A las seis veintisiete de la tarde, Ethan ya estaba frente a mi edificio.
Tres minutos antes.
Por supuesto.
Era Ethan Walker.
Bajé con un vestido azul oscuro que había comprado dos años atrás y jamás había estrenado.
Cuando abrió la puerta del coche para mí, se quedó mirándome.
Demasiado tiempo.
—¿Qué? —pregunté.
—Estoy intentando recordar cómo hablar de algo que no sea medicina.
Me reí.
—Entonces estamos perdidos los dos.
Durante el trayecto al Saint James hubo silencios.
Pero no fueron incómodos.
Eran silencios cargados de algo que ninguno se atrevía a tocar.
Hasta que pregunté:
—¿Por qué aceptaste?
Ethan mantuvo los ojos en la carretera.
—Porque Bennett finalmente hizo lo que yo llevaba años sin atreverme a hacer.
—¿Invitarme a cenar?
—Sí.
Lo miré.
—Has rechazado muchas citas.
—Porque no eran contigo.
Mi corazón dio un vuelco.
—Ethan…
—Seis años, Clara.
Ahora sí me miró.
—Llevo seis años intentando convencerme de que esto se me pasaría.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Seis?
—Desde tu primer año en el hospital.
Era exactamente el tiempo que yo llevaba enamorada de él.
Llegamos al restaurante.
Bennett había reservado una mesa junto a las ventanas.
Ethan retiró mi silla.
—Tengo que confesarte algo.
—Eso suena peligroso.
—Sé que estás enamorada de mí.
Casi dejé caer la copa.
—¿Qué?
Sonrió.
—No pongas esa cara.
—¿Quién te lo dijo?
—Nadie.
—Entonces ¿cómo…?
—Clara, eres una cirujana excelente, pero una pésima actriz.
Quise desaparecer debajo de la mesa.
—Fantástico.
—No te avergüences.
—He pasado seis años creyendo que era discreta.
—Lo eras.
Su expresión cambió.
—Hasta aquella noche.
—¿Qué noche?
—Hace tres años. Operamos juntos a la niña del accidente de autobús.
Lo recordaba.
Catorce horas en quirófano.
Después Ethan se había quedado dormido en la sala médica.
—Entraste creyendo que yo dormía.
Sentí que el rostro me ardía.
Entonces recordé.
Le había puesto una manta encima.
Y había susurrado algo.
“¿Por qué tenía que enamorarme precisamente de ti?”
Cerré los ojos.
—Dios mío.
Ethan rió.
—No estaba dormido.
—Quiero irme.
—No.
Tomó mi mano.
Fue la primera vez que lo hacía.
—Porque esa noche estuve a punto de levantarme y besarte.
Lo miré.
—¿Entonces por qué no lo hiciste?
Su sonrisa desapareció.
—Porque no podía.
Ahí estaba el secreto.
—¿Estabas casado?
—No.
—¿Tenías pareja?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué?
Ethan soltó mi mano.
—Mi hermano estaba enamorado de ti.
Parpadeé.
—¿Tu hermano?
—Daniel.
El nombre me resultaba familiar.
Entonces lo recordé.
Daniel Walker.
Residente de traumatología.
Había trabajado seis meses en nuestro hospital antes de morir en un accidente hacía cinco años.
—Yo apenas conocía a Daniel.
—Él no pensaba lo mismo.
Ethan bajó la mirada.
—Encontraron una carta entre sus cosas después del accidente.
—¿Sobre mí?
Asintió.
—Decía que pensaba invitarte a salir.
Sentí una tristeza extraña.
—Ethan, yo nunca supe nada.
—Lo sé ahora.
—¿Ahora?
—Durante años pensé que sí.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
Sacó el teléfono.
Abrió una fotografía antigua.
Era una captura de una conversación.
Daniel me escribía:
“Clara, quiero preguntarte algo importante.”
Debajo aparecía una respuesta desde mi número.
“Lo siento, Daniel. Estoy enamorada de otra persona.”
Me quedé mirando.
—Yo nunca escribí eso.
Ethan levantó lentamente los ojos.
—¿Qué?
—Nunca recibí ese mensaje.
Tomé el teléfono.
La fecha correspondía a cinco años atrás.
—Ese día estaba en una conferencia en Boston. Perdí mi teléfono en el aeropuerto.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Lo perdiste?
—Lo recuperé dos días después en objetos perdidos.
Algo cambió en su rostro.
—Daniel murió la noche siguiente.
El restaurante pareció alejarse.
—¿Qué estás pensando?
—Nada que pueda demostrar.
—Dímelo.
—Daniel recibió ese mensaje cuatro horas antes del accidente.
Guardó silencio.
—Y aquella noche vino a buscarme.
—¿Por qué?
—Estaba furioso.
