PARTE 2: EL VIAJE A TOKIO NUNCA EXISTIÓ

No respondí de inmediato al mensaje de Esteban.

Primero cerré la puerta con seguro.

Después preparé una taza de café.

Solo entonces abrí el archivo que acababa de enviarme.

Había capturas de cámaras del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

David sí había pasado el control de seguridad.

Pero cuarenta minutos después apareció saliendo por una puerta exclusiva para pasajeros en conexión cancelada.

No abordó ningún vuelo internacional.

Subió a una camioneta negra.

La siguiente imagen lo mostraba entrando al Aeropuerto Internacional de Toluca.

Desde allí tomó un vuelo privado rumbo a Los Cabos.

Y no viajaba solo.

La mujer llevaba un sombrero blanco y gafas oscuras.

Pero en la tercera fotografía ya no había dudas.

Era Vanessa Ortiz.

La misma directora comercial de su empresa.

La mujer de la que David siempre decía:

—Tiene edad para ser mi hermana.

Sonreí.

Mentía incluso cuando no era necesario.

Esteban escribió otra línea.

—Hay algo peor.

Abrió un segundo archivo.

Reservación presidencial.

Hotel frente al mar.

Siete noches.

Dos adultos.

Pagado con la tarjeta empresarial… autorizada con tu firma electrónica.

Mi firma.

No la de David.

Durante meses había utilizado los accesos que yo administraba para financiar su aventura.

Respiré profundamente.

Ya no dolía.

Solo daba asco.


A las nueve de la noche sonó el teléfono.

Era David.

Contesté con absoluta tranquilidad.

—¿Ya llegaste a Tokio?

Del otro lado hubo una breve pausa.

—Sí.

Escuché el sonido del mar.

Y una gaviota.

No precisamente el ambiente habitual de una ciudad de treinta y siete millones de habitantes.

—El vuelo fue pesado.

—Me imagino.

—Aquí ya es de mañana.

Miré el reloj.

En Los Cabos eran exactamente las nueve y doce de la noche.

—Descansa.

—¿Todo bien en casa?

—Perfectamente.

—¿Mis papás están cómodos?

—Muchísimo.

—Sabía que podía confiar en ti.

Casi me reí.

—David…

—¿Sí?

—Disfruta las vacaciones.

Guardó silencio.

—¿Vacaciones?

—Quise decir… el viaje.

Colgué antes de que pudiera reaccionar.


A la mañana siguiente fui directamente a mi despacho.

Soy directora financiera de un grupo de tecnología médica.

Nunca dependí del sueldo de David.

Al contrario.

Era él quien necesitaba mi historial crediticio, mis inversiones y mi estabilidad financiera para mantener la imagen del ejecutivo exitoso que presumía ante todos.

A las diez firmé la solicitud de divorcio.

A las diez veinte retiré todos los poderes que tenía sobre mis empresas.

A las once cancelé las tarjetas corporativas adicionales.

Al mediodía bloqueé el acceso de David a nuestras inversiones conjuntas.

Y a las doce cuarenta y cinco recibí la llamada que llevaba esperando.

—Señora Aguilar.

—Habla el gerente del hotel Bahía Esmeralda.

—Su esposo está intentando pagar el alojamiento, pero todas las tarjetas fueron rechazadas.

—Dice que hubo un error bancario.

Sonreí mientras revisaba otro documento.

—No hubo ningún error.

—Las tarjetas fueron canceladas por la titular.

El gerente bajó la voz.

—La señora que lo acompaña está bastante alterada.

—Insiste en que es una ejecutiva internacional.

—Lo lamento mucho por ambos.

Respondí con serenidad.

—Pero tendrán que resolverlo ellos mismos.

Colgué.


Cuando regresé al departamento encontré a Teresa revisando desesperadamente los cajones.

—¿Qué busca?

Se sobresaltó.

—Los documentos de David.

—No están.

—¿Qué hiciste?

Dejé mi bolso sobre el sofá.

—Proteger lo que es mío.

Don Ricardo apareció con el teléfono en la mano.

—¡David dice que no puede pagar el hotel!

—Qué situación tan incómoda.

Teresa me señaló con un dedo tembloroso.

—¡Tú hiciste esto!

La miré sin perder la calma.

—No.

—Lo hizo su hijo el día que decidió fingir un viaje de trabajo para irse de vacaciones con su amante usando mi dinero.

Los dos quedaron completamente inmóviles.

En ese instante sonó nuevamente mi celular.

Era Esteban.

Solo dijo una frase.

—Mariana… acaban de encontrar algo en la computadora de David.

—Y no tiene nada que ver con una infidelidad.

—Creo que tu esposo llevaba años preparando un fraude mucho más grande.

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