
Al otro lado de la llamada, el señor Zhou, representante del mayor fondo de inversión de Fu Group, habló con una calma inquietante.
—He dicho que, si la señora Emma Fu mantiene su decisión, dentro de treinta días usted perderá la mayoría de control del consejo.
Adrian soltó una carcajada.
—Imposible.
—Emma no entiende esos asuntos.
—Solo está enfadada.
Hubo unos segundos de silencio.
Después llegó una respuesta que hizo que el color abandonara lentamente su rostro.
—Entonces usted tampoco leyó nunca el acuerdo sucesorio de su abuelo político.
La llamada terminó.
A las nueve de la mañana comenzó la reunión de emergencia.
Los directores ya ocupaban sus asientos.
Yo entré cinco minutos después.
Vestía un traje blanco sencillo.
Sin joyas.
Sin maquillaje llamativo.
Por primera vez en años no llevaba el apellido “Fu” en mi identificación.
Solo decía:
Emma Lin.
Adrian levantó la vista.
—¿Qué significa todo esto?
Me senté frente a él.
—Que he venido a trabajar.
Ruby permanecía detrás de Adrian con una tableta entre las manos.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, todavía sonreía.
Seguía convencida de que aquello terminaría igual que las noventa y nueve veces anteriores.
El secretario del consejo repartió unos documentos.
Uno de los directores los abrió.
Frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
Mi abogada respondió.
—La señora Emma Lin retira, con efecto inmediato, todos los poderes de representación otorgados al señor Adrian Fu durante el matrimonio.
Otro consejero pasó la siguiente página.
Su expresión cambió.
—También revoca el acuerdo de voto conjunto.
Un murmullo recorrió la sala.
Adrian golpeó la mesa.
—¡Eso no cambia nada!
Mi abogada deslizó una carpeta más.
—Sí cambia.
El director financiero comenzó a leer.
Su respiración se volvió más lenta.
—Treinta y uno por ciento…
Levantó la cabeza.
—Las acciones pertenecen exclusivamente a la señora Lin por herencia.
Todos giraron hacia Adrian.
Nadie hablaba.
Él me miró fijamente.
—¿Desde cuándo pensabas hacer esto?
Lo pensé unos segundos.
—Desde la apuesta número uno.
Su expresión vaciló.
Continué.
—Pero todavía creía que podía salvar nuestro matrimonio.
Saqué una pequeña caja de cartón.
La coloqué sobre la mesa.
Dentro estaban perfectamente dobladas las noventa y nueve prendas de encaje.
Nadie necesitó preguntar qué eran.
El silencio se volvió insoportable.
Ruby intentó intervenir.
—Señores, todo esto eran bromas entre compañeros…
Mi abogada pulsó el mando del proyector.
La pantalla se iluminó.
Apareció la fotografía que Ruby me había enseñado.
Después otra.
Y otra más.
La tabla completa.
Registro de lágrimas de Emma.
Fecha.
Hora.
Número de apuesta.
Resultado.
Importe ganado.
La sala quedó completamente inmóvil.
Uno de los consejeros de mayor edad retiró lentamente las gafas.
—¿Qué demonios estoy viendo?
Mi abogada cambió a la siguiente diapositiva.
Capturas de conversaciones.
“Hoy llora antes de las nueve.”
“Cinco mil yuanes a que pide el divorcio otra vez.”
“Haz lo del encaje rojo. Nunca falla.”
La última conversación llevaba la fecha de la noche anterior.
“Apuesta cien: vuelve antes de retirar la solicitud.”
Ruby perdió todo el color del rostro.
—Eso…
Buscó a Adrian con la mirada.
Esperando que la defendiera.
Él permanecía inmóvil.
El presidente del consejo habló por primera vez.
—Señor Fu.
Adrian levantó lentamente la cabeza.
—¿Puede explicar por qué la esposa de nuestro presidente era utilizada como objeto de apuestas dentro de la empresa?
Nadie respiraba.
Ruby dio un paso atrás.
Adrian abrió la boca.
Pero no encontró una sola respuesta.
Porque no existía ninguna explicación aceptable.
En ese instante sonó el teléfono del presidente.
Escuchó durante unos segundos.
Luego levantó la vista.
—Acaba de llegar una notificación del comité de ética.
Todos esperaron.
El presidente dejó lentamente el documento sobre la mesa.
—El principal fondo institucional suspende cualquier nueva inversión hasta que esta situación quede aclarada.
Otra pausa.
—Y solicita la dimisión temporal del presidente ejecutivo mientras dure la investigación.
La mano de Adrian tembló por primera vez.
Miró hacia mí.
Ya no había orgullo.
Ni enfado.
Solo incredulidad.
—Emma…
Pronunció mi nombre muy despacio.
Como lo hacía cuando éramos adolescentes.
Como el día en que me prometió que nunca volvería a hacerme llorar.
Yo lo observé en silencio.
Después respondí con absoluta calma.
—La apuesta terminó ayer.
Bajé la vista hacia la carpeta que tenía delante.

La cerré suavemente.
—Y descubriste demasiado tarde que nunca estabas apostando por mis lágrimas.
Levanté de nuevo la mirada.
—Estabas apostando por perder a la única persona que seguía sosteniendo todo lo que habías construido.