PARTE 2: EL SECRETO EN LA PARED

Dos días después, Margaret cumplió su amenaza.

Llegó a mi casa acompañada de Ryan, un abogado y dos hombres que pretendían realizar una “inspección de propiedad”.

No les permití entrar.

—Esta casa es mía.

Margaret sonrió.

—Por ahora.

Entonces apareció otro automóvil.

Ethan bajó.

Su madre cambió inmediatamente de expresión.

—Hijo, llegaste justo a tiempo. Diles que esta casa pertenece a nuestra familia.

Ethan la miró durante varios segundos.

—No, mamá.

—¿Qué?

—Nunca perteneció a nuestra familia.

Margaret palideció.

Yo tampoco entendía completamente qué estaba ocurriendo.

Ethan entró conmigo y caminó directamente hacia el antiguo estudio.

Se detuvo frente a una pared que habíamos construido juntos durante nuestro primer año de matrimonio.

—¿Nunca la abriste? —preguntó.

—¿Abrir qué?

Retiró una pequeña moldura.

Detrás apareció una caja metálica empotrada.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

Ethan introdujo un código.

Mi cumpleaños.

La caja se abrió.

Dentro había documentos.

Cartas.

Contratos.

Y un pequeño disco duro.

Margaret intentó acercarse.

—¿Qué demonios es eso?

Ethan sacó el primer documento.

—La razón por la que me divorcié de Clara.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Explícate.

Ethan me miró por fin como no lo había hecho el día del divorcio.

—Dos años atrás descubrí que Skyward estaba a punto de recibir una demanda que podía destruirla.

Recordé aquella época.

Él casi no dormía.

Recibía llamadas a medianoche.

Se había vuelto distante.

—Si la empresa caía —continuó—, mis acreedores podían perseguir prácticamente todo lo relacionado conmigo.

Miró los documentos.

—Así que transferí legalmente a Clara todo lo que podía antes de que la situación explotara.

Margaret abrió los ojos.

—¿Le regalaste todo para protegerlo?

—Para protegerla a ella.

Me quedé inmóvil.

—¿Entonces por qué no me lo dijiste?

Ethan tragó saliva.

—Porque había algo peor.

Conectó el disco duro a mi computadora.

Aparecieron decenas de archivos.

Transferencias.

Correos.

Contratos internos.

Y un nombre repetido una y otra vez.

Ryan Miller.

El hermano de Ethan dejó de sonreír.

—Eso no prueba nada.

Ethan se volvió hacia él.

—Fuiste tú quien vendió información confidencial de Skyward.

Margaret soltó un grito.

—¡No acuses a tu hermano!

—Tengo las pruebas.

Ryan retrocedió.

Entonces comprendí.

El divorcio.

Las propiedades.

El silencio.

Ethan había intentado mantenerme lejos de una guerra empresarial que podía terminar arrastrándome con él.

Pero aquello no explicaba dos años enteros.

—Podrías haber regresado cuando todo terminó.

Ethan bajó la mirada.

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Su respuesta tardó demasiado.

—Porque cuando Skyward sobrevivió, mi madre me convenció de que tú ya habías rehecho tu vida.

Miré a Margaret.

Su rostro cambió.

Ethan continuó:

—Me enseñó mensajes. Fotografías. Incluso una supuesta carta tuya diciendo que no querías volver a verme.

Sentí frío.

—Nunca escribí ninguna carta.

Ethan cerró los ojos.

Ya tenía su respuesta.

Margaret dio un paso atrás.

—Solo intentaba protegerte.

—No —dijo Ethan—. Intentabas controlar mi vida.

Su teléfono sonó.

Era su abogado.

Ethan escuchó unos segundos y miró a Ryan.

—La investigación acaba de reabrirse.

Ryan salió corriendo hacia la puerta.

Los hombres que esperaban fuera lo detuvieron.

Margaret gritó su nombre.

Yo apenas escuchaba.

Seguía mirando la caja.

Había un último sobre en el fondo.

Mi nombre estaba escrito con la letra de Ethan.

Lo abrí.

Dentro había un certificado de acciones fechado seis años atrás.

Leí la cifra dos veces.

—Ethan…

Él me observó en silencio.

—¿Qué significa esto?

—Cuando fundamos Skyward, tú pagaste el alquiler, compraste nuestros primeros equipos y diseñaste la presentación con la que conseguí al primer inversor.

Señaló el documento.

—Así que registré una parte de las acciones a tu nombre.

Sentí que me faltaba el aire.

—Nunca me lo dijiste.

—Quería entregártelas cuando la empresa valiera algo.

Miré nuevamente el porcentaje.

Después recordé la valoración que Margaret había presumido en mi oficina.

Más de mil millones.

Ethan sonrió con tristeza.

—Mi madre tenía razón en una cosa. Skyward acaba de salir a bolsa.

Margaret miró el documento.

Su rostro perdió todo color.

Yo finalmente comprendí por qué aquel certificado había permanecido oculto dentro de la casa durante tantos años.

La mujer a la que Margaret había llamado pobre acababa de descubrir que era una de las primeras accionistas de Skyward Technologies.

Y aquellas acciones ahora valían una fortuna.

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