PARTE 2: EL TELÉFONO OCULTO

A las tres de la madrugada escuché un ruido en el pasillo.

Emily no estaba en la cama.

La encontré en el baño, arrodillada junto al armario, intentando sacar algo escondido detrás de unas toallas.

Cuando me vio, palideció.

—Jake, vuelve a dormir.

Entonces vi el teléfono.

No era suyo.

—¿De quién es?

Emily comenzó a llorar.

—Prométeme que no harás nada hasta verlo todo.

Me entregó el aparato.

Había cientos de mensajes.

Mi madre.

Tyler.

Emily.

Durante seis meses, mi madre había convencido a Emily de que yo había dejado a Tyler encargado de nuestras cuentas y de la casa.

Era mentira.

Después comenzaron las amenazas.

Si Emily protestaba, le decían que podían hacer que yo tuviera problemas mientras estaba desplegado.

Tyler había tomado mis cosas, usado mi dinero y prácticamente se había instalado en mi casa.

El reloj solo había sido el principio.

Pero entonces encontré una conversación que me heló.

Tyler había escrito:

“Si Jake descubre lo de los documentos, estamos acabados.”

Mi madre respondió:

“Por eso Emily tiene que seguir callada hasta que él vuelva a marcharse.”

Levanté la vista.

—¿Qué documentos?

Emily sacó una carpeta escondida detrás del armario.

Dentro había movimientos bancarios y formularios con firmas que parecían mías.

—Intentaron quedarse con la casa —susurró—. Y utilizaron tus datos para mover dinero mientras estabas fuera.

Sentí la mandíbula endurecerse.

—¿Por qué no me llamaste?

—Lo intenté.

Entonces me mostró otro mensaje.

Mi madre había enviado información sobre mi despliegue a alguien que no debía tenerla.

Fechas.

Ubicaciones aproximadas.

Movimientos.

Sentí un frío diferente.

Aquello ya no era una disputa familiar.

—¿De dónde consiguió esto?

Emily negó con la cabeza.

—No lo sé.

A la mañana siguiente no confronté a nadie.

Hice copias.

Guardé los mensajes.

Y entregué todo a las autoridades correspondientes.

Después esperé.

Tyler apareció al desayuno todavía usando mi reloj.

—¿Dormiste bien, héroe?

Miré su muñeca.

—Perfectamente.

Mi madre sonrió.

—Qué bueno que todos podamos volver a ser una familia.

Emily me miró.

Esta vez ya no bajó los ojos.

Yo extendí la mano hacia Tyler.

—Mi reloj.

Su sonrisa desapareció.

—Vamos, Jake…

—Ahora.

Se lo quitó lentamente.

Entonces mi madre comprendió que algo había cambiado.

—¿Qué te dijo Emily?

—Nada que vosotros no hayáis escrito.

El rostro de Tyler perdió el color.

Mi madre se levantó.

—Podemos explicarlo.

—Lo haréis.

Sonó el timbre.

Ambos miraron hacia la puerta.

Yo tomé el reloj y me lo puse.

—Pero no conmigo.

Cuando abrí, había personas esperando para hablar con ellos sobre los documentos, las cuentas y la información que habían compartido.

Tyler miró a nuestra madre.

Por primera vez, ninguno tenía una explicación preparada.

Emily tomó mi mano.

Esta vez no se apartó.

Pero antes de que se llevaran a Tyler para interrogarlo, él se volvió hacia mí.

—Jake, mamá no te ha contado lo peor.

Mi madre gritó:

—¡Cállate!

Tyler sonrió con desesperación.

—Pregúntale quién recibió la información sobre tu unidad.

Miré a mi madre.

Su rostro respondió antes que su boca.

Y entendí que durante aquellos seis meses mi familia no solo había intentado robarme mi casa.

Alguien había convertido información sobre mi despliegue en dinero.

Y todavía no sabía quién.

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