No escuché la llamada de Ethan.
Solo escuché las ruedas del tren golpeando los rieles mientras Harbor City desaparecía detrás de mí.
A las once y cuarenta, alguien llamó a mi cabina.
Tres golpes.
Pausa.
Dos más.
Me incorporé.
—¿Quién es?
—Servicio nocturno.
Algo no encajaba.
Ya habían retirado la cena.
Agarré la maleta.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
“No abras. Whitmore te encontró.”
La sangre se me heló.
Otro mensaje apareció.
“Baja en Fairmont. No llegues a Rosehaven.”
Miré el mapa.
Fairmont era la siguiente parada.
Veintisiete minutos.
Los golpes regresaron.
—Señorita Hayes.
Esta vez utilizaron mi nombre falso.
Dejé de respirar.
Solo cuatro personas debían conocerlo.
La recepcionista.
El conductor.
La empleada de la estación.
Y quien hubiera fabricado aquella identificación.
Guardé el teléfono.
—Un momento.
Abrí la ventana del pasillo interior de la cabina y salí por la puerta comunicante que daba al siguiente vagón.
No miré atrás.
Cuando el tren frenó en Fairmont, bajé entre una familia con tres niños.
No había nadie esperándome.
Eso me tranquilizó durante exactamente quince segundos.
Entonces vi el automóvil negro.
Un hombre salió.
Corrí.
—¡Señora Whitmore!
Seguí corriendo.
Atravesé la estación bajo la lluvia y llegué a una calle lateral.
Un taxi estaba detenido junto a la acera.
Abrí la puerta.
—Conduzca.
El hombre al volante no se movió.
—¿Adónde?
—A cualquier parte.
Entonces encendió la luz interior.
—Han pasado cinco años y sigues huyendo igual.
Se me cortó la respiración.
Conocía aquella voz.
—Daniel.
Mi hermano mayor se giró.
El hombre que oficialmente había muerto seis años atrás estaba sentado frente a mí.
No pude hablar.
Daniel me miró como si tampoco supiera por dónde empezar.
—Sube, Elena.
Elena.
No Clara.
No señora Whitmore.
Mi verdadero nombre.
Entré.
—Te enterramos.
—Enterrasteis un ataúd vacío.
—Mamá murió creyendo que estabas muerto.
Su expresión se quebró.
—Lo sé.
Quise golpearlo.
Quise abrazarlo.
No hice ninguna de las dos cosas.
—¿Cómo me encontraste?
Daniel miró la horquilla de sándalo en mi cabello.
—Nunca dejé de buscarte.
—¿Y Ethan?
—Tampoco.
El automóvil arrancó.
—¿Qué significa que nadie pierde a su esposa dos veces?
Daniel guardó silencio.
—Respóndeme.
—Tu matrimonio con Ethan no empezó hace cinco años.
Sentí un escalofrío.
—Lo conocí hace cinco años.
—No.
Daniel abrió la guantera.
Sacó una fotografía.
Éramos Ethan y yo.
Mucho más jóvenes.
Yo llevaba un vestido blanco.
Él tenía una mano alrededor de mi cintura.
En nuestros dedos había anillos.
Miré la imagen sin comprender.
—Esto está manipulado.
—No.
—Nunca había visto a Ethan antes de Harbor City.
—Tú no lo recordabas.
Levanté los ojos.
—¿Qué me estás diciendo?
—Sufriste un accidente hace seis años.
Fragmentos aparecieron en mi cabeza.
Hospital.
Lluvia.
El olor del jazmín.
Nada más.
—Mamá dijo que fue un accidente de automóvil.
—Lo fue.
Daniel tragó saliva.
—Pero tú no estabas sola.
—¿Quién estaba conmigo?
—Ethan.
El mundo pareció inclinarse.
—Eso es imposible.
—Él era tu marido.
Solté una risa vacía.
—Acabo de divorciarme de Ethan después de cinco años.
—Por segunda vez.
No pude respirar.
Daniel continuó.
—Después del accidente perdiste parte de tu memoria. Nuestra familia te escondió. Ethan pasó casi un año buscándote.
—¿Por qué me escondieron de mi propio marido?
Daniel apretó el volante.
—Porque alguien intentó matarte.
Silencio.
—¿Ethan?
—Eso creyó mamá.
Mi mano fue hacia la flor de jazmín dentro de la maleta.
—¿Y tú?
—Yo descubrí que estaba equivocada.
Antes de que pudiera preguntar, un vehículo apareció detrás.
Luces largas.
Daniel miró el espejo.
—Nos encontraron.
—¿Ethan?
—No.
Aceleró.
—Si fuera Ethan, no estaría preocupado.
El coche trasero se acercó.
Mi teléfono sonó.
Ethan.
Daniel gritó:
—Contesta.
Lo hice.
—¿Qué quieres?
La voz de Ethan llegó áspera.
