PARTE 2: EL PRECIO DE HUMILLARME

El silencio al otro lado de la llamada duró apenas unos segundos, pero para Jiang Chen debió sentirse como una eternidad.

—Xi Xi… por favor… no hagas esto —su voz ya no tenía arrogancia, solo urgencia—. La empresa no puede perder esta inversión.

Cerré los ojos lentamente.

Durante cinco años, yo tampoco podía perder muchas cosas.

Mi dignidad.

Mi matrimonio.

Mi fe en él.

Y aun así… las perdí todas.

—Eso ya no tiene nada que ver conmigo —respondí con frialdad.

—¡Claro que tiene que ver contigo! —su tono volvió a elevarse, pero ahora teñido de desesperación—. ¡Eres mi esposa!

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

—¿Esposa?

Repetí esa palabra suavemente, como si fuera ajena.

—¿La misma esposa que no tiene derecho a entrar a tu fiesta? ¿La misma a la que le quitas su vestido para dárselo a tu amante?

Jiang Chen se quedó sin palabras.

Podía imaginar perfectamente su expresión en ese momento: tensa, nerviosa, incapaz de controlar una situación que siempre había creído dominar.

—Xi Xi… Vivi no es lo que piensas…

—No me interesa lo que es —lo interrumpí—. Lo único que me interesa… es lo que yo soy ahora para ti.

El silencio volvió.

Esta vez, más pesado.

—Dime —continué, con una calma que incluso a mí me sorprendía—, si hoy no fuera por esa inversión… ¿me habrías llamado?

No hubo respuesta.

Y esa ausencia de respuesta… fue la respuesta más clara.

Colgué sin esperar más.

El taxi se detuvo frente a la villa Yunding. Bajé sin mirar atrás y entré directamente.

La casa estaba en silencio.

Demasiado grande.

Demasiado vacía.

Como mi matrimonio.

Me quité los zapatos y caminé descalza por el mármol frío. Cada paso resonaba en el espacio, recordándome lo sola que había estado todo este tiempo.

Subí al dormitorio.

Abrí el armario.

La mitad de la ropa era mía.

La otra mitad… ya no significaba nada.

Saqué una maleta.

Y comencé a empacar.

No con prisa.

No con rabia.

Sino con una tranquilidad absoluta… como si finalmente estuviera haciendo algo que debía haber hecho hace mucho tiempo.

Vestidos.

Documentos.

Algunas joyas.

Y al final… el certificado de matrimonio.

Lo sostuve entre mis dedos durante unos segundos.

Luego, lo dejé sobre la mesa.

No lo guardé.

No lo rompí.

Simplemente… lo dejé atrás.


Al mismo tiempo, en el hotel.

El ambiente festivo había desaparecido por completo.

Los invitados susurraban entre ellos.

Los ejecutivos intercambiaban miradas tensas.

Y en el centro de todo… Jiang Chen.

—¿Qué está pasando exactamente? —preguntó uno de los socios, visiblemente molesto—. ¿Cómo puede cancelarse una inversión tan grande de la noche a la mañana?

El rostro de Jiang Chen estaba pálido.

—Estoy… resolviéndolo.

—¿Resolviéndolo? —otro inversor soltó una risa fría—. El presidente Chen acaba de decir claramente que la decisión viene de alguien más arriba.

—Alguien que… parece tener relación directa con tu esposa.

Esas palabras hicieron que todas las miradas se dirigieran hacia él.

Bai Vivi, que aún sostenía su brazo, comenzó a sentirse incómoda.

—Hermano Chen… tal vez deberías ir a buscar a la hermana Xi…

Jiang Chen la miró de repente.

Por primera vez en toda la noche, su mirada no tenía ni afecto ni complicidad.

Solo irritación.

—Cállate.

Bai Vivi se quedó congelada.

Nunca lo había visto así.

Jiang Chen se soltó de su brazo bruscamente.

En ese instante, algo en su mente finalmente encajó.

Recordó cada detalle.

Las conexiones de Lin Xi.

Su familia.

Su discreción.

Su silencio durante todos estos años.

Y, sobre todo…

Lo fácil que había sido para ella enviar un simple mensaje… y destruir todo.

Un escalofrío recorrió su espalda.

—¿Quién… eres realmente, Lin Xi…?

Murmuró para sí mismo.

Sin esperar más, tomó su chaqueta y salió corriendo del salón, ignorando las miradas de todos.

Porque por primera vez…

Se dio cuenta de algo aterrador.

Quizás…

Nunca la había conocido realmente.


Cuando llegué al aeropuerto privado, ya era de madrugada.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez, no era Jiang Chen.

Era un mensaje.

“He cancelado la inversión. ¿Necesitas algo más?”

Lo leí en silencio.

Luego respondí:

“Gracias, primo.”

Apagué el teléfono.

Y sin mirar atrás…

Subí al avión.

El cielo comenzaba a aclararse en el horizonte.

Un nuevo día estaba por comenzar.

Y esta vez…

Sin Jiang Chen en él.

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