PARTE 2: LOS HIJOS QUE ME HABÍAN ROBADO

No saqué el arma.

Había cuatro niños mirándome.

—Elena, llévalos a la biblioteca. Cierra las cortinas.

Ella no se movió.

—No llames a Víctor.

Mi mano quedó suspendida sobre el teléfono.

Víctor era mi hermano.

El hombre que organizó el funeral de Sofía.

—¿Por qué?

Elena abrazó a Mateo.

—Porque viene en uno de esos coches.

Miré por la ventana.

La puerta del vehículo central se abrió y mi hermano bajó, abrochándose el abrigo.

Lo conocía lo suficiente para reconocer aquella calma.

Venía convencido de que todo estaba resuelto.

Ordené a los guardias que mantuvieran cerrada la entrada.

Después me arrodillé frente a los niños.

—Van a quedarse con Elena un momento. Aquí estarán seguros.

Uno de ellos miró mi chaqueta.

—¿Estás enfadado?

Me obligué a respirar.

—Estoy intentando entender algo.

Mateo me ofreció la fotografía.

La tomé sin arrancársela de los dedos.

Cuando Elena regresó de la biblioteca, tenía las manos vacías y el rostro empapado.

—Empieza por Sofía —dije.

—Estaba embarazada cuando ocurrió el accidente.

El suelo pareció moverse.

Recordé el coche incendiado. El informe. El ataúd que nadie me permitió abrir.

—Me dijeron que murió antes de llegar al hospital.

—Sobrevivió. Víctor hizo que la trasladaran a una clínica privada con otro nombre.

Elena dejó su teléfono sobre la mesa.

Había fotografías de Sofía en una cama, expedientes y mensajes.

—Yo fui a verla creyendo que usted lo sabía. Entonces me pidió que no dijera nada. Había escuchado a Víctor hablar de los niños.

—¿Qué decía?

—Que usted nunca dejaría el negocio si tenía herederos. Que había que mantenerlos fuera de su alcance hasta que él pudiera controlar sus acciones y sus decisiones.

Pasé una mano sobre la fotografía.

—¿Y esa frase?

Elena señaló la parte inferior.

—De Alejandro. Del mundo que llevaba su nombre. Sofía temía que cualquier persona cercana a usted terminara llevándolos hasta Víctor.

Cinco años.

Cinco años comiendo solo mientras mis hijos crecían escondidos.

—¿Cuándo nacieron?

—Cuatro meses después del accidente. Sofía murió por complicaciones después del parto.

Elena tuvo que sentarse.

—Me pidió que cuidara de ellos.

Me apoyé en el respaldo de una silla.

No podía llorar todavía.

Había alguien esperando detrás de mis puertas.

El teléfono vibró.

Víctor.

Contesté.

—Abre, Alejandro. Hay una situación que debemos resolver.

—¿Qué situación?

—Elena te ha estado mintiendo.

Miré a la mujer que había alimentado a mis hijos mientras yo la consideraba parte del mobiliario de mi casa.

—Entonces entra solo y explícamelo.

Mi hermano tardó demasiado en responder.

—No es buena idea.

Aquella vacilación terminó de convencerme.

No ordené que lo trajeran por la fuerza.

Llamé a mi abogado y le dije que contactara con las autoridades. Entregaría los documentos, los mensajes y todo lo que pudiera verificarse.

Por primera vez, no quería una respuesta que dependiera del miedo que provocaba mi apellido.

Quería una verdad que mis hijos pudieran conocer algún día sin tener que avergonzarse de cómo la había conseguido.

Víctor se marchó antes de que llegaran los investigadores.

No llegó lejos en su intento de borrar lo ocurrido.

Los registros de la clínica, los pagos y las comunicaciones permitieron reconstruir el traslado de Sofía. La investigación alcanzó a quienes habían participado en ocultarla.

Las pruebas de parentesco confirmaron que Mateo, Lucas, Gabriel y Tomás eran mis hijos.

Pero ningún informe consiguió que dejaran de llamarme «el hombre de la foto».

Eso requirió tiempo.

La primera semana, Tomás escondía comida en los bolsillos.

Lucas preguntaba cada noche si volverían a mudarse.

Gabriel no permitía que cerrara la puerta de su habitación.

Mateo me observaba desde detrás de Elena.

No intenté sustituirla.

Ella era la persona que conocía sus pesadillas, sus alergias y la diferencia entre cuatro risas que a mí me sonaban iguales.

—Te quedas —le dije.

Elena negó con suavidad.

—Me quedaré si ellos me necesitan. Pero no porque usted me lo ordene.

Asentí.

Tenía mucho que aprender.

Dejé de recibir reuniones en casa. Comencé a salir de los negocios que no podía explicar delante de mis hijos y acepté las consecuencias de decisiones que antes creía intocables.

Una tarde encontré a los cuatro en el comedor.

Habían puesto cinco platos.

Elena estaba junto a la puerta.

Mateo señaló la silla de la cabecera.

—Ese es tu sitio.

Me senté.

Lucas me pasó el arroz. Gabriel me preguntó si sabía dibujar barcos. Tomás apoyó una mano pequeña sobre mi manga.

Comimos despacio.

Al terminar, Mateo levantó la fotografía de Sofía.

—¿Ella también se sentaba aquí?

Miré el lugar vacío junto al mío.

—Sí.

—Entonces mañana ponemos otro plato.

Sentí las lágrimas antes de poder detenerlas.

—Podemos recordarla sin ponerle un plato —dije—. Puedo contarles cómo era.

Los cuatro se acercaron.

Y aquella noche, en la mesa que había permanecido vacía durante cinco años, pronuncié el nombre de Sofía sin estar solo.

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