Miré la fotografía durante casi un minuto.
La taza de café.
Las sábanas blancas.
La esquina de una chaqueta masculina sobre una silla.
Y el mensaje:
“Clari, creo que otra vez te ayudé a probar a alguien.”
En mi vida anterior, aquella misma frase me había destruido.
Esta vez sonreí.
Porque Sofía todavía no sabía qué hombre acababa de “probar”.
Respondí:
“¿Victor?”
Los tres puntos aparecieron inmediatamente.
“Lo siento muchísimo.”
Después llegó otro mensaje.
“No quería que ocurriera.”
Luego otro.
“Pero él empezó.”
Perfecto.
Hice capturas de pantalla.
Sofía siguió escribiendo.
“Me dijo que tú y él no tenían nada serio.”
“Intenté detenerlo.”
“Clari, ya sabes cómo soy. Prefiero que descubras ahora qué clase de hombre es.”
Le respondí:
“Gracias.”
Tardó casi treinta segundos.
“¿No estás enfadada?”
“¿Por qué iba a estarlo?”
No contestó.
Yo podía imaginar perfectamente su expresión.
Sofía no disfrutaba simplemente robándome hombres.
Necesitaba verme sufrir después.
Sin lágrimas, su victoria estaba incompleta.
A las once recibí una llamada de Victor.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después escribió:
“Necesitamos hablar.”
Respondí:
“El lunes en la oficina.”
Su siguiente mensaje llegó inmediatamente.
“No. Antes.”
Lo ignoré.
A las doce, Sofía apareció en mi apartamento.
Traía croissants y lágrimas.
—Clara…
Me abrazó antes de que pudiera invitarla a entrar.
—Perdóname.
—¿Por qué?
Se separó lentamente.
—Por Victor.
—No es mi novio.
Aquello la desconcertó.
—Pero te gusta.
—¿Yo dije eso?
—Las flores. La cena. El café…
—Él me invitó.
Sofía guardó silencio.
Entonces utilicé exactamente las palabras que ella me había dicho años atrás.
—Además, me hiciste un favor.
Su rostro se tensó.
—¿Un favor?
—Lo probaste.
Sonreí.
—Ahora sé qué clase de hombre es.
Por primera vez vi rabia detrás de sus ojos.
Pero desapareció enseguida.
—Claro. Para eso están las amigas.
—Exactamente.
El lunes llegué temprano a la oficina.
A las nueve, Victor entró en mi despacho y cerró la puerta.
—¿Qué te contó Sofía?
—Lo suficiente.
—Fue un error.
—No me debes explicaciones.
—Clara, escúchame.
Se acercó.
—Entre tú y yo estaba empezando algo.
—No.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Entre nosotros nunca hubo nada.
—Entonces ¿por qué aceptaste mis invitaciones?
Lo miré.
—Porque quería confirmar algo.
Victor frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Antes de responder, alguien llamó a la puerta.
Era Recursos Humanos.
Y detrás venía una mujer alta, elegantemente vestida.
Victor perdió todo el color del rostro.
Yo la reconocí inmediatamente.
Elena Moore.
Su esposa.
Y prima mayor de Sofía.
—Buenos días, Victor —dijo Elena.
Él retrocedió.
—Elena…
—¿Sorprendido?
—Puedo explicarlo.
—Espero que sí.
Elena dejó varias fotografías sobre mi escritorio.
No eran mías.
Mostraban a Victor saliendo del hotel con Sofía.
Otra mostraba el momento en que entraban juntos.
Victor me miró.
—¿Tú hiciste esto?
—No.
Elena respondió:
—Yo.
Victor quedó inmóvil.
—Hace meses que sospechaba que estabas utilizando viajes de empresa para encontrarte con otras mujeres.
Sofía no había seducido a un marido perfecto.
Solo había elegido exactamente al tipo de hombre que siempre elegía.
Uno dispuesto a traicionar.
Pero esta vez había una diferencia.
La mujer traicionada no era yo.
—¿Sofía sabe que estás casado? —preguntó Elena.
Victor guardó silencio.
—Te hice una pregunta.
—No se lo dije.
Elena soltó una risa amarga.
—Claro.
Entonces su teléfono sonó.
Miró la pantalla.
Era Sofía.
Elena contestó y activó el altavoz.
—Hola.
Silencio.
—¿Elena?
—Hola, prima.
La respiración de Sofía cambió.
—¿Por qué tienes el teléfono de Victor?
—No lo tengo.
Elena miró directamente a su marido.
—Estoy delante de él.
Sofía colgó.
Treinta segundos después recibí un mensaje.
“Clara, ¿QUÉ HICISTE?”
No respondí.
Pero aquello era solo el comienzo.
Esa misma tarde Recursos Humanos abrió una investigación.
Victor había utilizado una tarjeta corporativa para pagar el hotel.
Había enviado flores con fondos de representación.
Y había favorecido profesionalmente a varias mujeres con las que mantenía relaciones personales.
A las cinco fue suspendido.
A las cinco y veinte, Elena solicitó el divorcio.
A las seis, Sofía estaba llamándome sin parar.
La bloqueé.
Pensé que por fin había cambiado la historia.
Hasta que Jenny apareció junto a mi escritorio.
—Clara, hay una mujer preguntando por ti.
—¿Quién?
—Dice que es la madre de Sofía.
Sentí un escalofrío.
La señora Emilia me esperaba abajo.
En mi vida anterior había muerto dos años después.
Nunca habíamos sido cercanas.
Cuando me vio, no me saludó.
Me entregó un sobre.
—Necesito saber por qué acercaste a Sofía a Victor.
Me quedé quieta.
—¿Qué quiere decir?
—Tú sabías que estaba casado con Elena.
No era una pregunta.
—Sí.
—Entonces recuerdas.
Mi respiración se detuvo.
—¿Recuerdo qué?
Emilia me observó durante varios segundos.
Después dijo algo imposible.
—La primera vez tampoco pudiste detenerla.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿La primera vez?
Ella abrió el sobre.
Dentro había fotografías.
Daniel.
Mi segundo novio.
Mi tercero.
Victor.
Todos fotografiados con Sofía.
Pero las fechas no correspondían a esta vida.
Algunas pertenecían a años que todavía no habían ocurrido.
Levanté la mirada.
—¿De dónde sacó esto?
Emilia palideció.
—Porque tú no eres la única que volvió.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—¿Sofía también?
—No.
Emilia negó lentamente.
—Si Sofía recordara su vida anterior, jamás habría tocado a Victor.
—Entonces ¿quién?
La mujer miró hacia la calle antes de responder.
—Elena.
Me quedé helada.
—¿Su propia hija?
—Mi sobrina.
Emilia apretó el sobre.
—Y esta mañana me llamó para decirme que todo estaba ocurriendo exactamente como la primera vez.
—Eso no tiene sentido.
—Todavía no sabes qué pasó después de que Sofía te quitara al cuarto hombre.
Sentí frío.
En mi vida anterior jamás hubo un cuarto.
Después del tercero, dejé de enamorarme.
Emilia sacó la última fotografía.
En ella aparecía yo.
Vestida de novia.
Sonriendo junto a un hombre cuyo rostro había sido arrancado de la imagen.
En la parte posterior había una fecha.
Dos años en el futuro.
Y una frase escrita con mi propia letra:
“Si vuelvo a despertar, no permitas que Sofía descubra quién es él.”

Debajo había otro mensaje.
Esta vez con la letra de Elena:
“Demasiado tarde. Ya lo encontré.”