—¿Contigo?
—Dijo que yo le había contado algo a alguien que debía permanecer en secreto.
Fruncí el ceño.
—¿Qué secreto?
Ethan tardó demasiado en contestar.
—Un ensayo clínico.
—¿Cuál?
—Uno que nuestro hospital canceló después de su muerte.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—Tu padre dirigía el comité de ética.
Mi respiración se detuvo.
Mi padre había dejado la medicina repentinamente cinco años atrás.
Nunca explicó por qué.
Ethan continuó.
—Daniel descubrió irregularidades en varios expedientes.
—¿Qué clase de irregularidades?
—Consentimientos modificados.
—Eso es grave.
—Lo sé.
—¿Lo denunció?
—Iba a hacerlo.
La cena quedó olvidada.
—¿Y murió antes?
Ethan asintió.
—La investigación concluyó que perdió el control del coche.
—¿Tú no lo crees?
—Nunca lo creí.
Su teléfono vibró.
Mensaje del doctor Bennett.
Ethan lo abrió.
Su rostro perdió color.
—¿Qué ocurre?
Me mostró la pantalla.
“Walker, venid al hospital. Los dos. Ha aparecido algo relacionado con Daniel.”
Veinte minutos después atravesábamos urgencias.
Bennett nos esperaba en su despacho.
Había una mujer con él.
Tendría unos sesenta años.
La reconocí.
Margaret Walker.
La madre de Ethan.
Me miró como si hubiera visto un fantasma.
—Clara Hayes.
Ethan se tensó.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
Margaret puso una caja sobre la mesa.
—Estaba vaciando la casa antigua.
Dentro había documentos de Daniel.
Bennett sacó un sobre.
—Esto estaba dirigido a Clara.
Mi nombre aparecía escrito con tinta negra.
Cinco años atrás.
Lo abrí.
Dentro había una memoria USB y una nota.
“Clara: si recibes esto, significa que no pude entregártelo personalmente. No confíes en nadie relacionado con el ensayo, ni siquiera si lleva una bata blanca.”
Debajo había otra frase.
“Tu padre sabe dónde está la lista.”
Miré a Bennett.
—¿Qué lista?
Él negó lentamente.
—No lo sé.
Ethan conectó la memoria a un ordenador aislado.
Había fotografías de historiales clínicos.
Números de pacientes.
Resultados.
Pagos.
Y grabaciones.
Abrimos la última.
Daniel apareció sentado frente a la cámara.
Parecía nervioso.
“Si alguien encuentra esto, el ensayo no fue cancelado por seguridad. Lo cerraron porque descubrimos que estaban cambiando identidades entre pacientes.”
Ethan se inclinó hacia la pantalla.
Daniel continuó.
“Hay médicos involucrados.”
Pausa.
“Y alguien del comité de ética.”
Sentí frío.
Entonces Daniel levantó una hoja.
Mi fotografía aparecía arriba.
Debajo estaba mi nombre.
Clara Hayes.
Pero el expediente no era mío.
Indicaba que yo había participado como paciente en aquel ensayo.
—Eso es imposible —susurré.
Bennett amplió la imagen.
Fecha de ingreso.
Seis años atrás.
Exactamente el mes en que conocí a Ethan.
—Nunca fui paciente aquí.
Ethan estaba completamente pálido.
—Clara…
—¿Qué?
Señaló un código escrito al pie.
—Reconozco ese número.
—¿De dónde?
No respondió.
Margaret sí.
—Era el número de expediente de Daniel.
Todos la miramos.
—¿Qué estás diciendo?
Margaret comenzó a llorar.
—Daniel no descubrió accidentalmente aquel ensayo.
Ethan se puso de pie.
—Mamá.
—Participó en él.
El silencio fue absoluto.
—¿Como médico? —pregunté.
Ella negó.
—Como paciente.
Sentí un escalofrío.
—Entonces ¿por qué aparece mi nombre?
Margaret abrió su bolso.
Sacó otra fotografía.
Ethan y Daniel aparecían junto a una mujer joven.
Yo.
O alguien idéntica a mí.
Miré la fecha.
Siete años atrás.
Un año antes de que yo creyera haber conocido a Ethan.
—Nunca estuve allí.
Ethan me miró como si el suelo acabara de desaparecer.
—Sí estuviste.
—No.
—Clara, yo tomé esta fotografía.
Sentí que el corazón se detenía.
—Entonces ¿por qué no recuerdo nada?
Ethan tragó saliva.
—Esa es la razón por la que nunca me acerqué a ti cuando llegaste al hospital seis años atrás.
—¿Qué razón?
Su voz apenas fue un susurro.
—Porque no era la primera vez que te veía.
Miró la fotografía.
—Y la primera vez, tú no te llamabas Clara Hayes.
