A la mañana siguiente, todo el edificio de Hengye estaba más silencioso de lo habitual.
No porque faltara trabajo.
Sino porque todos habían oído el rumor.
El director general regresaba de Berlín.
Y, apenas veinticuatro horas después, se celebraría una reunión extraordinaria de accionistas.
Nadie conocía el verdadero motivo.
Solo sabían que algo importante estaba a punto de ocurrir.
A las siete y cuarenta y cinco de la noche, el automóvil negro de Adrián se detuvo frente a la sede del grupo.
Bajó del vehículo con la misma seguridad de siempre.
Traje italiano.
Maletín de cuero.
Reloj suizo.
Y Sofía Shen caminando dos pasos detrás de él, como si aquel edificio también le perteneciera.
Los empleados que pasaban por el vestíbulo comenzaron a saludarlo por costumbre.
—Buenas noches, señor Lu.
Adrián apenas asintió.
Ya estaba pensando en otra cosa.
En mí.
Estaba convencido de que, después de seis meses, seguiría viviendo en el ático esperándolo.
Que bastaría una discusión.
Una amenaza.
Quizá una promesa vacía.
Y todo volvería a ser como antes.
Cuando llegó al piso ejecutivo, su antigua secretaria se levantó lentamente.
—Señor Lu.
Él dejó el maletín sobre el mostrador.
—¿Dónde está Victoria?
La mujer dudó un instante.
—La presidenta Carter está reunida.
Adrián frunció el ceño.
—He preguntado por mi esposa.
—Le respondí por la presidenta Carter.
Porque ese es su cargo.
Él soltó una breve carcajada.
—¿Quién autorizó esa broma?
La secretaria no respondió.
Simplemente deslizó una tarjeta de identificación sobre el mostrador.
Presidenta del Consejo.
Victoria Carter.
La fotografía era reciente.
El sello corporativo también.
Por primera vez desde que regresó…
Adrián dejó de sonreír.
Empujó la puerta de la sala principal sin llamar.
Yo seguía sentada al fondo de la mesa de juntas.
No me levanté.
No me acerqué.
Solo cerré el expediente que estaba leyendo.
—Llegaste puntual.
Él caminó directamente hacia mí.
—¿Qué demonios significa todo esto?
Miré el reloj.
—Significa que faltan dieciséis horas para la reunión.
—¡Te hice una pregunta!
—Y yo ya respondí ayer.
Estamos divorciados.
No tengo obligación de darte explicaciones personales.
Sofía intervino con una sonrisa tensa.
—Victoria…
No hace falta convertir esto en una guerra.
La observé tranquilamente.
—Tiene razón.
No hace falta.
Porque la guerra terminó hace seis meses.
Lo único que queda ahora…
Es la auditoría.
Su expresión cambió de inmediato.
Adrián golpeó la mesa con la palma.
—Esta empresa es mía.
Deslicé una carpeta hacia él.
—Léela.
La abrió con impaciencia.
Las primeras páginas eran familiares.
El contrato de financiación firmado años atrás.
Después llegó a la última hoja.
Su rostro perdió el color.
—No…
Susurró.
—Eso es imposible.
Me crucé de brazos.
—Cuando Hengye estaba al borde de la quiebra…
Ningún banco quiso prestar dinero.
¿Lo recuerdas?
Él permaneció inmóvil.
—Mi empresa fue quien emitió la deuda convertible que salvó a Hengye.
Nunca la cancelaste.
Nunca la recompraste.
Nunca preguntaste quién había adquirido finalmente ese derecho.
Hice una breve pausa.
—Lo compré yo.
Hace cuatro años.
A través de un fondo de inversión.
Sofía retrocedió un paso.
—¿Qué significa eso?
Respondió el director jurídico, que acababa de entrar acompañado por dos notarios.
—Significa que la señora Carter posee el instrumento financiero que puede convertirse en el paquete accionarial suficiente para modificar el control de la sociedad.
Adrián cerró bruscamente la carpeta.
—¡Eso no puede ejecutarse ahora!
El abogado habló con absoluta calma.
—Ya fue ejecutado.
Hace cuarenta y ocho horas.
La inscripción quedó registrada esta mañana.
Durante varios segundos nadie dijo una palabra.
El silencio era tan pesado que podía escucharse el zumbido del aire acondicionado.
Adrián volvió a mirarme.
Esta vez sin arrogancia.
Solo con incredulidad.
—¿Todo esto…
Lo preparaste mientras yo estaba en Berlín?
Asentí.
—Mientras tú construías una nueva vida…
Yo reconstruía la mía.
A la mañana siguiente, la sala de accionistas estaba completamente llena.
Consejeros.
Auditores.
Representantes legales.
Inversores institucionales.
Todos esperaban el inicio de la reunión extraordinaria.
El secretario anunció el primer punto del orden del día.
—Propuesta de destitución del director general, señor Adrián Lu.
Adrián se puso de pie inmediatamente.
—Exijo intervenir antes de la votación.
El presidente de la mesa asintió.
—Tiene cinco minutos.
Respiró profundamente.
Miró a todos los presentes.
Después me señaló directamente.
—Todo esto responde a un conflicto matrimonial.
Mi exesposa está utilizando la empresa para vengarse.
Antes de que pudiera continuar…
Se abrió lentamente la puerta del salón.
Entró una mujer con un maletín gris.
Detrás de ella caminaban dos auditores externos.
Y, finalmente…
Tres funcionarios de la autoridad reguladora del mercado financiero.
La mujer colocó el maletín sobre la mesa.
Miró al presidente del consejo.
Y dijo con absoluta serenidad:
—Perdón por la interrupción.
Pero antes de que esta reunión continúe…

Debemos informar al consejo que, hace una hora, la autoridad abrió una investigación formal sobre las operaciones realizadas por el señor Adrián Lu durante su estancia en Berlín.
Abrió el maletín.
Sacó un expediente con decenas de documentos.
Y pronunció una frase que hizo que Adrián se quedara completamente inmóvil.
—Entre las pruebas figura la compra de un apartamento de lujo en Alemania…
Pagado íntegramente con fondos pertenecientes al Grupo Hengye.