Daniel leyó mi correo tres veces.
Ava estaba sentada a su lado en la sala VIP del aeropuerto, sonriendo mientras revisaba fotografías de Islandia.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Daniel apretó el teléfono.
—Emily quiere divorciarse.
Ava levantó la mirada.
—¿Por la luna de miel?
—No puede saberlo.
Pero entonces llegó otro mensaje.
Era de mi abogada.
Adjuntaba la solicitud de divorcio y una petición para organizar la separación de nuestros bienes.
Daniel se levantó bruscamente.
—¡Está intentando asustarme!
Ava le acarició el brazo.
—Déjala. Cuando regreses, estará esperándote.
Daniel quiso creerlo.
Durante tres años siempre había regresado.
Y yo siempre había estado allí.
Esta vez, no.
Cuando aterricé en París, mi agente, Sophie Laurent, me esperaba con un ramo de flores blancas.
—Bienvenida a casa, L.M.
Aquellas palabras casi me hicieron llorar.
Durante años había olvidado quién era antes de convertirme en la señora Foster.
Sophie me llevó directamente a nuestro antiguo estudio.
Sobre la mesa permanecían mis bocetos.
Collares inspirados en constelaciones.
Anillos con piedras de colores.
Y una colección que había abandonado cuando Daniel me pidió que dejara de trabajar.
—La exposición comienza dentro de tres semanas —dijo Sophie—. ¿Estás preparada?
Miré mis diseños.
—Nunca he estado más preparada.
Cinco días después, Daniel regresó de Islandia.
Encontró nuestra casa vacía.
Mi armario estaba despejado.
Mis libros habían desaparecido.
Sobre la mesa quedaba nuestro álbum de bodas.
Y encima, mi anillo.
Me llamó veintiséis veces.
No respondí.
Finalmente envió un mensaje.
«Emily, deja de comportarte como una niña. Podemos hablar cuando vuelvas».
Lo leí mientras trabajaba en un collar de zafiros.
Después bloqueé su número.
La primera noticia sobre mi regreso apareció una semana después.
«La legendaria diseñadora L.M. reaparecerá en la Exposición Internacional de Alta Joyería de París».
La publicación se volvió viral entre coleccionistas.
Daniel vio el artículo durante una reunión de negocios.
Su socio, Michael Reed, comentó:
—Si consiguiéramos colaborar con L.M., nuestra nueva línea de lujo despegaría.
Daniel sonrió.
—¿Tan importante es?
Michael lo miró sorprendido.
—¿No conoces a L.M.? Sus diseños alcanzan cifras extraordinarias.
Daniel negó.
Michael le mostró una fotografía antigua.
Era una imagen de mis manos trabajando sobre un anillo.
En mi muñeca aparecía una pulsera de jade.
Daniel la reconoció inmediatamente.
Era el regalo de mi abuela.
Aquella noche recibí un correo suyo.
«Emily, ¿tú eres L.M.?»
No contesté.
Diez minutos después llegó otro.
«¿Por qué nunca me lo dijiste?»
Miré la pantalla durante unos segundos.
Entonces escribí:
«Te lo conté. Dijiste que diseñar joyas era un pasatiempo infantil».
Envié el mensaje.
Y continué trabajando.
Pero Daniel no fue el único que descubrió mi identidad.
Dos días después, Sophie entró apresuradamente en mi estudio.
—Emily, tenemos un problema.
Me mostró una solicitud comercial.
Foster Luxury Group quería adquirir los derechos de distribución de mi nueva colección.
La empresa de Daniel.
Solté una risa incrédula.
—Recházala.
Sophie dudó.
—Ofrecen veinte millones de dólares.
—No está en venta.
Entonces Sophie bajó la voz.
—Hay algo más. Ava Bennett figura como directora creativa del proyecto.
Me quedé inmóvil.
Ava.
La mujer por la que Daniel había cancelado nuestra luna de miel.
Ahora quería trabajar con mis diseños.
Aquella tarde recibí una llamada de mi abogada.
—Emily, revisamos los documentos que Daniel presentó para su nueva empresa.
—¿Y?
