A la mañana siguiente, Julián salió temprano hacia la base.
Camila seguía durmiendo en la habitación de invitados.
Yo preparé una taza de café, me senté frente al ordenador y abrí nuestra cuenta bancaria.
Setecientos veintisiete mil ochocientos dieciséis yuanes.
Ese era el precio que Julián había pagado por salvar el futuro de otra mujer.
Sin preguntarme.
Sin disculparse.
Sin pensar que gran parte de aquel dinero provenía de mis ahorros.
Llamé a mi abogado.
—Quiero recuperar lo que me pertenece.
Después llamé al departamento de personal militar.
Había solicitado un traslado seis meses antes.
Aquella mañana recibí la confirmación.
Mi destino sería una unidad de planificación estratégica en otra región.
Acepté inmediatamente.
Cuando Julián regresó aquella noche, encontró mis maletas junto a la puerta.
Frunció el ceño.
—¿Adónde vas?
—Me trasladaron.
—¿Y por qué no me consultaste?
Lo miré fijamente.
—¿Tú me consultaste antes de casarte?
Su expresión se endureció.
—Elena, ya hablamos de eso.
—No. Tú hablaste. Yo escuché.
Intentó tomar mi mano.
Me aparté.
—Te di ocho años, Julián. No voy a regalarte cuatro más.
Por primera vez pareció asustado.
—¿Estás terminando nuestra relación?
—Terminó el día que firmaste aquel certificado.
Camila apareció en el pasillo.
—Señora Elena, no quiero causar problemas.
La observé tranquilamente.
—Entonces no permitas que otros paguen el precio de tus decisiones.
Julián intervino.
—No la culpes. Yo decidí ayudarla.
—Lo sé —respondí—. Por eso me voy.
Tomé mi maleta.
Julián bloqueó la puerta.
—Elena, cuando todo esto termine, nos casaremos.
Sentí una tristeza inesperada.
—Ya no quiero ser tu esposa.
Y salí.
Siete años después, el general Álvarez seguía sentado a mi lado en aquella sala de reuniones.
Pero yo ya no era la mujer que había abandonado.
Ahora era coronel.
Dirigía un equipo de planificación conjunta y estaba allí para supervisar un ejercicio militar internacional.
Julián miró mi acreditación.
—Has llegado muy lejos.
—Tú también.
Guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Por qué nunca respondiste mis cartas?
Cerré la carpeta.
—Porque no había nada que responder.
—Me divorcié de Camila.
—Lo sé.
Sus ojos brillaron.
—Nunca dejé de pensar en ti.
Lo miré sin emoción.
—Eso no cambia lo que hiciste.
Al terminar la reunión, Julián me siguió hasta el pasillo.
—Elena, esperé siete años para volver a verte.
Me detuve.
—Yo no te pedí que esperaras.
Sacó una pequeña caja de terciopelo.
Mi corazón no se aceleró.
Ni siquiera sentí curiosidad.
Julián la abrió.
Dentro había un anillo de diamantes.
—Esta vez estoy listo.
Lo observé durante varios segundos.
Después sonreí tristemente.
—Llegaste demasiado tarde.
Su rostro perdió el color.
—¿Hay alguien más?
Antes de que pudiera responder, una voz masculina sonó detrás de nosotros.
—Elena, el vehículo está esperando.
Me volví.
Era el coronel Adrián Salazar.
Mi esposo.
Julián miró el anillo que llevaba en mi mano izquierda.
—¿Estás casada?
—Desde hace cuatro años.
Adrián se acercó y me besó suavemente la frente.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
Julián permaneció inmóvil.
Por primera vez comprendió que aquellos siete años no habían sido una pausa en nuestra historia.
Habían sido el comienzo de otra.
Pero aquella tarde recibí una llamada inesperada.
Era mi abogado.
—Coronel, encontramos nueva documentación relacionada con los ahorros que desaparecieron antes de su traslado.
Fruncí el ceño.
—Pensé que aquel asunto estaba cerrado.
—La reclamación económica terminó hace años. Pero apareció información sobre el destino de parte del dinero.
Me envió una copia de una transferencia.
El beneficiario no era Camila.
Era una empresa privada vinculada a un familiar de Julián.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa esto?
—Que la explicación de la dote podría no haber sido completamente cierta.
Esa noche busqué a Camila.
Ahora trabajaba como instructora militar.
Cuando escuchó mi nombre, guardó silencio.
—Elena, esperaba que algún día me llamaras.
—Necesito saber qué ocurrió con aquel dinero.
Camila respiró profundamente.
—Yo nunca recibí setecientos mil yuanes.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Mi familia recibió una cantidad mucho menor. Julián me aseguró que el resto era para resolver un problema administrativo.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Qué problema?
Camila bajó la voz.
—Un informe que podía destruir su carrera.
Antes de que pudiera preguntar más, escuché pasos detrás de mí.
Julián estaba en la entrada.
Su expresión había cambiado por completo.
—Camila, no digas nada más.
Lo miré fijamente.
—¿Qué informe, Julián?
Él apretó los puños.
—Elena, hay cosas que es mejor dejar enterradas.
Camila comenzó a llorar.
—Ya no puedo seguir mintiendo.
Entonces sacó una carpeta antigua.
En la portada aparecía una fecha.
La misma semana en que Julián se había casado con ella.
Y debajo, mi nombre completo.
CORONEL ELENA VARGAS — INFORME DE INVESTIGACIÓN INTERNA.
Abrí la primera página.
Había una denuncia anónima que me acusaba de haber divulgado información reservada.
La firma del denunciante estaba oculta.
Pero entre los anexos encontré una declaración.
Reconocí inmediatamente la letra.
Era de Julián.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Intentaste destruir mi carrera?
Julián palideció.
—Elena, no entiendes…
Camila dio un paso adelante.
—No fue solo eso. El matrimonio se utilizó para mantenerme en silencio porque yo sabía quién había falsificado las pruebas.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Quién?
Camila me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—La persona que ordenó investigarte… fue también quien recomendó tu traslado hace siete años.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Adrián.
«Elena, acabo de recibir un expediente antiguo sobre Julián. No hables con él a solas. Hay algo sobre tu salida de la unidad que necesitas saber».
Miré nuevamente la carpeta.
Y comprendí que quizá no me había marchado simplemente por un corazón roto.
Alguien había querido sacarme de aquella base desde el principio.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
