PARTE 2: EL PRECIO DE PERDERME

Tres semanas después salí del hospital.

No regresé a la mansión Kingsley.

Mi abogado recogió mis pertenencias y dejó los papeles del divorcio sobre el escritorio de Sebastian.

Él llamó esa misma noche.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice.

—Emily, deja de actuar impulsivamente.

Casi sonreí.

Dos días bajo la lluvia habían sido un “castigo”.

Pero divorciarme era “impulsivo”.

—Firma, Sebastian.

—No voy a hacerlo.

—Entonces nos veremos con abogados.

Colgué.

A la mañana siguiente entré por primera vez en dos años a Hart International.

Cuando crucé las puertas de cristal, el señor Walker me esperaba junto a los miembros de la junta.

—Bienvenida a casa, señorita Hart.

Había abandonado mi puesto cuando me casé porque Sebastian decía que dos personas ambiciosas no podían construir un matrimonio.

Así que elegí nuestro matrimonio.

Él eligió a Evelyn.

Ahora yo volvía a elegir mi vida.

Durante las siguientes semanas recuperé mi lugar en la empresa mientras Sebastian seguía convencido de que regresaría arrastrándome.

Hasta que llegó el viernes.

Kingsley Group necesitaba desesperadamente una inversión para completar una adquisición que llevaba meses preparando.

El inversor principal se retiró.

Los bancos exigieron nuevas garantías.

Y la única compañía capaz de cubrir el agujero financiero era Hart International.

Sebastian entró en la sala de juntas sin saber quién presidía la reunión.

Cuando las puertas se abrieron y me vio sentada en la cabecera de la mesa, se detuvo.

—Emily…

Cerré la carpeta frente a mí.

—Señor Kingsley.

Su rostro perdió color.

—¿Qué haces aquí?

Walker respondió por mí.

—La señorita Hart posee la participación mayoritaria de esta compañía.

Sebastian me miró como si hablara otro idioma.

—Me dijiste que tu familia tenía una pequeña empresa.

—Nunca.

Lo miré tranquilamente.

—Tú asumiste que era pequeña porque jamás te interesó preguntarme.

Entonces comprendió.

La esposa que consideraba incapaz de sobrevivir sin él podía decidir si su imperio recibía cientos de millones.

Sebastian tomó asiento.

—Podemos hablar en privado.

—No tenemos nada privado.

Abrí el informe financiero.

—Hart International no financiará la operación.

—Emily, no mezcles nuestro matrimonio con los negocios.

—No lo hago.

Deslicé el informe hacia él.

—Tu compañía está sobreendeudada, tiene problemas de liquidez y depende demasiado de esta adquisición. Es una mala inversión.

No podía acusarme de venganza.

Los números hablaban solos.

Su teléfono vibró.

Después otra vez.

Y otra.

El director financiero de Kingsley Group acababa de recibir la noticia.

Sin nuestra inversión, la adquisición quedaba suspendida.

Sebastian se levantó.

—¿Quieres destruirme?

Negué.

—No.

Me puse de pie frente a él.

—Simplemente dejé de salvarte.

Aquella frase pareció golpearlo más fuerte que cualquier amenaza.

Porque durante nuestro matrimonio yo había hecho exactamente eso.

Había usado discretamente mis contactos para conseguir proveedores.

Había presentado inversionistas.

Había convencido a mi padre de respaldar proyectos.

Sebastian creyó que aquellas puertas se abrían por su apellido.

Nunca entendió quién sostenía la llave.

Cuando salí de la reunión, me siguió hasta el ascensor.

—Emily.

No me detuve.

—Evelyn perdió al bebé.

Mis pasos se congelaron.

No por él.

Por la crueldad de todo aquello.

Sebastian continuó:

—Después descubrí que nunca había estado en peligro aquella noche. Mintió para que te castigara.

Me giré lentamente.

Esperaba ver satisfacción en mi rostro.

No encontró nada.

—Entonces deberías preguntarte por qué estabas tan dispuesto a creerle.

—Cometí un error.

—No.

Lo miré directamente.

—Un error es olvidar una fecha. Tú ordenaste que me obligaran a permanecer bajo una tormenta y después justificaste lo ocurrido.

Sebastian bajó la mirada.

—Podemos empezar de nuevo.

—Yo ya empecé de nuevo.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Antes de entrar, saqué un sobre del bolso.

Los documentos del divorcio.

—Esta es la última oportunidad de firmar sin convertir nuestra separación en una guerra pública.

Esta vez los tomó.

Seis meses después recuperé oficialmente mi apellido.

Hart.

Volví a trabajar.

Volví a viajar.

Volví a dormir sin esperar el sonido de una puerta abriéndose de madrugada.

No recuperé al hijo que había perdido.

Nada podía devolverme esa parte de mi vida.

Pero dejé de permitir que aquella pérdida decidiera el resto de ella.

El día que el divorcio quedó finalizado, recibí un último mensaje de Sebastian:

“Ahora entiendo lo que perdí.”

Lo leí una vez.

Después bloqueé su número.

Porque Sebastian se equivocaba.

No me perdió cuando firmamos el divorcio.

Me perdió aquella noche bajo la lluvia, cuando decidió que el sufrimiento de su esposa era un precio aceptable para mantener feliz a otra mujer.

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