—Incluyen varios bocetos que parecen coincidir con tus diseños antiguos.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Cuáles?
—La colección Aurora.
Dejé caer el lápiz.
Aurora había sido mi primer gran proyecto.
Lo diseñé cuando todavía estaba enamorada de Daniel.
Nunca lo publiqué.
Guardaba todos los archivos originales en mi disco duro.
—¿Cómo consiguió esos bocetos?
Mi abogada guardó silencio.
—Eso necesitamos averiguar.
Esa noche revisé mis archivos.
Encontré fotografías de la colección.
También correos electrónicos enviados a Daniel dos años atrás.
En uno le había mostrado los diseños.
Su respuesta había sido:
«Emily, deja de perder el tiempo con esas tonterías».
Ahora su empresa estaba preparando una colección sospechosamente parecida.
Sentí una rabia fría.
Pero no lloré.
Llamé a Sophie.
—Necesito que invites a Daniel y a Ava a la exposición.
Sophie se quedó callada.
—¿Estás segura?
Sonreí.
—Completamente.
Tres semanas después, París brillaba bajo las luces de la exposición.
Coleccionistas, periodistas y empresarios llenaban el salón.
Daniel llegó con Ava del brazo.
Ella llevaba un vestido rojo y una sonrisa triunfal.
—Cuando conozcamos a L.M., podremos convencerla —le susurró.
Daniel no respondió.
Había visto mi nombre en la lista de invitados.
Pero todavía no comprendía lo que estaba a punto de ocurrir.
Las luces se apagaron.
Una voz anunció:
—Damas y caballeros, recibamos a la creadora de la colección Aurora.
La pantalla mostró mis diseños.
Después apareció mi nombre completo.
EMILY LANE — L.M.
Daniel se quedó inmóvil.
Ava perdió la sonrisa.
Y yo entré al escenario.
—Buenas noches —dije tranquilamente—. Durante años mantuve mi identidad en secreto porque creía que el amor significaba sacrificar mis sueños.
Miré directamente a Daniel.
—Hoy sé que el amor verdadero nunca debería exigir que una mujer desaparezca.
Los aplausos llenaron el salón.
Entonces proyecté dos imágenes.
A la izquierda, mis bocetos originales.
A la derecha, los diseños promocionales de Foster Luxury Group.
El parecido era evidente.
—Mi equipo legal está revisando el posible uso no autorizado de estas obras —expliqué—. Por respeto al proceso, no haré más acusaciones esta noche.
Daniel palideció.
Ava retrocedió.
Después de la presentación, Daniel intentó acercarse.
—Emily, tenemos que hablar.
Lo observé serenamente.
—Mi abogada puede atenderte.
—¡Soy tu esposo!
—Por poco tiempo más.
Entonces Ava intervino.
—Emily, estás exagerando. Esos diseños no son tan originales.
Antes de que pudiera responder, Sophie apareció con una carpeta.
—Señorita Lane, acaba de llegar la documentación que solicitó.
La abrí.
Dentro había un contrato firmado seis meses antes.
Foster Luxury Group había pagado una enorme suma para adquirir supuestos derechos sobre la colección Aurora.
El vendedor figuraba en la última página.
AVA BENNETT.
Sentí que el estómago se me hundía.
Daniel miró el documento.
—Ava… ¿qué significa esto?
Ella retrocedió.
—Puedo explicarlo.
Pero entonces Sophie señaló una segunda firma.
—Emily, debes mirar esto.
Debajo de la firma de Ava aparecía una autorización de cesión supuestamente otorgada por mí.
Con fecha de nuestro aniversario de bodas.
Un día en el que Daniel me había llevado a cenar y había insistido en que firmara varios documentos relacionados con el seguro de nuestra casa.
Recordé perfectamente aquella noche.
Le había preguntado qué estaba firmando.
Él me besó la frente.
«Confía en mí, cariño».
Levanté lentamente la mirada.
Daniel había dejado de respirar.
Y entonces comprendí que la luna de miel cancelada no había sido su primera traición.
Había intentado convertir mis sueños en el negocio de su amante mucho antes de abandonarme.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