—¿Dónde estás?
—Eso ya no te importa.
—Elena, escucha…
Me quedé helada.
—¿Cómo me llamaste?
Silencio.
Ethan comprendió su error.
—¿Quién está contigo?
Miré a Daniel.
—Mi hermano muerto.
Ethan soltó una maldición.
—Dale el teléfono.
—No.
—¡Elena!
Era la primera vez que lo escuchaba asustado.
—El coche que os sigue no es mío.
Miré por la ventana trasera.
—¿Cómo sabes que nos siguen?
—Porque llevo cinco años esperando que aparezcan otra vez.
El vehículo nos golpeó.
Grité.
Daniel consiguió mantener el control.
—¿Quiénes son? —pregunté.
Ethan respiraba con fuerza.
—La gente que provocó vuestro accidente.
—¿Nuestro?
Silencio.
—Dijiste que tú estabas conmigo.
—Lo estaba.
—Entonces dime qué ocurrió.
Otra embestida.
Daniel giró violentamente hacia una carretera secundaria.
Ethan habló.
—Hace seis años descubriste algo sobre mi familia.
—¿Qué?
—Algo por lo que intentaste dejarme aquella misma noche.
Mi corazón golpeó contra mis costillas.
—¿Qué descubrí?
—No puedo decírtelo por teléfono.
—Ya no eres mi marido. Deja de darme órdenes.
Entonces dijo algo que me dejó completamente inmóvil.
—Ese es precisamente el problema.
—¿Qué?
—El divorcio que firmamos esta tarde no es válido.
Miré a Daniel.
—¿De qué estás hablando?
—Porque legalmente no puedes divorciarte dos veces del mismo hombre sin que exista un segundo matrimonio.
—Nos casamos hace cinco años.
—No, Elena.
La voz de Ethan se quebró.
—Nunca nos casamos por segunda vez.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Entonces qué firmé hace cinco años?
—Nada.
—Yo estuve en nuestra boda.
—Viste una ceremonia.
—Firmé documentos.
—Documentos preparados por mi padre.
El vehículo detrás volvió a acercarse.
Daniel tomó una salida.
—Pregúntale por el jazmín —dijo.
Ethan escuchó.
Silencio absoluto.
Saqué la flor seca.
—¿Qué significa?
Ethan tardó varios segundos.
—La noche del accidente llevabas una flor de jazmín en el cabello.
Miré la que sostenía.
—Mi madre me dijo que era nuestra flor familiar.
—Tu madre te mintió.
—¿Entonces?
—Era nuestra señal.
—¿Señal para qué?
La respuesta llegó en un susurro.
—Para huir juntos.
Cerré los ojos.
Y entonces recordé.
Lluvia.
Faros.
La mano de Ethan ensangrentada sujetando la mía.
Yo gritándole que condujera.
Una carpeta sobre mis piernas.
Y una frase.
“Si tu padre descubre que tenemos la prueba, nos matará a los dos.”
Abrí los ojos.
—Ethan.
—Lo recordaste.
—Había una carpeta.
Daniel frenó tan bruscamente que casi golpeé el asiento delantero.
Nos habíamos detenido frente a una vieja casa.
—¿Qué contenía? —pregunté.
Ethan no respondió.
Daniel sí.
—La razón por la que fingí mi muerte.
Entramos corriendo.
Daniel levantó una tabla del suelo.
Debajo había una caja metálica.
La abrió.
Dentro descansaban documentos, fotografías y un pequeño sobre sellado.
Mi nombre estaba escrito encima.
ELENA HAYES WHITMORE.
Lo abrí.
Dentro había un certificado.
Fecha: seis años atrás.
Mi matrimonio con Ethan.
Seguíamos legalmente casados.
Pero debajo había otro documento.
Un certificado de nacimiento.
Nombre:
SOPHIA HAYES.
Madre:
ELENA HAYES.
Me quedé sin respiración.
—Yo nunca tuve una hija.
Daniel cerró los ojos.
—Sí la tuviste.
El teléfono casi se me cayó.
Ethan habló desde la línea.
—Elena…
Mi voz apenas salió.
—¿Dónde está?
Nadie respondió.
—¿DÓNDE ESTÁ MI HIJA?
Daniel me miró.
—La has visto todos los días durante cinco años.
Sentí que el mundo se detenía.
Entonces comprendí.
La “señorita” Whitmore.
La hija de la primera esposa muerta.
La niña que nunca me llamaba mamá.
La niña que Ethan había enviado a Suiza antes de nuestro divorcio.
Sophia.
Daniel pronunció las palabras que terminaron de romper mi realidad.
—La primera esposa de Ethan nunca fue su madre.
—Entonces ¿quién era?
Antes de responder, Ethan susurró desde el teléfono:
—La mujer cuyo retrato estuvo colgado frente a ti durante cinco años fue la misma mujer que intentó matarte.
