PARTE 2: EL RETRATO DEL TERCER PISO

Me quedé inmóvil.

La mujer del enorme retrato al final del pasillo tenía exactamente mis ojos.

La misma forma de la nariz.

La misma sonrisa apenas marcada en las comisuras de los labios.

Solo cambiaba el peinado.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Entonces escuché otra vez la voz de Noah.

—Mamá… no te vayas.

Corrí hasta la habitación de donde provenía el sonido.

Empujé la puerta con cuidado.

Noah estaba sentado en el suelo, abrazando su conejo de peluche frente a una pequeña pantalla donde se repetía una antigua grabación.

En ella aparecía la mujer del retrato leyendo un cuento infantil.

El video terminaba.

Volvía a empezar.

Y Noah seguía observándolo sin apartar la vista.

Respiré aliviada.

No había nadie más.

Solo un niño intentando no olvidar el rostro de su madre.

—Noah…

Él levantó lentamente la cabeza.

—No quería dormir.

Me senté a cierta distancia.

—¿Vienes aquí todas las noches?

Asintió.

—Papá no lo sabe.

En ese momento una voz fría sonó detrás de mí.

—Sí lo sé.

Me giré sobresaltada.

Adrian Lancaster permanecía de pie en la puerta.

Su expresión era imposible de descifrar.

Miró primero a Noah.

Después a mí.

—Le advertí que nadie debía subir al tercer piso.

Me puse de pie.

—Lo siento. Escuché a Noah llamando a su madre.

Esperé que me despidiera en ese mismo instante.

Pero Adrian solo caminó hasta el niño.

Se arrodilló frente a él y le acomodó el cabello con una delicadeza que jamás habría imaginado en un hombre tan distante.

—Es hora de dormir.

Noah negó con fuerza.

—No quiero olvidarla.

Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente Adrian respondió con la voz quebrada.

—Yo tampoco.

Fue la primera emoción verdadera que vi en su rostro.

Al día siguiente esperaba encontrar mis maletas en la puerta.

En cambio, el mayordomo me entregó un sobre.

Dentro había otro mes completo de salario por adelantado.

Y una nota escrita a mano.

“Quédese. Noah habló más con usted en dos días que con cualquier otra persona en dos años.”

No estaba firmada.

Pero no hacía falta.

Aquella tarde llevé el dinero al hospital.

La cirugía de mi madre pudo realizarse.

Cuando salí del área de pagos, mi teléfono comenzó a sonar.

Era Daniel.

Lo ignoré.

Volvió a llamar.

Y otra vez.

Al quinto intento contesté.

—¿Qué quieres?

Su tono ya no era arrogante.

—Elena… necesitamos hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—Vivian dijo que ahora trabajas para los Lancaster.

Me detuve.

—¿Y?

—¿Es verdad que Adrian Lancaster te contrató personalmente?

No respondí.

Daniel respiró hondo.

—Elena… cometí un error.

Sonreí sin darme cuenta.

Tres días atrás yo era la mujer que no tenía dónde dormir.

Ahora él empezaba a arrepentirse.

—Daniel.

—¿Sí?

—Cuando me echaste de casa dijiste que Vivian era la mejor decisión de tu vida.

Hubo un largo silencio.

—Las cosas cambiaron…

—No.

Lo interrumpí con calma.

—El que cambió fuiste tú cuando descubriste que ya no podías aprovecharte de mí.

Colgué.

Aquella noche regresé a la mansión.

Noah estaba esperándome junto a la puerta con su conejo en brazos.

Cuando me vio entrar, caminó hasta mí.

Después levantó lentamente una pequeña hoja de papel.

Era un dibujo.

Él.

Yo.

Y un conejo gris.

Debajo había cuatro palabras escritas con letra temblorosa:

“Gracias por volver hoy.”

Sentí un nudo en la garganta.

En ese instante comprendí que el salario de quinientos mil yuanes nunca había sido para cuidar a un niño difícil.

Era el precio que un padre desesperado estaba dispuesto a pagar para que alguien consiguiera devolverle la sonrisa a su hijo.

Pero mientras observaba el dibujo, el mayordomo apareció con expresión grave.

—Señorita Elena.

—¿Qué ocurre?

Me entregó una carpeta sellada.

—El señor Lancaster quiere verla inmediatamente.

Miré el sello.

En la portada solo había una frase.

“Informe confidencial sobre la señora Eleanor Lancaster.”

La mujer del retrato.

La mujer que tenía mi mismo rostro.

Y la primera página empezaba con una fecha de hacía veinticinco años… seguida por una palabra que hizo que dejara de respirar:

“Nacimiento.”

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